Macri, el hombre que cambió su futuro por el destino de una Nación
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"Todo cambia y todo se termina y cambiar en uno no está mal". Así dice una popular canción de un cantante pop argentino. Esa fue la melodía que sonó el domingo pasado y terminó con Mauricio Macri en la Presidencia de la Nación. Jorge BarroetaveñaOpinión Fueron 12 años de kirchnerismo profundo. 12 años de reformas y peleas. 12 años que no pasaron en vano. La gente se cansó y prefirió cambiar.El cambio es una palabra apenas. Qué contiene ese cambio y hacia dónde nos lleva es difícil de predecir. Pero son procesos históricos inevitables. Doce años en el poder es mucho tiempo. Poco seguro para la vida de un país pero mucho para la vida de las personas. El desgaste del ejercicio llega un punto en que no tiene retorno. Cualquiera de los dos candidatos que hubiera ganado el domingo pasado representaba más o menos lo mismo. La campaña, que se tiñó de slógans vacíos en las últimas semanas, se esmeró en resaltar las diferencias, porque así deben ser las segundas vueltas, dejando de lado las coincidencias. Por estilo, por vida personal y hasta por ideas Macri y Scioli siempre fueron muy parecidos, algo que siempre le pesó al kirchnerismo duro.La victoria de Cambiemos no tiene discusión, sencillamente porque no la debe haber cuando la gente vota. Sí se pueden buscar explicaciones a los que pasó. En las zonas más productivas del país y las grandes urbes, Cambiemos fue la primera opción. Macri ganó en el interior profundo de Buenos Aires, en la Ciudad, en Mendoza, Santa Fe, La Pampa, San Luis, Entre Ríos y por muerte en Córdoba. Mejoró notablemente su performance en el norte del país, donde ganó en Jujuy y dio el batacazo en La Rioja pero sacó muchos más votos en Misiones, Chaco, Formosa, Santiago del Estero, Tucumán y Salta. El sur se tiñó de naranja, pero su peso específico en el contexto nacional no alcanza para inclinar la balanza. A Macri lo votaron los pobres, los ricos y la clase media. Suponer que un productor tambero de Santa Fe es alguien de clase alta es un grosero error. En Córdoba, se cobraron viejas facturas. La provincia mediterránea es quizás, donde anida el mayor sentimiento antikirchnerista de la Argentina. Y hay razones para eso. De la Sota siempre se llevó a las patadas con Néstor Kirchner. La demora el año pasado en enviar gendarmes para aplacar la rebelión policial, prendió fuego Córdoba Capital y por si fuera poco Cristina terminó ungiendo a Carlos Zannini en la fórmula con Scioli. Hicieron todo para granjearse la enemistad de los cordobeses. Por la misma cuerda, el radicalismo cordobés conserva rasgos de su robustez histórica con un dirigente que nació a la política de la mano de Angeloz: Oscar Ahuad. Claro, ¿es necesario recordar la 125 y la pelea de los productores cordobeses? Todas esas heridas nunca cicatrizaron y el domingo derramaron bronca a borbotones: Macri se quedó con la friolera del 71% del voto de los cordobeses. Fue un millón y medio de votos que lo dejaron a las puertas de la Casa Rosada.Claro que hurgando un poco más fino, tampoco la Provincia de Buenos Aires quedó al margen de la ola amarilla. Scioli necesitaba, igual que en la primera vuelta, ganar por muerte. Y ganó raspando el muchacho. Se impuso sí en el Conurbano pero perdió sin dobleces en todo el resto de la provincia. Su victoria fue pírrica, por apenas dos puntos de diferencia, magros 200.000 votos. Así no podía ser presidente.Mauricio Macri arrastra, desde sus comienzos en Boca, cierta subestimación de la clase política. En Boca pensaron que fracasaría porque no sabía nada de fútbol. Hizo al club más popular de la Argentina, el más ganador de todos y lo sentó a la mesa de los grandes del mundo. Cuando se asomó a la política, muchos pensaron que la derrota con Aníbal Ibarra en el 2003, era su sepultura. Fue paciente, esperó, hasta que en el 2007 le tocó y ganó la Ciudad de Buenos Aires. Su gestión fue buena, sobre todo en comparación con otras cercanas, como la de Scioli en Buenos Aires que terminó haciendo agua por todos lados. Supo esperar el momento y cambiar cuando fue necesario. En 2009 intentó un acuerdo con Solá y De Narváez y no le fue mal. Ganó. En el 2011 consideró que no era su momento. En el 2013 resolvió tirarse a la pileta. Hace un año las encuestas lo daban lejos del primer lugar, donde lucía consolidado Sergio Massa. Tenía que proyectar su imagen a todo el país y traspasar con el PRO las fronteras de la General Paz. Apostó por Cambiemos con Carrió y Sanz y morigeró su discurso duro. Aguantó todas las presiones del círculo rojo para juntarse con Sergio Massa, a punto tal que lo acusaron de no querer ganar y ser funcional a Cristina. La noche de las PASO viró su discurso y prometió no tocar Aerolíneas, YPF ni la Asignación Universal. "Sonó", pensó más de uno. Pero la gente le creyó. Los últimos 15 días aguantó una campaña sucia feroz que lo pintó como la reencarnación del mal. Y cerca estuvieron de conseguirlo.El domingo 25 de octubre los argentinos votaron con la esperanza de un cambio de formas. No más gritos ni dedos acusadores. No más grieta ni peleas familiares. Votaron valorando los logros de 12 años kirchneristas pero poniendo en capilla sus malos modos. El mérito de Macri es que supo encarnar a unos y a otros. La gente se cansó y buscó otro timonel para la nave. El mar está tempestuoso y el barco atestado de demandas. El país no está incendiado pero sí arrastra demasiadas cuentas pendientes. Ahora le tocará a un ingeniero, fanático de Boca, que alguna vez decidió dejar la empresa de su padre, para demostrarle que sólo también podía. Y el tipo pudo tanto que llegó a ser Presidente de la Nación. Ojalá pueda más.
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