Memoria e identidad
Los comunicólogos aseguran que el hombre, en su aventura por la tierra, desarrolló distintos modos de codificación. Así, la primera forma de transmitir experiencias fue la fase oral.
Es decir, al comienzo fue el lenguaje hablado y los códigos gestuales. De esta manera, la historia de los pueblos se transmitió de generación en generación de forma oral. Era una civilización del oído.
Pero era una forma que no dejaba huellas más allá del momento de la enunciación. Pronto el hombre vio que el paso del tiempo conspiraba contra la memoria. La distorsión y la pérdida de información eran los riesgos inevitables de la tradición oral.
¿Dónde se originaba esta insatisfacción? Es factible reconocer aquí un deseo humano de perdurar, una vocación por la trascendencia, una resistencia de la especie a no extinguirse bajo la lógica de Cronos.
Fue así que el hombre se vio obligado a conservar las cosas valiosas, y entonces se inició una nueva etapa de la codificación humana: la mnemónica (“mnemo” significa memoria).
La comunidad humana percibió que, a lo largo de las generaciones, los recuerdos se tergiversaban, los relatos se distorsionaban y algunas noticias se perdían. Había, por tanto, que conservar algunos objetos que ayudaran al hombre a recordar los hechos con mayor fidelidad.
Estos objetos han sido siempre un apoyo a la memoria en el momento de reproducir un relato oral. Los objetos materiales ayudaron también a jerarquizar las informaciones importantes de aquellas otras que no merecían destacarse.
En el plano individual, uno conserva cosas porque tienen un valor afectivo y recordatorio, porque representan emociones, situaciones y valoraciones personales.
Más allá del recordatorio individual, existen otros objetos con los que se construye una historia social. Son los objetos de los personajes públicos, o aquellos que han sido usados en alguna situación determinada, y son testigos epocales excepcionales.
Y por eso, justamente, se crearon los museos: para mantener viva la memoria de una colectividad particular. La comunidad es una proyección del individuo. En este sentido, los psicólogos reconocen que sin memoria no hay Yo.
Piénsese, por un momento, qué le ocurre al que cae en amnesia total. El problema es que deja de ser el que fue. Su identidad desaparece. No tiene biografía, no tiene historia, su personalidad se licua. En suma, no sabe quién es.
Lo mismo le pasa a las comunidades: pierden su identidad, su yo, si caen en la desmemoria. Los museos, en este sentido, al recordarnos la huella de los que nos precedieron, son los aliados en el deseo colectivo de mantener la esencia de una cultura, más allá del paso del tiempo.
Gualeguaychú, tan orgulloso de sí mismo, abreva en sus hermosos museos la sabia que mantiene viva la memoria. El Museo Agrícola Regional, por ejemplo, nos recuerda el destino original de un pueblo que vivió de las faenas tradicionales del campo.
Esta entidad y la Dirección de Cultura Municipal han emprendido una iniciativa loable con vistas al Bicentenario de la Revolución de Mayo: que cada museo de la ciudad muestre un período determinado de la historia local.
Este circuito ya se inició con la Casa de Aedo, que mostró los primeros 50 años de la ciudad. Ayer fue el turno del Museo Ferroviario. Por otro lado, el Instituto Magnasco expone juguetes y entretenimientos infantiles de otros tiempos.
Se trata de algunas opciones, a través de los museos y sus piezas, para conservar la memoria colectiva, para comulgar con nosotros mismos.
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