Los trenes ya son un drama nacional
Hay algo de impotencia contenida, pero sobre todo de reconocimiento de que los ferrocarriles constituyen un intríngulis insoluble, en los dichos del ministro del Interior y Transporte, Florencio Randazzo: "No pidamos que en un año cambiemos lo que no se hizo en 50".Lo dijo tras dar una serie de explicaciones técnicas sobre el choque de trenes en Castelar, que ha vuelto a enlutar al país. Tres muertos y un centenar de heridos fue el saldo esta semana de un siniestro en la línea Sarmiento, la misma en la que en febrero de 2012 perdieron la vida 51 personas en un evento parecido ocurrido en la estación Once.Suele llamarse "drama" a aquel episodio de la vida atravesado por el conflicto, y cuando la historia suele terminar en un "final trágico". A la luz de los acontecimientos, la palabra sirve para adjetivar la situación de los trenes en Argentina.La decadencia ferroviaria viene desde el fondo de la historia, parece decir Randazzo, aunque ese diagnóstico colisiona con los recientes años de crecimiento económico, que el oficialismo suele bautizar como la "década ganada".Estos fueron años de fuertes ingresos hacia el Estado. ¿Por qué no se pudo hacer del sistema ferroviario un transporte adecuado, confiable y seguro? Se dirá que lo intentó mediante subsidios a los concesionarios privados.Pero por lo visto esta fórmula fracasó. Subsidios monumentales, que revelan una fuerte participación estatal, no se tradujeron en inversiones necesarias.A lo que se suma un sistema ferroviario cuya gestión no está exenta de corrupción, según sugiere el fallo del juez federal Claudio Bonadío, que entendió en la tragedia de Once, y que según él fue producto de la "trilogía siniestra de empresarios, funcionarios y sindicalistas". El argumento central del fallo fue que los empresarios, con el objeto de apropiarse de millonarios subsidios estatales, generaron un cuadro de fuerte des-inversión. Lo cual generó a su vez las condiciones objetivas para que el tren, en "deplorables condiciones", chocara.El otro costado es el social. Los errores en este frente pegan duramente a las clases medias y bajas que sufren día a día las condiciones pésimas de los trenes. Se viaja "como ganado", es la queja recurrente de los usuarios.Está claro, a favor del diagnóstico del ministro Randazzo, que tampoco los gobiernos anteriores supieron solucionar el tema del tren. El proceso de declive y des-inversión en el que está inmerso el servicio ya es una fatalidad argentina.Lo que hoy existe -tanto en el sistema de pasajeros como en el de carga- es un remedo del protagonismo que alguna vez tuvo este medio de transporte, que a mitad del siglo XX el peronismo nacionalizó (estaba en manos inglesas), como un gesto de independencia frente al imperialismo.En 1945, el año de su máximo esplendor, el ferrocarril tenía una red de 45.000 km., la más extensa de América Latina. Hoy aunque el Estado declara 34.000 km. de vías férreas, gran parte son intransitables por el desgaste, y a lo sumo hay 10.000 km. en condiciones.Fue el propio peronismo quien luego se encargó de privatizar el servicio allá por los '90, con el argumento de que daba pérdidas y el Estado no podía invertir en él.Desde entonces la continua pérdida del transporte de cargas a manos del camión por la expansión de la red caminera y los accidentes continuos del sistema ferroviario urbano (el último de los cuales ocurrió esta semana), pintan el drama de los trenes en Argentina.
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