Malvinas y una amistad más allá de la guerra
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Pedro Vergara y Oscar Pérez son veteranos de Malvinas; combatieron juntos, aunque en distintos sectores, en Sapper Hill, un monte ubicado en la Isla Soledad. En la previa al Día del Amigo, contaron cómo se conocieron y cómo el lazo de hermandad que estrecharon los ayudó a seguir adelante luego de que terminara el conflicto bélico.
Oscar Pérez es el primero en llegar a la entrevista. Trae bajo el brazo un sobre de papel madera. Con una sonrisa bien amplia, entra y saluda a todos los que se encuentran en ese momento en la recepción del diario. Por último, me saluda a mí, que estoy al pie de la escalera que en instantes nos va a conducir al espacio destinado para que charlemos.
A través de los amplios ventanales, vemos a Pedro Vergara bajar de su auto con un paquete de yerba y unas facturas. Como si fuera un gesto típico de su amigo, Oscar dice para sí mismo “Este Pedrito siempre atento…”, y asiente con la cabeza.
Los tres nos instalamos en una sala, ambientada para la entrevista. Pedro se hace cargo del mate y pongo a grabar la conversación con el celular. La primera pregunta que hago es “¿Cómo se conocieron?”. Pedro toma la delantera y me dice que lo interrumpa si habla demasiado.
“Nos conocimos en el servicio militar obligatorio. Por cosas de la vida, nos tocó a los dos hacerlo en Tierra del Fuego, en el Batallón de Infantería de Marina N° 5, conocido entre nosotros como el BIM5. Oscar fue unos meses antes que yo, porque tardó en llegarme la cédula para ir con ellos. No lo vi en el Batallón, porque éramos casi mil personas, era como una pequeña ciudad, y además, pertenecíamos a diferentes compañías. Las actividades eran distintas y nunca nos cruzamos. Pero ocurrió algo: una semana antes del 2 de abril, mi batallón tuvo un ‘zafarrancho’, una especie de simulacro para prepararse para la guerra, y nos sacaron de ahí. El día que volvimos y nos comunicaron lo del conflicto, Oscar ya estaba vestido de civil para venirse de baja. Nos enteramos que a la primera tanda de la Compañía Mar les habían dado la baja, y se habían ido en el primer vuelo disponible, y quedaron lugares vacantes que había que cubrir. Cuando ordenaron que la Batería Delta fuera a ocupar esos lugares vacíos de la Armada, fue cuando conocí a Oscar, y marchamos juntos a Malvinas. El 3 de abril empezamos a equiparnos, y me tocó preparar todo el equipamiento para ese grupo. De él me acordaba, porque recuerdo como si fuese hoy la cara que tenía cuando le di el arma”.
Oscar admite que no se acuerda de Pedro, pero confirma la expresión que tenía en su rostro, y qué bien recuerda su amigo: “Éramos once a los que todavía no nos habían firmado la libreta para la baja, por eso, en ese momento, mi cara era la de una tristeza absoluta. No por ir a Malvinas, sino porque había terminado el servicio y quería volverme a mi casa. No tenía la consciencia de la guerra. En ese momento fue recontra difícil para mí. Mi vocación no era militar, había cumplido la ley y quería volver con mi familia. Entramos a la colimba con 18 años y egresamos con 20. Ahí nos conocimos con Pedro y no nos vimos más. Hasta que volvimos a Gualeguaychú”.
Ambos estaban en la misma compañía, pero en diferentes secciones. A Oscar le tocó en la tercera sección, y a Pedro en una que formaba un cordón alrededor del búnker de los jefes. Su ubicación era el Cerro Zapador, mejor conocido como Sapper Hill, por su nombre en inglés. Un punto a 138 metros sobre el nivel del mar ubicado en la isla Soledad, justo al sur de Puerto Argentino.
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“Al principio vivimos en carpa, pero después del 1 de mayo, cayó una bomba sobre mi tienda, y tuvimos que hacer cuevas tipo refugios. Las bombas venían de los buques, y cuando cayó yo estaba a cinco metros del lugar del impacto, en el ‘pozo de zorro’”, rememora Pedro.
Oscar también recuerda bien ese día, porque dice que es él quien vió el primer cañonazo del buque inglés.
“En ese momento estaba de guardia, y vi que una bola de fuego volaba desde el mar. Del susto que me pegué, me tiré de cabeza en la trinchera, caí arriba de mis compañeros que estaban descansando y no entendían nada. Teníamos una posición en la que entrábamos siete, y otra individual por si el enemigo desembarcaba. Cuando empezaron a bombardear, nos dijeron que fuéramos a nuestras posiciones individuales. En mi caso, había hecho una muy chiquita, porque había encontrado el obstáculo de una piedra. Ese día, como no entraba, en vez de volver corriendo a la ubicación grupal, metí la mano, escarbé, saqué la piedra y me metí. Al otro día no me explicaba cómo había sacado semejante piedra. Fue la adrenalina y el instinto de supervivencia. Éramos gurises, era casi imposible salir vivos de la guerra, y nosotros seguíamos como si nada. Por eso me vi tan representado con lo que dijo Scaloni en la conferencia de prensa tras el triunfo de Argentina frente a Inglaterra. Éramos ‘indios’, en el buen sentido de la palabra, como los jugadores; íbamos perdiendo, pero nosotros continuábamos como si no lo supiéramos”.
Un amigo para toda la vida
Cuando terminó el conflicto bélico y fueron liberados por los ingleses, Oscar y Pedro volvieron a Entre Ríos. El primero a Gualeguaychú, y el segundo a Rosario del Tala. Faltaban un par de años para que el destino los volviera a juntar.
La vuelta de la guerra no fue fácil para ninguno de los dos, sobre todo cargar en soledad las heridas internas de Malvinas y conseguir trabajo. Oscar se empleó en el Correo Argentino como cartero y Pedro en un mayorista, aunque no por mucho tiempo, ya que decidió ingresar a la Escuela de Oficiales de Policía, de la que egresó como oficial ayudante en 1985, con destino en Gualeguaychú. Esto era lo último que faltaba para que se reencontraran.
En su recorrido habitual como cartero de la ciudad, Oscar entregaba la correspondencia a una señora que se había interesado mucho en su experiencia en Malvinas. “Resulta que esta mujer era la abuela de Pedro, había averiguado en qué lugar de Malvinas había estado yo, para informarle todo a su nieto”, expresa Pérez.
Pedro confirma que su abuela le comentó sobre este cartero que había formado parte del BIM 5 y que estaba abierto a reunirse con él.
Aunque ninguno de los dos se acuerda bien de ese primer encuentro, Oscar dice que lo emocionó el hecho de que Pedro se acordara de la expresión de su cara. Desde ese momento, la amistad fue creciendo, y confirman que se volvieron “como hermanos”.
“El saber que habíamos estado ahí los dos fue como una comunión. No sabíamos quiénes éramos, pero habíamos vivido esa situación los dos”, resalta Pérez.
Desde entonces, ambos han sido testigos del transcurrir de la vida del otro: cómo formó cada uno su familia, cómo vieron crecer a sus hijas, y los infinitos asados y viajes compartidos.
La amistad como espacio de salud mental
Tres años después de la guerra, los veteranos de Entre Ríos comenzaron a reunirse para hablar sobre lo que había pasado. El primer encuentro del Centro de Ex Conscriptos Combatientes de Islas Malvinas de Entre Ríos (Cecimer) se celebró en Gualeguaychú.
“Ningún veterano salió ileso de la guerra, las heridas psicológicas las tenemos todos, algunos más, otros menos. El (estrés) postraumático mal curado es lo peor. Estuvimos 10 años sin ningún tipo de atención, sin ningún tipo de obra social, tirados a la deriva, arreglándonos cómo podíamos. Eso nos llevó a los soldados a juntarnos para hablar entre nosotros, porque la verdad es que nadie nos ayudaba. Nos costó mucho conseguir trabajo, y eso nos llevó a enfermarnos un poco más. Vivimos situaciones violentas muchos días, y en muchos momentos. No tuvimos contención. No atendernos enseguida fue un error garrafal del gobierno de turno y de los que le siguieron. Por eso todos los veteranos de guerra estamos afectados psicológicamente; los que te dicen que no, son los más afectados, porque no se puede tapar el sol con la mano. Recuerdo que en la primera reunión, que se hizo acá en Gualeguaychú, empezamos a hablar, y a todos nos pasaba lo mismo. Entonces dijimos ‘Vamos a salir a las escuelas a dar charlas’, aunque no sabíamos ni que contar. En la primera charla éramos más veteranos que gente, no sabíamos ni qué decir. Ahí empezó a caminar nuestro Centro de Veteranos, y ahora camina sólo. Esas fueron las cosas que vivimos con Pedro y junto a otros soldados. Pedir permiso en los trabajos para ir a dar charlas también era difícil, todo se nos hacía contramano. Los primeros 2 de Abril no eran feriados, y los actos se hacían frente a Obras Sanitarias. En una de esas fechas, como siempre hacía el recorrido con la cartera del Correo y me paraba en el acto, tuve la mala o buena suerte de salir en la foto del diario. Mi jefe la vio, me llamó y me felicitó”, cuenta Oscar Pérez.
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Pedro suma: “Recién a los 24 años de Malvinas fue cuando la Armada Argentina, que sería la Fuerza a la que pertenecemos, nos llamó para hacernos un estudio psicológico. Y porque lo pedimos. Todos teníamos problemas. Se pidió una junta médica regional en Santa Fé. En ese momento yo estaba en Paraná, así que esperé a Oscar en la terminal y fuimos juntos”.
Mucho tiempo antes, los amigos hicieron dedo para acudir a las reuniones de Cecimer en diferentes partes de la provincia. No lo recuerdan con amargura, sino con una sonrisa, e incluso se ríen rememorando alguna anécdota, como aquella cuando los subió un camión viejo de YPF. No obstante, son muy críticos con lo que pasó, y enfatizan que, con mayor contención, muchos de los veteranos no habrían tomado el camino de la autodeterminación.
Dos décadas después de ese primer contacto en Tierra del Fuego (en el que Pedro le entregó el arma a Oscar, aunque este no lo recuerde), se llevó adelante un encuentro de veteranos de todo el país. Como era de esperar, ambos se sentaron el uno junto al otro en los asientos del avión. Delante de ellos viajaba Ricardo Bochini, exfutbolista de Independiente y campeón del Mundial de 1986, y toda su familia.
Treinta años pasaron desde que Argentina les ganó a los ingleses y ninguno de los dos lo deja pasar en la conversación. Oscar relata que, en ese momento, vio el partido en la casa de su hermana porque no tenía televisión: “El gol de Maradona lo grité arrodillado y llorando”.
A pocos días de que se haya repetido la historia, los amigos valoran el gesto de los jugadores de la Selección, que exhibieron una bandera con la leyenda: “Las Malvinas son argentinas”.
“Era un partido de fútbol, pero sea como sea, tenían que ganar. Tengo una sobrina de 4 años que dice ‘que los ingleses nos devuelvan las Malvinas’. Estuvimos mucho tiempo sin poder hablar, no me voy a olvidar nunca que, a nosotros, antes de salir de baja, nos hicieron firmar un papel que decía que no podíamos contar nada. Y uno por miedo no hablaba, y eso te va quedando adentro. Pero una vez que empezamos a hablar y a contar nuestra experiencia, a contar la verdad, hemos ayudado a que se tome mucha conciencia de qué es Malvinas, de qué representa para nosotros y para todos los argentinos”, resalta Vergara.
“Nosotros no reivindicamos la guerra, fue un hecho que nos pasó; no sirvió, nadie sale ganando, hay muertos de los dos lados y mucho sufrimiento de ambos pueblos. Pero sí reivindicamos que las Malvinas son incuestionablemente argentinas. Ellos lo único que están sosteniendo hoy es que tienen una población, pero ni siquiera es genuina, es implantada, así que los ingleses no tienen razón de ningún tipo. Eso se está haciendo carne en el pueblo y eso nos da mucha satisfacción y es muy importante. El otro día se vio en los gurises de la Selección. Seguro escucharon a algún veterano de guerra en sus escuelas, cuando eran más chicos, que les contó qué pasó, y se les hizo carne. Paredes, cuando una periodista le preguntó por la bandera, le respondió que las Malvinas son argentinas, y van a seguir siéndolo siempre”, rescata Pérez del reciente triunfo.
Por último, les pregunto si se imaginan la vida sin el otro, e inmediatamente responden que no. “Hablamos el mismo idioma. Si Pedro habla de Malvinas, yo sé de qué está hablando, y lo mismo cuando hablo yo. Más allá de que él no haya estado en mi lugar, ni yo en el de él. Nunca me voy a pelear con él, aunque tengamos diferencias y no estemos de acuerdo”.
Oscar y Pedro abandonan el edificio juntos y se quedan charlando cerca de sus autos, como hace la mayoría con sus amigos cuando se está despidiendo, pero quedaron cosas por hablar. Ambos, son el ejemplo de una amistad resiliente, que respeta la historia personal del otro, que han sido testigos de su transcurrir en la vida y de cómo juntos lograron sobreponerse y persistir más allá de la guerra.

