Editorial |

Los ecos de una revuelta obrera que hizo historia

El Día Internacional de los Trabajadores, que se celebra mañana, se creó para reivindicar y homenajear a los llamados “mártires de Chicago”, que buscaban con su reclamo una reducción de las jornadas de trabajo.   Los hechos que dieron lugar a esta revuelta están contextualizados en los albores de la revolución industrial en los Estados Unidos. A fines del siglo XIX Chicago era la segunda ciudad de ese país. Del oeste y del sudeste llegaban cada año por ferrocarril miles de desocupados, creando las primeras villas humildes que albergarían a cientos de miles de trabajadores. Además, estos centros urbanos acogieron a emigrantes venidos de todo el mundo a lo largo del siglo XIX. Una de las reivindicaciones básicas de los trabajadores era hacer valer la máxima “ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para la casa”. En 1886 Chicago fue epicentro de una huelga de alrededor de 40.000 trabajadores. Esta acción fue seguida tres días después por un mitin de protesta en la plaza Haymarket contra la brutalidad policial aplicada la víspera a los obreros de la empresa McCormick. Se reunieron 3.000 obreros para escuchar a sus líderes: el alemán August Spies, el norteamericano Albert Parsons y el inglés Samuel Fielden. Poco tiempo antes de su terminación, cuando el inspector de policía John Bonfield, odiado en todo Chicago por su brutalidad y sadismo, lanzó a los uniformados para una de sus acostumbradas sesiones de garrotazos, una persona desconocida arrojó una bomba explosiva que mató a 6 policías e hirió a 50 personas. Esto irritó al gobierno y a los empresarios. En los días siguientes fueron arrestados y enjuiciados ocho dirigentes de tendencia anarquista: los norteamericanos Albert R. Parsons y Óscar Neebe; los alemanes August Spies, Michael Schwab, Georges Engel, Adolph Fischer y Louis Lingg; y el inglés Samuel Fielden. Ninguno de ellos, salvo Fielden, estuvo en Haymarket Square cuando estalló la bomba. Después de un simulacro de juicio todos fueron declarados culpables y recibieron la condena a muerte, excepto Óscar Neebe que fue sentenciado a quince años de reclusión. August Spies, uno de los condenados, acusó al gobierno de haber urdido la explosión de la bomba en Haymarket Square para justificar la persecución a los líderes obreros que luchaban por la jornada de las ocho horas. “Si ustedes creen —dijo—  que ahorcándonos aplastarán el movimiento obrero están equivocados. Aquí apagarán sólo una chispa, pero allá y acullá, detrás y adelante de ustedes, por todas partes, se levantarán las llamas. Será un fuego que ustedes no podrán apagar”. La víspera de la ejecución el gobernador de Illinois conmutó la pena a Fielden y a Schwab por cadena perpetua. Lingg se suicidó en la celda. Y el 11 de noviembre de 1886 fueron ahorcados Parsons, Spies, Engel y Fischer. Pero la lucha por la jornada de ocho horas siguió adelante con mayor fuerza. La consigna fue: “ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso y ocho horas para lo que nos dé la gana”.  El movimiento tuvo ecos en Europa. El 1º de mayo de 1890 se realizaron en muchos lugares multitudinarias manifestaciones de trabajadores. Al día siguiente los líderes sindicales de Estados Unidos informaron que habían conquistado la jornada de ocho horas para 46.197 nuevos trabajadores de 137 ciudades. Y el 1º de mayo, en honor de los mártires de Chicago, se consagró como el día internacional del trabajador.

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