Los hechos y el deseo de imponer otro relato
La relación entre la verdad y el poder siempre ha sido tortuosa. Quien logra imponer la versión de los hechos, aunque sea mentirosa, tiene el control provisorio de la realidad.Están, es cierto, quienes postulan que la verdad no existe, en el sentido de que exista algo más allá del sujeto que conoce. Lo que llamamos "realidad", luego, sería efecto del relato o discurso.Cuando Friedrich Nietzsche postuló que "no hay hechos, sólo interpretaciones", instaló la teoría de que lo que llamamos "verdad" es sólo una versión dominante de los hechos.Ahora bien, si uno lleva al extremo este pensamiento -y siendo lógico- tendrá que aceptar que el nazismo fue "verdadero", toda vez que fue la versión dominante de una época.El relativismo respecto de la verdad, como se ve, es funcional a la justificación de todo totalitarismo. ¿Por qué impugnar estos regímenes si expresan un paradigma aceptado socialmente?Sostener que la verdad de las cosas es independiente de la "voluntad de poder", supone en cambio instalar dos polos antagónicos: un sentido que emana de los acontecimientos y el que quiere imponer quien manda.El escritor inglés George Orwell, autor de la novela distópica "1984", vio como nadie la tentación de los gobiernos por asegurar su dominancia mediante el control del relato.En la novela (publicada en 1949) se ve cómo funciona la policía del pensamiento en un régimen totalitario. Es un fenomenal dispositivo de vigilancia dirigido a controlar la conciencia individual, estableciendo lo que hay que saber.También está la tergiversación deliberada del pasado, a través del Ministerio de la Verdad, un organismo estatal que se dedica a manipular o destruir los documentos históricos.La estrategia consiste en conseguir que las evidencias del pasado coincidan con la versión oficial de la historia, mantenida por el Estado. "Estas cosas me parecen aterradoras, porque me hacen creer que incluso la idea de verdad objetiva está desapareciendo del mundo", declaró un descorazonado Orwell ante el control sobre la prensa que ejercían algunos Estados de su época."Es un mundo de pesadilla en el que el jefe, o la camarilla gobernante, controla no sólo el futuro sino el pasado. Si el jefe dice que tal o cual acontecimiento no ha sucedido, pues no ha sucedido; si dice que dos y dos son cinco, dos y dos serán cinco. Esta es una perspectiva que me asusta mucho más que las bombas", afirmó el inglés.Desde esta perspectiva, se entiende entonces la obsesión de algunos gobiernos por los medios y la imagen, las fortunas que gastan (dinero de los contribuyentes) para adulterar estadísticas y encuestas, todo en un esfuerzo dirigido a "editar" la realidad.¿Sólo los gobiernos tienen una relación tortuosa con la verdad? El escritor y periodista Miguel Wiñazki ha dicho hace poco que el mayor capital social que puede tener un país es su capacidad para aceptar y resistir la verdad.En su opinión, en la Argentina ese umbral de tolerancia es muy bajo. "El mito de la superioridad argentina encubre esta debilidad: la inevitable percepción de que las cosas no son como nos gustaría", señaló en una entrevista.La teoría es interesantísima, porque instala la presunción de que hay sociedades que preferirían vivir en la mentira -o que se les mienta- porque así la pasan mejor.En la Biblia se lee: "El que acumula ciencia, acumula dolor". Así como ocurre con los individuos, al parecer algunas sociedades se inclinan por ver y escuchar aquello que halaga su comodidad.Prefieren las noticias deseadas porque su grado de tolerancia a la verdad es muy bajo.
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