Los males de la ley del menor esfuerzo
Entre las muchas causas que suelen esgrimirse para explicar la decadencia educativa -palpable en un sinnúmero de síntomas- no suele mencionarse la dominancia del principio del menor esfuerzo. Para referirse a la crisis abundan distintos tópicos: métodos pedagógicos y programas obsoletos, falta de tecnología educativa, edificios escolares deficientes, falta de actualización docente, bajos salarios, entre otros.Se habla de que el sistema educativo no funciona, que todo podría mejorar con otra organización, un cambio de ministro, más presupuesto. La discusión viene de lejos, pero la regresión intelectual no parece retroceder.Ahora bien, se olvida demasiado que aprender es un trabajo, una tarea nada sencilla que demanda sacrificio. Y hay razones para pensar que, justamente, se verifica un eclipse en las aulas del valor del esfuerzo.¿Acaso aprender o desarrollar las capacidades intelectuales -se pregunta el académico Guillermo Jaim Etcheverry-, es lo mismo que ir al cine o sentarse frente a la pantalla del televisor?Ocurre que hay alumnos que se "comportan como cómodos espectadores en lugar de ser esforzados protagonistas de la aventura del descubrimiento", diagnostica Etcheverry, para quien es un error garrafal creer que la escuela debe ser "divertida".En el afán por atraer a los estudiantes, el sistema cae en la trampa de hacer digerible lo que se presupone que los jóvenes son incapaces de comprender. Así se entroniza el facilismo, siguiendo la lógica del espectáculo, que domina a la sociedad contemporánea.Esta noción que se ha ido perdiendo entre nosotros, que aprender es un trabajo, constituye el drama de la educación argentina, según cree el filósofo Tomás Abraham.El aprendizaje es "metanoia", una especie de conversión por la cual nos descubrimos a nosotros y al mundo. Pero ese cambio, dice Abraham, implica necesariamente esfuerzo, dificultad, frustración, y a la vez goce."Todo eso es desafío, es lucha", sostiene al señalar que se habla mucho de educación, "pero nunca hablamos del oficio, del trabajo de estudiar", que básicamente supone un proceso que implica "vencer un obstáculo".No hay misterio, "las cosas que valen son difíciles, en todos los órdenes de la vida", asegura Abraham, quien en una entrevista dijo sentirse abrumado por la "indiferencia social y cultural" hacia el estudio que revela la sociedad argentina.La clase media, que otrora otorgara un valor superlativo al conocimiento, de cuyas filas han salido pensadores, escritores y científicos, "vive de las revistas y de los chimentos de diarios, vive de lo que se llama la 'política', es decir, la farándula, que es más o menos lo mismo".Pero de lo que se trata, dice el filósofo, es de trabajo (tanto del profesor como del alumno). "Y darle importancia al estudio es darle importancia a los estudiosos, reconocerles el mérito, estimularlos", refiere.Así como el agua tiende a seguir la pendiente, a rodear los obstáculos, es decir, a correr en la dirección en que se encuentra la menor resistencia, renunciar al esfuerzo en el aula supone igualmente seguir la pendiente que conduce al embrutecimiento.Si la ley del mínimo esfuerzo es la que preside la actividad pedagógica, la educación argentina no hará más que cosechar frustraciones entre sus egresados, quienes cuando salen de las aulas a la realidad, donde las cosas nunca son fáciles, acaso sientan que han sido engañados.
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