Los votantes tienen la última palabra
Los argentinos votamos hoy en elecciones generales. Se trata de un evento que debería desdramatizarse, ya que la esencia de la democracia es la compulsa de partidos y candidatos.Por otra parte, no debe perderse de vista que en este sistema político el poder no se funda sino en el conjunto de opiniones -ideas, preferencias, aspiraciones y propósitos- que residen en la sociedad.De aquí se sigue que todo desplazamiento de poder, todo cambio a nivel de los que mandan, es a la vez un cambio de opiniones. En democracia, los gobiernos van y vienen, así, por el voto de la gente.En el régimen adoptado por los argentinos el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes. Esto implica que hay una transferencia temporal y legalmente acotada del poder desde los electores -que son sus titulares- a personas que devienen en "mandatarios".En la sociología política se suele ver a la política como un reflejo más que como una causa de los cambios del poder. El razonamiento es que los países tienen los gobiernos que la idiosincrasia de sus habitantes promociona y acepta.No hay razón alguna, por tanto, que justifique pensar que los representantes del "pueblo" que los argentinos eligen para gobernar puedan ser diferentes a lo que son los propios argentinos.Esto es bueno recalcarlo ante la manía vernácula de desconectar los actos comiciales de las peripecias del país. La queja por la corrupción, incultura e incapacidad de parte de nuestra clase dirigente -sobre todo ante las crisis económicas- a veces juega como un mecanismo exculpatorio (la culpa es del otro), pero se olvida que esos son vicios de la propia sociedad.Al respecto el escritor estadounidense Elbert Hubbard (1856-1915) decía: "La democracia tiene por lo menos un mérito, y es que un miembro del Parlamento no puede ser más incompetente que aquellos que le han votado".Esta realidad hacía decir al escritor George Bernard Shaw que "la democracia es el proceso que garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos".Quizá por esto mismo Winston Churchill bromeaba diciendo que la democracia era el peor sistema. Pero aclarando que los otros no eran mejores. Nuestro Jorge Luis Borges no podía, en tanto, con su genio ácido al decir que la democracia era "un abuso de las estadísticas".Últimamente, no obstante, se prefiere ver que hay un desajuste entre la sociedad y la política, en el sentido de que la llamada "dirigencia" suele perder su sentido de representatividad al moverse en una agenda que no es la de los votantes.¿Es cierto, como creen algunos, que muchos políticos argentinos van detrás de los intereses de sus electores? El sociólogo Manuel Mora y Araujo tiene la teoría de que este desfase es de algún modo inexorable.Y lo formula de este modo: "La sociedad que recibe a un gobierno, la que lo ungió a través del voto, no es la misma que ese gobierno deja al cabo de su mandato, aunque a menudo no lo advierta".El especialista, por tanto, propone ver a la política no a partir de los enroques en las superestructuras partidarias, sino desde las transformaciones que tienen lugar en el plano de la cultura -valores, expectativas- como en el de la estructura sociodemográfica.Las elecciones de hoy en Argentina, ¿dejarán traslucir estos supuestos cambios en la base de la sociedad? ¿Hay una mudanza de época que obligará a la política a resetearse?La última palabra la tienen los votantes.
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