Opinion | fútbol

Los dioses no se mueren

Tenía catorce años la primera vez que sentí que Maradona podía morirse. Fue en el verano de 2000, cuando lo internaron de urgencia en Punta del Este. De ahí en más, Diego bailoteó con la muerte en más de una oportunidad aunque hasta hoy siempre había ganado.

Sebastián Carbone*

Pese a las mil advertencias, no estaba preparado para leer en los zócalos de la tele “Murió Maradona”. Es curioso pero como si fuese una de esas series o películas basadas en hechos reales en las que uno espera hasta lo último que el final sea otro, creí siempre Diego se salvaría una y otra vez. Que la muerte no lo iba a poder alcanzar, como no lo pudieron alcanzar los ingleses en el 86.

Es raro que se llame por el nombre a alguien que no se conoce. Le digo Diego, como si fuese un amigo, un hermano más grande o alguien que ves seguido, compartís una cerveza o vas a la cancha. Pero la realidad es que no lo conocí. Siempre soñé hacerlo, acercarme respetuosamente y, sin molestarlo demasiado, decirle “Gracias por todo, Diego”, y perderme de su vista para que pueda seguir con lo que estaba haciendo. A lo mejor fue un cuento de Eduardo Sacheri, en el que habla de todo lo que nos dio a los argentinos, lo que me hizo darme cuenta que le debo algo. No sé bien qué, pero le debo, y eso me hace pensar que esa deuda que ya no voy a poder saldar en vida la deberé afrontar con su memoria.

Contaré sus hazañas como si las hubiese vivido junto a él, predicaré la fe maradoniana como ya lo vengo haciendo cada vez que puedo. Nunca busqué convencer a nadie de que lo quiera, pero sí que a todo el mundo le quede claro que yo lo amo.

Tengo 34 años, cuando nací faltaban cuatro meses para que Diego se convierta en mito viviente. Es decir que hablo de él más por lo que me contaron que por lo que vi. Más por sus videos que por haberlo disfrutado en el momento en el que las cosas pasaron realmente. Somos muchos los que contamos lo que nos contaron, los que lo amamos sin entender del todo por qué. Lo queremos y punto.

Siempre intenté encontrarle una explicación a cómo hacía para poder vivir con tanta fama encima. Nunca hallé la respuesta, será por eso que jamás me dediqué a juzgarlo. Entendí que siempre hizo todo lo mejor que pudo. En el fútbol lo pudo todo, y siento que eso llevó a muchos a pedirle que sea ese ejemplo que el mismo Diego dijo no querer ser jamás.

Cuando me enteré de la noticia la mañana lluviosa del miércoles, sentí un dolor en el pecho, comparable a la angustia de la pérdida de un familiar. Volví a preguntarme por qué lo quiero tanto a este tipo que ni me conoció y nunca supo que yo existía. Pero para esa pregunta sí tengo respuestas: amo a ese genio bajito de la zurda perfecta porque amo al fútbol y el fútbol nunca hubiese sido lo que es sin Diego. Lo amo por Bostero, por México 86, por incorrecto, por rebelde… Lo amo por los goles a los ingleses, el más lindo de todos los tiempos y el de la mano. Porque así fue Diego, capaz de hacer con una pelota la obra de arte más hermosa y también de robarle la billetera a los que son capaces de robar un banco.

El 25 de noviembre de 2020 quedará marcado por ser el día en el que el más grande jugador de todos los tiempos dejó de existir. Aunque eso no sea del todo cierto. Porque Diego sigue vivo en el recuerdo de los goles a Gatti, la desparramada a Fillol, los goles a Inglaterra, los insultos en el himno en Italia 90, el “me cortaron las piernas” y tantas cosas más.

Deja la Tierra, es cierto. La de la persecución de los medios, el asedio de la gente, los drones que se meten el patio de su casa para tener la última foto. Deja el lugar en el que muchos lo juzgaron más por sus erráticas declaraciones que por sus gambetas y sus goles.

Desde ahora, Diego se convierte en un mito que trascenderá generaciones y generaciones, en cualquier parte del mundo. Hablarán de él nuestros nietos y los nietos de nuestros nietos. Se juntarán para contar las hazañas de un bajito número 10 argentino al que no había manera de quitarle la pelota porque era una parte más de su cuerpo. Jurarán que fue el mejor de todos, aunque jamás lo hayan visto jugar.

El cielo es todo tuyo, te lo ganaste. Ojalá ahí puedas encontrar la paz que te arrebataron a los 8 años cuando empezaste a hacer juguitos con una pelota en la tele y dejaste para siempre de ser anónimo.

Me duele el alma Diego pero sé que vas a seguir siempre entre nosotros porque para todos los que amamos el fútbol, vos sos D10S Diego, y los dioses nunca mueren.

*Director Diario ElDía

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