Mendigando ciudadanía
Los ciudadanos somos la base y fundamento del poder. Los dueños indiscutibles del poder. Sin embargo no logramos que esta sociedad gire en torno al supremo interés del pueblo.o Por Gustavo Carbone El pueblo, en la acepción más alejada de la que sutilmente y no tanto, utilizan la demagogia y el oportunismo, cuando se libera de la expresión facilista y demagógica utilizada por ciertos dirigentes, obliga a recorrer nuevos caminos, más serios.El razonamiento que se utiliza es de simple de conclusión después de hacerse para sí, tres o cuatro sencillas preguntas. Qué debe prevalecer?. El interés y los beneficios personales?. El de un partido político?. O el de la gente?.La mayoría de esa gente común, todos los días debemos mendigar que se nos tenga en cuenta. Hasta suplicando por ejemplo, como ocurrió el jueves pasado en el Congreso, para que los mismos diputados que estuvieron en el recinto un día antes dando quórum, discutiendo y votando, la idea presidencial de adelantar las elecciones, se negaron a dar quórum en el recinto veinticuatro horas después, para discutir sobre la interminable problemática coyuntura del campo argentino.Es evidente que hay “representantes” que “no” nos representan como correspondería, a la hora de importantes definiciones. Triunfan sobre ellos las alquim,ias de la politiquería. Obtienen resultados buenos para sus fines con los aprietes o las trampas del toma y daca, tan característico de la política argentina.Así como el éxito, provisorio, circunstancial, no significa felicidad en lo personal, mucho menos significa que una mayoría circunstancial que se impone a la fuerza, sin admisión o búsqueda de consensos con lo diferente, logre resultados sólidos y positivos para el interés general.La toma de distancia en los problemas reales, ésos que nos golpean en la cara cotidianamente, está arraigada en muchos de los que gozan la cómoda poltrona del poder.Esa comodidad se aprecia mucho en ciertos actores de la política actual que a medida que se ven envueltos por los vahos seductores del poder y el mando, mayor distancia toman de ellos (los problemas), por conveniencia personal o partidista lógicamente.No solamente se transforma en una conducta despreciable y reprochable en sí misma esa comodidad, sino que es altamente dañina para los intereses de toda la nación la alta dosis de falta de contracción al trabajo, y la no asunción de las responsabilidades que ciertamente les conciernen. REPARTIR SIEMPRESorpresiva convocatoria, rezaban los títulos periodísticos del jueves por la tarde. Eran en alusión a la cita en Olivos, para escuchar “importantes anuncios presidenciales”. Los analistas versados, han de ocuparse en los diarios de hoy del tema y los acontecimientos que sobrevivieron. Lo harán con la jerarquía que tienen para profundizar en estos temas de tan alto voltaje político.Nosotros, sólo queremos reflejar la reacción que nos produce a una inmensa mayoría de ciudadanos, encontrarnos expuestos a estos anuncios rimbombantes, improvisados, oportunistas, poco serios.El marco de componentes abonados a un aplausómetro coyuntural y casi genuflexo, provoca en la gente común una clara desazón. Un rechazo elocuente.Cunde la confusión entre lo que es, y lo que debiera ser. Nos mareamos ante el bombardeo circunstancial de anuncios, como ya dijimos, grandilocuentes pero sin sentido, sin estudio serio y por ende improvisados.No puede ni debe ser una atribución graciosa, auto adjudicada, el decidir desde lo alto del poder determinar qué es lo supuestamente más conveniente, según su exclusivo criterio. Se trata de decisiones graves, como para que una persona o un matrimonio, por presidentes de la Nación o de un partido político importante del país que se traten, terminen diciendo poco menos que “el estado soy yo”. O somos nosotros. Como se quiera.La distribución de la renta nacional en cualquiera de sus formas, nos corresponde por derecho a provincias y municipios, en primer lugar. Por derecho. No por obra, gracia o antojo de circunstanciales mandatarios.Siempre se debe repartir y distribuir con equidad y justicia. De hecho se lo debe realizar a ese reparto, con la aquiescencia y acuerdo de todos. En un verdadero marco de paz generalizado. CASTIGOS Y PREMIOSA propósito hemos invertido este señalamiento de marcar “premios y castigos” que se utiliza habitualmente. Ese es el natural orden de importancia de la frase.Pero lo alteramos a propósito. Es que en la Argentina de hoy, una vez más, primero parece que hay que castigar a quien trabaja. A quien produce, A quien respeta las normas de convivencia social. A quien no mata. A quien no roba. A quien se somete a la justicia. A quien cumple con el pago de sus impuestos. Todos estos actores sociales hoy, son los fieles destinatarios de cuanta agresión, incomodidad, persecución o consecuencias de la impunidad, somos sometidos a diario. Somos efectivamente “los castigados” de hoy. Los premiados son los haraganes. Los vagos. Los usureros. Los que se burlan de las normas más elementales de la convivencia social. Los que matan. Los que roban. Los prófugos de la justicia. Los que evaden sus obligaciones fiscales. Los impunes. Entre otros privilegiados más, son “los premiados” de hoy.Mientras tanto, la auténtica y verdadera mayoría de buenos ciudadanos, la castigada, debemos andar mendigando un poco de calidad ciudadana. De observancia republicana. El Respeto, la previsibilidad, el rigor del cumplimiento. Todo ésto tiene que nacer del ejemplo de los de arriba.La calidad y el cuidado de la educación, de la cultura, la seguridad, la justicia, llegó al final del camino en lo que corresponde a su maltrato. No se aguanta más.Son valores ciudadanos que marcan el rumbo de una cultura de trabajo y decencia que tiene que ser recuperada. Llevamos años mendigando por ellos. Los gobernantes tienen que recuperar la memoria de sus discursos en las campañas electorales.Los ciudadanos exigimos no más defraudaciones de todo tipo y naturaleza. Hay hartazgo por la mentira. Hay hartazgo por los delirios personales, de un cada vez más manifiesto espíritu intolerante y de confrontación.
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