Los males de la cultura de la prisa
La vida apresurada, frenética, de nuestros días no nos hace más felices. En realidad implica una alienación humana peligrosa, sostienen los partidarios de la filosofía Slow (lento). "Vivir de prisa no es vivir, es sobrevivir", eso se lee en el "Elogio de la lentitud", el libro de Carl Honoré, uno de los representantes de esta especie de tendencia contracultural contra el culto a la velocidad.Licenciado en Historia Moderna y periodista, Honoré explica en ese texto por qué razón es importante tomar el control del tiempo, dando prioridad a las actividades que redundan en el desarrollo de las personas."Nuestra cultura nos inculca el miedo a perder el tiempo, pero la paradoja es que la aceleración nos hace desperdiciar la vida", razona al discutir el mito moderno de las bondades de la aceleración productivista.La velocidad, el principio según el cual no hay tiempo que perder, subyace al progreso material, y al ritmo de vida contemporáneo. "Time is money" ("el tiempo es dinero"), decía Benjamín Franklin, en los comienzos de la era industrial."Hoy todo el mundo sufre la enfermedad del tiempo: la creencia obsesiva de que el tiempo se aleja y debes pedalear cada vez más rápido", reconoce Honoré.Pero este ritmo trepidante entraña una alienación, corrige. En su opinión, la velocidad es una manera de no enfrentarse a lo que pasa con el cuerpo y la mente, y evita preguntas esenciales, del tipo ¿para qué es la vida?"Viajamos constantemente por el carril rápido, cargados de emociones,de adrenalina, de estímulos, y eso hace que no tengamos nunca el tiempoy la tranquilidad que necesitamos para reflexionar y preguntarnosqué es lo realmente importante", describe.Y reflexiona: "Nadie en su lecho de muerte piensa: 'Ojalá que hubiera pasado más tiempo en la oficina o viendo la tele', y, sin embargo, son las cosas que más tiempo consumen en la vida de la gente."Honoré se declara partidario del movimiento "slow" (lento), que aunque no está estructurado ni controlado por una organización como tal, su filosofía inspira a muchos grupos en todo el mundo que discuten que la velocidad, un valor superlativo en la producción, haga felices a los hombres.Y se preguntan: ¿realmente es necesario vivir tan acelerados? ¿Disfrutamos así de la vida y del entorno? ¿Por qué no dejar que la vida, y no el dinero y la producción, marque su propio ritmo?Esta filosofía actualiza los conceptos básicos de la tradición espiritual que resalta la importancia del "ser" sobre el "tener", y en este sentido propone reducir la marcha, porque cree que la vida apresurada desconecta al hombre de sí mismo y del mundo."Lo que denuncio -dijo Honoré en una reciente entrevista- no es la rapidez en sí misma, sino que vivimos siempre en el carril rápido y hemos creado una cultura de la prisa donde buscamos hacer cada vez más cosas en cada vez menos tiempo".Según dice, "hemos generado una especie de dictadura social que no deja espacio para la pausa, para el silencio, para todas esas cosas que parecen poco productivas. Un mundo tan impaciente y tan frenético que hasta a la lentitud la queremos en el acto".En el libro de su autoría, Honoré aclara que la evolución opera sobre el principio de la supervivencia del más apto, no del más rápido. "No olvidemos quién ganó la carrera entre la tortuga y la liebre", razonó.La filosofía Slow, en suma, advierte que estamos esclavizados por la velocidad y todos hemos sucumbido al mismo virus insidioso: vivir rápido, una actitud que acaba por deshumanizarnos.
ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
ACCEDÉ A ESTE Y A TODOS LOS CONTENIDOS EXCLUSIVOSSuscribite y empezá a disfrutar de todos los beneficios
Este contenido no está abierto a comentarios

