Los duros le ganan a los blandos y la democracia sangra por la herida
Si venimos de tiempos turbulentos y los ánimos no se calman, sobrevendrán tiempos más difíciles aún. La incapacidad histórica de nuestra dirigencia para acordar y digerar los disensos volvió a quedar plasmada esta semana. La intolerancia a la crítica y al respeto al mandato popular ponen al país al borde de un ataque de nervios.Por Jorge BarroetaveñaEl debate por los DNU no genera controversia social. En las reuniones y en los cafés no se discute si la Argentina debe pagar o no sus deudas con las reservas del Banco Central. El debate esconde en realidad, problemas más profundos que sí impactan en la vida cotidiana de millones de argentinos. La inflación, ese fantasma tan temido, ha vuelto a sobrevolar los hogares y amaga con volver a rapiñar el poder de consumo de todas las clases sociales, especialmente las más bajas.A ver, la inflación, o su retorno a niveles inquietantes, es una consecuencia lógica del recalentamiento de la demanda. Lo peor de la crisis internacinal ya pasó y el vuelco sobre el mercado de miles de millones a través de la asignación universal por hijo, le hicieron pegar un respingo al planchado consumo, sobre todo en los grandes centros urbanos. ¿Cuál es la reacción oficial? Durante el discurso que pronunció la Presidenta el lunes en el Congreso de la Nación no mencionó una sola vez la palabra 'inflación'. Ni siquiera referenció el problema. Se dedicó, fiel a su estilo, a ensalzar el modelo kirchnerista y responder, con acidez, cada una de las críticas que le hace la oposición. En rigor, no hubiera pasado demasiado, si no fuera por el famoso DNU. La sonrisa de más de un opositor mutó por una mueca cuando, apenas anunció la derogación, confirmó el nacimiento de otro DNU, con el mismo objetivo. Lo peor fue el engaño. A esa misma hora, Marcó del Pont en el Banco Central y Amado Boudou estaban trabajando en la trasferencia de los fondos. Una burla en la cara de la casa donde deben tratarse las leyes. La ira de los opositores no se hizo esperar. Sólo así se entiende que Carlos Menem coincida con Elisa Carrió o que los archienemigos Reutemann y Giustiniani levanten juntos la mano en el Senado.La furia tuvo los resultados de una erupción volcánica, no dejó nada a su paso. En menos de 24 horas le rechazaron el pliego a Mercedes Marcó del Pont y citaron a Amado Boudou al recinto. También acordaron tratar en pocos días la coparticipación del impuesto al cheque. Le pegaron al gobierno donde más le duele: su autoridad y la caja. Encima la justicia emitió otro fallo, similar al anterior, impidiéndole al gobierno hacer uso de esas reservas, hasta que el Congreso se expida. Todo matizado por acusaciones de diferente tenor. La reacción oficial no se hizo esperar. Utilizando la cadena nacional (una actitud que se ha vuelto costumbre) y en medio de un acto oficial, la Presidenta respondió con acusaciones de igual o peor tenor que las que se escucharon en el Congreso. Desbordada, Cristina, hasta hizo alusión a la vida personal de la jueza que se atrevió a contradecirla y volvió a agitar el fantasma de la destitución. Argumento calcado que la Casa Rosada inauguró con el conflicto del campo y nunca más abandonó. Ya no sirve buscar explicaciones a una realidad esquiva o tratar de interpretar lo que pasó en junio del año pasado: a todos los impulsan intenciones no santas sobre la gobernabilidad, con el objetivo claro que Cristina, o no termine su mandato o no pueda gobernar. La idea, por sí sola, aborta cualquier solución o principio de acuerdo. Si desconfío del interlocutor que tengo enfrente, de nada me servirá negociar porque jamás creeré en el cumplimiento de los compromisos que asuma. Paradójicamente, o no tanto, en la oposición pasa exactamente lo mismo. No le creen una sola palabra al gobierno y desconfían hasta del aire que respira. En semenjante nivel de descreimiento, será difícil encontrar consensos básicos que le permitan a Cristina hacer lo que quiera, y a la oposición poder controlarla. Igual se trata justamente de eso: la Presidenta ya no tiene margen para hacer lo que quiera porque la realidad política de la Argentina cambió. Y la oposición tampoco puede hacer lo que quiera, porque podría terminar afectando a un gobierno al que aún le faltan casi dos años para dejar el poder.Si las dos partes entendieran esta premisa básica, buena parte del camino estaría allanado. Pero los duros por ahora siguen ganando. José Pampuro, actual Presidente Provisional del Senado y otrora mano derecha de Duhalde, se reunió con Cobos y los radicales para buscarle una salida al conflicto del DNU. Y advirtió: "ceder no implica una derrota". Bastó que lo dijera públicamente para que salieran a enmendarle la plana y dejarlo pedalenado en el aire. Desde Calafate, Néstor Kirchner volvió a abortar cualuquier negociación y le bajó el pulgar a un acuerdo.Carrió, con la cara pintada, espetó que estamos ante una Presidenta de "hecho", que incurre en desobediencia al desconocer el fallo de una jueza sobre el uso de las reservas y el famoso DNU. "La ley no se puede negociar", azuzó en las últimas horas la líder de la Coalición Cívica. Ese nivel de confrontación vuelve irrespirable la democracia en la Argentina. El gobierno deberá entender que ya no tiene el poder omnímodo que la sociedad le dio hace dos años. Que, puntual y religiosamente, se lo quitó el año pasado, dejándolo en minoría en el Congreso de la Nación y perdiendo en la mayoría de las provincias. No le queda más remedio que acomodarse a esa realidad. Y la oposición deberá comprender, que la obligación de sentarse a acordar y negociar, y actuar con responsabilidad, también la abarca a ella. Si no lo entienden el golpe con la realidad será fuerte y la sociedad, al cabo en la que deberían pensar siempre, terminará pagando las consecuencias.
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