Los reveses pueden ser grandes oportunidades
Un fracaso es la frustración de un deseo u objetivo. Se trata del incumplimiento o imposibilidad de realizar un proyecto en el que habíamos invertido nuestra voluntad, esfuerzo, pensamientos o sentimientos.Esta situación pone al ser humano frente a sus límites existenciales y le hacen tomar conciencia de los claroscuros de la vida. Se trata de una experiencia que puede, sin dudas, llevar a la condena o la desesperanza.Pero también puede ser un camino de redención, de suerte que el fracaso puede devenir, al cabo, en un logro personal. Aquí vemos la derrota con otros ojos: como posibilidad de maduración y de autenticidad.En diciembre de 2010, para reflexionar sobre la fiesta de fin de año, el catedrático de psiquiatría Enrique Rojas, escribió para el diario El Mundo de España un artículo titulado "La lucidez del perdedor".Allí reflexiona que el análisis personal suele ser siempre deficitario, sobre el hecho de que toda exploración retrospectiva -esa que uno hace entre una etapa que se cierra y otra que se abre-, acumula fallos y errores.En el artículo Rojas alerta sobre los espejismos que rodean a determinados éxitos, a los que asociamos banalmente con una existencia feliz, y a la fecundidad vital que entrañan supuestos fracasos."Lo que la gente llama éxito no es otra cosa que un cierto triunfo que tiene resonancia social, y muchas veces uno se pregunta qué precio ha habido que pagar por alcanzar esa circunstancia", dice.Por otra parte el fracaso, que significa que algo no ha salido como nosotros queríamos, puede ser una palanca para el crecimiento personal. Eso quiere decir que de la adversidad se puede extraer el mayor bien."He visto a gente triunfar demasiado joven y después, en un breve tiempo, aquella victoria se ha convertido en una auténtica derrota. Por contra, hay derrotas que, bien asumidas, se convierten con el paso de un cierto tiempo en genuinas victorias", reflexiona el psiquiatra.Y añade: "La derrota es lo que te hace crecer como persona. La derrota enseña lo que el éxito oculta. Es la lucidez del perdedor, la nitidez de aprender que la vida es la gran maestra, que enseña más que muchos libros".Vivimos en una cultura donde pasarla bien se ha convertido en un valor supremo, en donde hay que silenciar lo que perturba, preocupa o angustia, porque eso es de mal gusto.Es una concepción frívola de la existencia que, según reconoce por su lado el escritor Mario Vargas Llosa, lleva a olvidar que la vida no sólo es diversión y éxito, sino también "drama, dolor, misterio, frustración".Se entiende entonces, dentro de este entorno cultural light, que las derrotas sean poco menos que patologías, enfermedades inadmisibles, experiencias deprimentes inaceptables que deben callarse u ocultarse, porque avergüenzan y escandalizan.Pero Enrique Rojas nos advierte que los reveses y traumas son parte inseparables de la vida, y solo con valor se los enfrenta. "En el mundo antiguo existía la expresión poliorcética, que era el arte de la fortificación en la guerra. La fortaleza es la virtud de los que soportan y resisten", recuerda.La clave, dice, es diseñar la vida para las distancias largas: "Es necesario tener una visión larga de la jugada existencial. Las voluntades débiles emplean discursos y teorías, mientras que las fuertes la traducen en actos coherentes y positivos".La lucidez del perdedor consiste, en suma, en no desesperar ante la adversidad, aceptando que ella puede abrir nuevos horizontes de sentido y de conquista personal.
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