Los fanatismos que alientan intolerancia
Creerse parte de un pequeño número de elegidos, encargados de la salvación común, alimenta una concepción sectaria que conduce inexorablemente a la intolerancia.Ha sido en el mundo de la religión donde ha crecido cierta concepción narcotizante que convierte a los creyentes en fanáticos. Son aquellos que pretenden imponer su credo por la fuerza, como los cruzados de la Edad Media.Es factible rastrear estos rasgos en el grupo católico que entró estos días a la Catedral Metropolitana para boicotear un acto judeocristiano. Se trata de un gesto que se sitúa en las antípodas de la enseñanza del Papa Francisco.Hace poco, al comentar un pasaje del Evangelio de Marcos, el pontífice reflexionó: "Los discípulos eran un poco intolerantes, cerrados en la idea de ser dueños de la verdad, en la creencia de que los que no tienen la verdad no pueden hacer el bien. Y eso estaba mal. Jesús amplió el horizonte".El jefe de la Iglesia Católica remató: "El Señor nos ha redimido a todos con la sangre de Cristo. ¡A todos, no sólo a los católicos! ¡A todos!". En una homilía en Roma, también apuntó contra aquella tradición cultural católica de intolerancia hacia los que no creen.Propulsor de la convivencia pacífica entre las diferentes confesiones, el Papa retoma en realidad la autocrítica de sus predecesores sobre los crímenes cometidos, por ejemplo, por la Inquisición.El papa Juan Pablo II, en una recordada homilía en el año 2000, había presentado una extensa disculpa por los pecados cometidos por la Iglesia Católica: "Perdonamos y pedimos perdón. Pedimos perdón por el cisma entre cristianos, por el uso de la violencia por algunos que servían a la verdad, y por las actitudes de desconfianza y hostilidad hacia los seguidores de otras religiones".La búsqueda del perdón caracterizó al papado de Juan Pablo II desde que fue electo en 1978. Se disculpó por las Cruzadas, la masacre de los protestantes franceses, el juicio contra Galileo, y el antisemitismo.Siguiendo esta tesitura, en carta al editor Eugenio Scalfari, el Papa Francisco ha dicho que "la misericordia de Dios no tiene límites", y que la cuestión para quien no cree "está en el obedecer a su conciencia".En este sentido se pronunció contra cualquier tipo de coacción ideológica, aunque sea de contenido religioso, sobre la conciencia individual: "La religión tiene derecho de expresar sus propias opiniones al servicio de las personas, pero Dios en la creación nos ha hecho libres: no es posible una injerencia espiritual en la vida personal", ha dicho.El fanatismo religioso, con el pasar de los siglos, y el advenimiento del secularismo cultural, se trasvasó a las ideologías políticas con la inauguración de la modernidad. Fue entonces que la política se vivió como religión, convirtiéndose los militantes partidarios en los nuevos cruzados.Esto lo han visto pensadores políticos de la talla de Raymond Aron, para quien tanto el fascismo como el comunismo, por caso, sustituyeron a la religión como portadora de un mensaje salvífico, aunque el paraíso que predican se ubica en la historia y no en el más allá.Los militantes así son los nuevos fieles del partido-Iglesia, que hace de su ideología secular un dogma, elabora una escolástica, y le pide a los seguidores y simpatizantes que no piensen por ellos mismos sino que se disciplinen al grupo.Cuando el espíritu de la Inquisición se encarna en la política, haciendo que el adversario devenga en un infiel a eliminar, la intolerancia coloniza la democracia.
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