Opinion |

Macri y Cristina, como en la oca: volvimos al punto de partida

En modo zen Cristina presentó su libro. En una carrera desenfrenada por ver quién tiene la iniciativa, salió al centro del escenario a peleársela al gobierno que, desde hace unos días, domina la agenda con la historia del ‘consenso’ y los famosos 10 puntos como propuesta. Ni la lluvia, ni el oscuro y confuso incidente del Congreso, opacaron la presentación y la expectativa que la rodeó. Jorge Barroetaveña Claro que si hay algo que parece no tener solución en el kirchnerismo es la paranoia. No sólo por los insultos y apretadas que tuvieron que comerse algunos periodistas sino también por la loca idea del inefable D’Elía que desde la cárcel le sigue haciendo daño al proyecto nacional y popular. Su ‘ocurrencia’, de acusar a los servicios de matar adrede al asesor del Diputado Olivares cerca del Congreso, para ‘tapar’ el lanzamiento de Cristina mueve a risa sino fuera que lo que dice es trágico. Lanzados, gobierno y Cristina a ver quién tiene la iniciativa política cuando queda menos de un mes y medio para que se definan las candidaturas, los últimos días fueron una sucesión de fotos e imágenes con ese sentido. La propuesta formal del gobierno de consensuar 10 cuestiones básicas para llevarle ‘tranquilidad’ a los mercados en un año electoral, tiene destino dudoso. No sólo por el momento elegido para la convocatoria sino por su amplitud y vaguedad. Hace pocas horas, Felipe González, uno de los fundadores de la España moderna, recordó irónicamente la cantidad de veces que los políticos argentinos le han preguntado por el Pacto de la Moncloa. Interés ha habido pero lejos ha estado la real voluntad de ponerlo en marcha. Priman las miserias chiquitas, esas a las que son tan afectos los políticos nuestros. Incapaces de renunciar a nada, de aceptar sus errores o simplemente de contribuir a algo que los supere, hacen del ‘tacticismo’ un hábito de vida sólo destinado a beneficiar su situación. Cristina ayer, habló de ‘algo nuevo’. ¿Hay margen para que sea sin ella? Lo hay, pero nadie sabe qué quiso decir y hasta dónde está dispuesta a llegar para poner eso ‘nuevo’ en marcha. Hábil para desorientar, hizo un discurso lo suficientemente ambiguo para los dos lados. Los fanáticos no la conciben como otra cosa que no sea ser candidata y los críticos no le creen. Si la incertidumbre electoral no se disipa (y así será) ¿por qué no elegir la comodidad de la zona de confort, esa que le da el 30% de un electorado que la apoyará haga lo que haga? Sentarse arriba de eso, negociar una sucesión y quedar a salvo de cualquier contingencia judicial. Con el peronismo eso es posible. Si sucedió con Macri que era opositor, ¿por qué no hacerlo con los de su propio partido? Esta Cristina tranquila, se permitió elogiar (elogiar, sí) a Donald Trump remarcando el pleno empleo en Estados Unidos y hablar de un nuevo pacto social, siempre en un mismo tono, lejos de las admoniciones autoritarias que solía recorrer. El marco de la Feria del Libro evitó los históricos carteles de los muchachos que le hacen el aguante, y sirvió para ver el desfile de los incondicionales eternos, los mismos que copaban las primeras filas en los actos en la Casa Rosada. Esta Cristina viva es el peor mensaje para Massa, Lavagna y Urtubey. En rigor, ninguno de ellos ha podido acumular aún la potencia necesaria para enfrentarse a ella y tener chances de derrotarla en un mano a mano. En una PASO general todo puede pasar, pero cara a cara, luce casi imposible que puedan ganarle. El peronismo está siendo víctima de la estrategia dilatoria que aplicaron desde el 2015. Todos, a su turno, han contribuído para que Cristina siguiera ‘viva’. No sólo arropándola en el Senado, también negándose sistemáticamente a enfrentarla. Ni Massa, ni Urtubey, ni Lavagna, que son los que más lejos han estado de ella, fueron claros nunca, marcando el nuevo camino. Todos especularon con el trabajo lo hiciera otro y evitar las consecuencias, porque todos piensan que esos votos, los de Cristina, les servirían para sus propias aspiraciones. Al final, ‘ella’, se los terminó fumando en pipa. Todos al pie, diría la calle y hay mucho de eso hoy en la interna peronista. Al final del camino, la bipolaridad digitada entre Macri y Cristina acabó siendo funcional para ambos y disfuncional para el resto. Los dos, que se necesitan mutuamente para resignificarse ante propios y extraños, le ganaron a todos. Con los demás afuera, entran a tallar otras cuestiones que son las que definirán la elección. Macri deberá mostrar ‘algo’ que le sume en economía y Cristina tendrá que hacerle creer a los que no le creen que es ‘otra’, que cambió para bien, que aprendió de sus errores. Pero los dos son ejercicios individuales, con espejos propios. Con la sociedad como espectadora. Lo cierto es que, cuatro años después, como en el juego de la oca, hemos vuelto al punto de partida. Todos estamos un poco más viejos, más pobres y más intolerantes. Con la sensación que otra oportunidad se perdió. Y que la deuda con la historia sigue creciendo. Mal que nos pese.

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