Mandela tiene algo para decirnos
Nelson Mandela festejó hace poco su 91° cumpleaños. Símbolo de reconciliación de Sudáfrica, un país marcado por años de segregación racial, su testimonio echa luz sobre nuestra macabra década de los '70. Líder de la lucha de los negros contra el apartheid, el perverso régimen racista de los blancos sudafricanos, Mandela perteneció a un movimiento de liberación, el Congreso Nacional Africano, que a mediados del siglo XX abrazó la lucha armada.Fue la época en que el Tercer Mundo - Latinoamérica, África, Asia y otras regiones- vivió en la efervescencia revolucionaria. Ideales de emancipación, así, se apoderaron de la imaginación de toda una generación.En el caso de Sudáfrica, la lucha se planteó contra la supremacía blanca. "Aspiro a un ideal de una sociedad democrática y libre en que todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Se trata de un ideal que espero ver realizado. Pero si tuviera que ser de otra manera, es un ideal por el cual estoy preparado para morir".Esas fueron las palabras que Mandela pronunció frente al tribunal que lo condenó a prisión perpetua en 1964 junto a varios compañeros. Allí explicó, además, por qué su movimiento adoptó la lucha armada como último recurso y sus miembros fueron entrenados militarmente en países comunistas.Mandela permaneció 27 años de su vida encarcelado. Un tiempo más que suficiente para exacerbar el odio personal al sistema que lo había condenado, para intoxicar con resentimiento cualquier espíritu.Sin embargo, liberado en 1990, el líder no había abrigado rencor alguno en su corazón. Sin renunciar a su compromiso por una Sudáfrica democrática y multirracial, su voluntad de reconciliarse con aquellos que más le persiguieron, ayudó a que su país no sucumbiera en la guerra interracial.La grandeza moral de Mandela reside en esta capacidad por superar el encono personal y en su intento por salirle al cruce al revanchismo de facciones, que hubieran producido un baño de sangre en su amada Sudáfrica."Sabía que el opresor debe ser liberado al igual que el oprimido. Un hombre que despoja a otro de su libertad es un prisionero del odio y está atrapado detrás de los barrotes de sus prejuicios, ambos han sido privados de su humanidad. Cuando salí de prisión sabía que esa era misión: liberar tanto a los oprimidos como a los opresores".Eso cuenta en su autobiografía "El largo camino hacia la libertad". Y con esta plataforma moral, siendo electo presidente de Sudáfrica en 1994, puso en marcha el programa Verdad y Reconciliación, con el objeto de sanar a una nación dividida.Por este programa las personas involucradas en torturas y crímenes debían arrepentirse públicamente y pedir perdón - los dos bandos en pugna (blancos y negros)-, so pena de ser procesadas penalmente.Sudáfrica así entró en un proceso de pacificación, que ha logrado básicamente desactivar la violencia política y racial, más allá de las dificultades lógicas de todo proceso de revisión del pasado.¿Qué nos dice Mandela a nosotros los argentinos, todavía divididos por la violencia de los '70?. Deberíamos preguntarnos, más allá de los juicios a los militares, si todos los protagonistas de la lucha armada han pedido perdón.¿Lo han hecho, por ejemplo, los integrantes de las organizaciones armadas que sobrevivieron a la muerte? Lamentablemente, hay sectores que hoy siguen reivindicando la violencia revolucionaria, como si matar al prójimo fuese un ideal.No ven que en la década de los '70 se hizo un culto al odio, la guerra y la violencia. No ven que sobre estos valores no es posible ninguna convivencia humana.Algo que sí entendió Mandela.
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