Luchas que suman descrédito social
El choque de poderes que se vive en la Argentina pone al descubierto la fisura de una cultura política en la cual no se saben construir consensos institucionales.En la superestructura del Estado parecen librarse grandes batallas. Como si dijéramos que la política es la continuación de la guerra por otros medios. Nunca como ahora lo "agonal" (lucha) ha relegado tanto a lo arquitectónico.A tal nivel llega el enfrentamiento del Poder Ejecutivo con el Legislativo y el Judicial, y entre la presidenta y el vice, que para algunos observadores se asiste a la peor crisis institucional desde 1983.La excepcionalidad del momento la indicaría el hecho de que es la primera vez que un presidente de origen justicialista tiene que gobernar sin controlar el Congreso.Esto no sucedió con Perón en ninguno de sus mandatos, tampoco en los diez años y medio de Menem ni en los seis y medio del kirchnerismo, entre mayo de 2003 y diciembre de 2009.Según el politólogo Rosendo Fraga, aquí estaría el origen del aquelarre político-institucional que conmueve al país. Demás está decir que el kirchnerismo viene de perder la elección previa a la presidencial.Esta situación implica una pérdida de poder prematura y anticipada. ¿Qué hubiera sido lo deseable en este caso? Pues una fórmula de cohabitación, un esquema en el que se pudiera compartir el poder.Pero nada de esto es posible en una cultura política que reniega de los acuerdos. En Argentina no existe la República. Aquí si el Ejecutivo no controla el Congreso y la Justicia, dice que no puede gobernar.El kirchnerismo, con su estrategia del todo o nada, es una versión extrema de esta característica de la cultura política argentina. Una pregunta clave es: ¿la oposición representa lo nuevo? ¿Sale de este formato cultural?Hay indicios que revelan que la oposición, un conglomerado heterogéneo y frágil, todavía no ha superado moralmente al poder que aspira a suceder.Por momentos utiliza los mismos métodos que dice criticar. Por lo demás, la oposición en la Argentina, como rasgo general, siempre jugó al desprestigio del gobierno, como estrategia para cosechar puntos.Si hasta pareciera que disfrutase de la desmesura K, porque ve en ella un instrumento que le permite prosperar. De hecho, es eso lo que parece aglutinarla en el Congreso.Todo esto agrega serias dudas sobre su capacidad para gobernar, de cara al futuro. Los antecedentes históricos, además, no hablan a favor de las fuerzas de oposición en Argentina. En política, al cabo, siempre cambia el collar pero el perro sigue siendo el mismo.Hasta acá, dentro de la lógica de la confrontación, el oficialismo estaría demostrando una formidable capacidad de supervivencia. Al bloquear y resquebrajar la voluntad del frente opositor, tiene la iniciativa política.Pero estos éxitos se inscriben dentro de una lógica utilitaria dirigida a mantener el control firme del Estado. Sólo interesa a aquellos que detentan el poder, a los que Nicolás Maquiavelo recomendaba hacer lo malo si era necesario.Pero, ¿cómo repercute esta lucha del poder en la sociedad? Esta es una pregunta crucial porque cabría conjeturar que el hombre de la calle, al que lo acucian otros problemas (como el de la inflación), preferiría que sus líderes políticos se pongan de acuerdo en lugar de pelearse.Estos dirigentes parecen no haber aprendido nada del 2001, cuando la opinión pública, con el famoso "que se vayan todos", repudió en bloque a la clase política.Cuando la praxis política se absolutiza, cuando el acto político no tiene más fin que él mismo, y se emancipa así de las vicisitudes de los gobernados, cuya suerte no importa, es cuando la paz interna de un país corre riesgo.Es cuando la política se divorcia irremediablemente de la sociedad, generando un abismo entre los gobernantes y los ciudadanos.
ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
ACCEDÉ A ESTE Y A TODOS LOS CONTENIDOS EXCLUSIVOSSuscribite y empezá a disfrutar de todos los beneficios
Este contenido no está abierto a comentarios

