Los países centrales ante el drama del ajuste
En el mundo rico cruje el Estado del Bienestar -un invento de mediados del siglo XX que vino a atemperar los desequilibrios del capitalismo- y de ahí el malestar de europeos y estadounidenses.Es factible reconocer dos posiciones alrededor de esta crisis. Una suscribe la teoría conspirativa, según la cual hay un ataque especulativo contra los países, manejada desde las sombras por siniestros financistas.Es una especie de complot del dinero contra la raza humana, pergeñado por una elite que no se deja ver, pero que alienta un plan de dominio del mundo, a través de la dictadura financiera.La otra visión es más modesta y menos paranoica. Se resumiría así: los países ricos venían gastando más de lo que ganaban. El problema de deuda que hoy tienen sus Estados, obedecería a esa debilidad humana de querer vivir por encima de las posibilidades.Aquí el crédito tomado en su momento en el mercado habría sido un expediente de la pereza. Iba a tapar los agujeros fiscales crónicos de un Estado, llamado del bienestar, más dispuesto a consumir que a producir.Ya hace tiempo, cabe aclarar, había voces que venían advirtiendo sobre que no era sustentable el sistema previsional europeo, ni el abultado presupuesto de los Estados Unidos.Esto de financiar un gasto excesivo con emisión de deuda pública (algo de lo cual Argentina sabe bastante) lleva inexorablemente al quebranto de la hacienda pública, con efectos recesivos en la economía.La pregunta es: ¿cómo hace el fisco para salir de este atolladero, sabiendo que ya no puede acudir al crédito? La salida dolorosa parece ineludible: el ajuste. Ahora bien: ¿cómo se reparten las cargas de este achique?¿Quién paga la factura del desbarajuste fiscal y financiero? ¿El esfuerzo recaerá sobre la mayoría de la sociedad, a través de recortes sociales, o se lo endosará a los acreedores, a través por caso de quitas en la deuda?El debate económico tanto en Estados Unidos como en Europa se divide en dos facciones. Por un lado, están los partidarios de un ajuste draconiano del gasto público.Estos creen que la crisis es una oportunidad para eliminar la causa del desquicio: un Estado per se inviable, que so pretexto de ayudar a los pobres ha adquirido dimensiones paquidérmicas, al punto de monopolizar la renta generada por la sociedad.El exceso de combustible necesario para tan notable máquina ha generado una fiscalidad abusiva, que a la larga afecta a los que producen, matando así a la gallina de los huevos de oro.La lógica de la expansión estatal -tanto por la vía de los impuestos como por la del gasto- se sostiene mientras la economía produce renta suficiente y los contribuyentes la toleran. Pero llega un momento en que esta ecuación feliz empieza a crujir. Como es el caso de los actuales Estados sobre-endeudados.La otra postura, heterodoxa, afín con la teoría económica keynesiana, sostiene que resulta un suicidio un ajuste fiscal de proporciones, porque eso haría retraer la demanda de la economía, ocasionando más perjuicios que beneficios.Hay que hacer todo, dice, menos afectar el consumo de la población -su nivel de ingreso- so pena de caer en una recesión crónica. Además, un recorte social por vía estatal azuzaría aún más la protesta de la gente, cuyo malhumor va en aumento.La propuesta, en todo caso, es que el sector financiero -que ha ganado mucha plata cobrando altos intereses-, absorba las pérdidas de este malhadado negocio de prestarle plata a fiscos insolventes.Otra medida que alientan los heterodoxos es aumentar la fiscalidad a los ricos. Hace poco el presidente Obama escuchó una canción dulce a sus oídos: el magnate Warren Buffet pidió al Capitolio que aumente la presión fiscal sobre los norteamericanos más prósperos, incluido, por supuesto, él mismo.En suma, cómo se resolverá la crisis en el mundo rico, cuál sea la fórmula que se adopte en el reparto de la carga del ajuste, definirá en gran medida el futuro del Estado en el capitalismo.
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