Opinion | Alberto Fernández

Los Fernández, entre la pandemia y los errores propios: a reinventarse

Concentrado en la logística de las vacunas y en asegurarse un número grande, el Presidente tuvo esta semana un nuevo dolor de cabeza con la Cancillería. Tratando de reamar el rompecabezas de las relaciones con Estados Unidos, vital para un acuerdo con el FMI y un viaje a Washington, el 'saludo' de Felipe Solá volvió a derrapar. El funcionario, otra vez en la cuerda floja.

Por Jorge Barroetaveña

El día que se confirmó la derrota de Trump, Alberto respiró aliviado. Hubiera intentado algún acercamiento pero todo pintaba difícil. Por eso, ya con Biden presidente electo trató de establecer todos los puentes posibles merced al profesionalismo de Jorge Arguello y los contactos de Gustavo Béliz. Así se consiguió aquella charla que duró un puñado de minutos pero sirvió para que Biden nos ‘registrara’. Igual, el flamante Presidente norteamericano sabe bastante más de lo que muchos piensan de América Latina. En su extensa trayectoria ha hecho de la política exterior un abc de sus conocimientos y tiene en su haber más de 30 viajes a América del Sur. Si bien en su discurso inaugural casi no hubo mención de estos temas, porque los problemas más graves los tiene adentro que afuera, nadie duda de lo que sabe.

Por supuesto que, como cualquier país más o menos serio del mundo, las riendas las lleva la Secretaría de Estado, pero la impronta personal y las relaciones mutuas terminan siendo claves. A eso apuesta Alberto Fernández y por eso su enojo con Solá, que es la segunda vez que mete la pata grueso, soplando nubes sobre la génesis de la relación.

La Argentina necesita el guiño cómplice de la Casa Blanca en las negociaciones con el Fondo Monetario o al menos que la interferencia no sea negativa. En el medio está la posibilidad concreta de un viaje de presentación que se espera sea este semestre.

El Presidente eligió una carta personal para desairar a Solá, con quién hace tiempo optó por el frío para llevar adelante la relación. Pasa que la situación del Canciller no es fácil de resolver para Alberto. El ex gobernador de Buenos Aires es uno de los blancos predilectos de Cristina y el kirchnerismo duro y su renuncia podría ser otro asentimiento cómplice a la sensación de quién lleva las riendas del poder. Algún malo diría ‘qué le hace una mancha más al tigre’, sobre todo después del desenlace del caso YPF donde rodó la cabeza de Guillermo Nielsen y será otro lugar estratégico que pasará a manos del kirchnerismo.

A esta altura al principal habitante de la Casa Rosada no parece importarle mucho lo que se diga. En estos meses el Presidente aparenta haber tomado conciencia de su rol, sabiendo que sólo una gestión aceptable le dará posibilidades de revertir el estado de cosas que está igual que cuando llegó al poder aquel 10 de diciembre del 2019.

Tratando de establecer las bases de una agenda propia huye, evitando los temas espinosos que lo separan de Cristina. Esquiva los mandobles que le relaman definiciones sobre los ‘presos políticos’ o los más osados un indulto para Boudou que ya dijo que no lo piensa dar. Pero Alberto no gasta pólvora en chimangos y esquiva cada bala que le tiran, al fin una especialidad de la casa cuando su jefe era Néstor y él se encargada del trabajo sucio.

Cada integrante del gobierno sabe que si la gestión no da señales de mejora las chances de ganar las elecciones de medio término se reducen. El año seguirá jalonado por la pandemia, por eso el apuro hoy de conseguir las vacunas, que permitan el retorno a cierta normalidad social y por extensión económica. La necesidad tiene cara de hereje y oficialismo y oposición saben que golpeados o divididos hipotecan su posible victoria. El propio gobierno enfrentará en las próximas semanas un desafío inmenso: asegurar que las clases vuelvan a ser presenciales en todo el país. Deberá lidiar con la reticencia por no decir negativa de los gremios docentes, aliados históricos del actual gobierno. ¿Cómo hará Fernández para enfrentar el problema? Astuto, Rodríguez Larreta ya instaló el tema y anunció que en febrero vuelven las clases en CABA. “Criminal”, le retrucó un gremio. ¿Dirán lo mismo del Presidente y los otros gobernadores cuando hagan el anuncio?

El gobierno quería garantizar vacunas para los docentes antes de dar el paso decisivo pero la dinámica de los laboratorios y los gobiernos indican que lo impedirá. Sabe de todas maneras que el mensaje de los chicos volviendo a las aulas será tan potente como eficaz para dar la sensación que la pandemia comienza a ser historia.

Claro que la recuperación económica llevará mucho más tiempo y es altamente improbable que se sienta para las elecciones. Desde el fondo del pozo no hay otra que subir. Cuán empinada será esa subida dependerá de las políticas que aplique Guzmán. Por ahora el agobio sigue siendo la sensación generalizada. Poco queda de aquellas expectativas positivas que rodearon la asunción de los Fernández. Entre la pandemia y sus propios errores, están obligados a comenzar de nuevo.

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