Los hijos y la infancia, entre el mito y la realidad
¿Cuál es la imagen real del niño en la sociedad actual? ¿"El alma se cura" en su compañía, como decía Dostoyevski, ensalzando su inocencia? ¿O es el "pequeño dictador" que ha tomado el control del hogar, como lo pintan algunos psicólogos?Las opciones planteadas son extremas y describen maniqueamente dos figuras antitéticas: la del ángel y la del demonio. Uno se puede quedar, así, con una imagen ideal, casi romántica, de la infancia. Y otra en un punto casi perversa.Como es en este mundo donde nacen los niños y las niñas de hoy, en él crecen y en él han de ser admitidos, se puede zanjar la dicotomía diciendo que la base de bondad inherente a los más chicos se puede echar a perder en interacción con el mundo adulto.En Oliver Twist y otras novelas de Charles Dickens, el niño representa un emblema de bondad y virtud frente a la corrupción, las injusticias y las vanidades de la sociedad. Es decir, hay un enorme abismo que separa la inocencia de los niños del vicio de los mayores.En el Evangelio, Jesús de Nazaret dice sin equívocos: "Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos".Y en otra parte, lanza una admonición: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis".Cabría suponer, por tanto, que los niños les son confiados a los adultos como seres potencialmente bondadosos, a los que sin embargo una desafortunada crianza puede estropear.Los sabios de la antigua Grecia, dos mil años atrás, inventaron el concepto de "paideia" para explicar la idea de que el hombre virtuoso, en su tránsito desde la infancia a la adultez, es producto de la educación.La formación en valores de las nuevas generaciones pasaba a ser así un tema de máxima importancia para la sociedad adulta. Hijas e hijos, diría un griego, serán hechura de la educación que reciban.Ellos, por lo pronto, observan y aprenden de los adultos, con quienes interactúan, siendo testigos de la manera en que se comportan en su vida personal y social. ¿Quiénes ejercen hoy la paideia real, no la nominal?Hay quienes piensan, no sin razón, que es el mercado quien ha tomado a su cargo la formación real de la infancia. No porque pretenda hacer de los más chicos personas virtuosas, sino para habituarlos como consumidores.La conquista y reorganización del alma infantil, sobre la base de criterios mercantilista, está en marcha desde hace tiempo, y los "pedagogos" son los agentes de marketing.La refundación del carácter del niño no sobre la noción (romántica) de inocencia, sino sobre la base de que por encima de todo es el consumidor de mañana, sería un vasto plan digitado por el sistema económico.Convertir a los niños al espíritu y la práctica del consumismo -porque de lo que se trata es de prolongar el ciclo de los negocios- ha llevado a que los padres (que ya no confían en su propio criterio sobre la educación de los niños) consulten cada vez más a sus hijos antes de tomar la decisión de comprar algo.La nueva cultura de consumo infantil, ¿tiene que ver con algunos síntomas de desafío abierto hacia la autoridad de los padres? Se habla del acoso en el trabajo, o de la violencia de género, pero también existen pequeños dictadores en casa.Eso piensa el psicólogo y ex Defensor del Menor de la comunidad de Madrid (España), Javier Urra, quien viene escribiendo sesudos ensayos sobre la aparición, en muchos hogares, de "hijos tiranos" que son capaces de maltratar a los mayores."Son niños caprichosos, sin límites, que dan órdenes a los padres, organizan la vida familiar y chantajean a todo aquel que intenta frenarlos. Quieren ser constantemente el centro de atención, son niños desobedientes, desafiantes, que no aceptan la frustración", describe.
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