Massa, el peronista que puede ser presidente sin el peronismo
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El peronismo se asoma de nuevo a un proceso renovador que ignora aún si tendrá el mismo destino que el de los '80. Jorge Barroetaveña No está Herminio pero están los D'Elía, los Esteche y los Boudou. Del otro lado no hay un gobierno radical como el de Alfonsín. Hay un experimento llamado Cambiemos que llegó al poder cuando nadie lo esperaba. Están por hacer juego y nadie sabe quién tiene las mejores cartas.Sergio Massa es la mejor figura que el peronismo tiene hoy, pero su liderazgo aún genera cuestionamientos y dudas. El ex intendente de Tigre fue quien impidió el sueño de Cristina eterna cuando en el 2013 se animó a pegar el portazo y a enfrentar al aparato estatal en la estratégica Provincia de Buenos Aires. Aquella victoria de Massa, fue la trinchera de la que se valió la oposición para empezar a construir la derrota kirchnerista del año pasado. Sin Massa claro, que cometió errores tontos en su proyección, aunque su capacidad de adaptación lo pusieron otra vez rápidamente en escena.Logró, cuando la polarización era el objetivo evidente de Scioli y Macri, atajar ese vendaval y conservar un alto porcentaje de voto, a la postre decisivo para inclinar la balanza en el final de la carrera presidencial. Con los números puestos es evidente, que la mayoría del voto massista el año pasado fue a parar a las arcas de Cambiemos. No es que no eran peronistas, su anticristinismo puro pudo más que cualquier otra cosa. Massa logró, ante buena parte de la sociedad, dejar atrás su pasado en el gobierno, representado por el Anses y la Jefatura de Gabinete e instalarse como un líder renovador, identificado con el peronismo, pero capaz de mantener una postura prudente y responsable ante el nuevo gobierno.Desde el laboratorio de la política la postura de Massa ha sido, en todos estos meses impecable. Ha hecho equilibrio entre el oficialismo y la oposición, pegando y acordando según las circunstancias y permitiendo que el Congreso se convirtiera en caja de resonancia del nuevo escenario, algo que la democracia había perdido hace muchos años. Aportó a la estabilidad en la provincia, acordando con María Eugenia Vidal el control del Parlamento, a cambio de leyes vitales para los primeros meses de gestión de Cambiemos. En definitiva, aportó al sistema para alejarlo de cualquier posiblidad de crisis polítia, el mismo fantasma que suele rodear a todo gobierno que no lleva el sello peronista en el orillo.Pero lentamente, la estrategia de Massa, se va enfrentando a su propia encrucijada. ¿Qué hacer con el peronismo? El PJ tiene lo que a él le falta: territorialidad. Massa tiene lo que le falta al PJ, liderazgo. Y ambos tienen lo que debe sobrar en política: deseos de llegar al poder. En un caso recuperarlo y en otro, detentarlo por primera vez.En ese juego cruzado de necesidades y tenencias se debate la oposición a Mauricio Macri. Con algunas interferencias, que pueden desatar tormentas fuertes. La lucha de Cristina Kirchner hoy luce más encaminada a evitar que los procesos judiciales en su contra se agraven. Es complicado imaginar a una Cristina en campaña el año que viene, enfrentando al propio Massa en Buenos Aires y sirviéndole en bandeja la victoria a Cambiemos. Primero porque, y nadie se anima a decirlo, la ex presidente podría terminar privada de su libertad, en varias de las causas más pesadas que se llevan adelante en el fuero federal. Segundo porque nadie piensa que podría volver a tropezar con la misma piedra. En 2015, Cristina nunca apostó a la derrota de Scioli pero sí hizo, confiada, todo para condicionarlo. Manso y dócil, el ex candidato aceptó todo y terminó firmando su certificado de defunción. Es impensable que la ex presidenta vuelva a cometer el error de someter al peronismo a una división que lo conduzca a la derrota. Cuando uno escucha a sus voceros pareciera que ganas no le faltan. Contribuye también el terror pánico que le tienen la mayoría de los principales referentes hoy partidarios, muchos de los cuales fueron aplaudidores seriales en los años esplendorosos de su poder. Massa jamás la ha enfrentado en forma directa, Urtubey utiliza eufemismos y los gobernadores e intendentes llegan hasta la orilla. Pichetto, que viene enojado con Cristina desde hace tiempo, es el único que no se priva de torpedear a su antigua jefa, en público y en privado.A mitad de semana la excusa fue un homenaje a Antonio Cafiero, lìder de la renovación de los '80 que terminó con los restos del peronismo tradicional que los condujo a la derrota a manos de Alfonsín. El acto, organizado por un grupo de gobernadores e intendentes, dejó varios enojos, entre ellos el de Scioli y Espinosa que ni siquiera pudieron acceder al escenario. Sin embargo, es evidente que hoy, el peronismo carece de una figura similar a la de Cafiero. Massa es el más cercano pero está fuera de la estructura partidaria y con pocas ganas de volver. Aquí aparece el dilema que deberán definir los principales dirigentes en los próximos meses: ¿van o vienen?¿Es posible imaginar al Frente Renovador participando de una gran interna en el PJ? ¿Podría renunciar Massa a todo lo que ha conseguido sin el paraguas protector del viejo partido? ¿Podrán más sus deseos de llegar al poder y quedar como el mejor posicionado para repetir candidatura presidencial el año que viene? En definitiva: ¿puede un peronista llegar a ser presidente sin el peronismo?Es el interrogante que azota las mentes más afiebradas de la política vernácula. Por allí vaga el fantasma de la influencia de Cristina y su capacidad de daño a todo lo que no huela a cristinismo puro. Por allí se regodea también el macrismo apostando sin dobleces a la dispersión opositora y a la presencia eterna de Cristina en las pantallas y en los escenarios. Como para reeditar el Boca River del año pasado que terminó inclinando la balanza. Un viejo axioma, que a los más viejos les encanta, dice que cuando los peronistas se pelean, en realidad es porque se están reproduciendo. Lo cierto es que el partido que creó Perón intenta aún acomodarse a la ausencia de poder. Busca digerir una derrota extraña, de la que nadie se hizo cargo. Quizás, lo mejor, hubiera sido empezar por ahí.
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