Mensaje sin palabras
Por Gustavo J. Carbone
Las virtudes que antes aparecían escondidas, o muy discutidas, o negadas, en el ser que parte hacia la eternidad, explotan y salen a la superficie.
Raúl Alfonsín, su muerte, generó sorpresivamente una conmoción en la sociedad que tuvo elocuente y masiva manifestación, en la manera como fue acompañado a su última morada.
Por qué ha ocurrido ésto?. ¿Es que por haber llegado su muerte, Alfonsín se transformó de la noche a la mañana en un “santo”, en un individuo sin mácula, en un genio?.
No, no fue ni es, un santo ni un héroe, pero no queda habilitada la señora Hebe Bonafini para faltar el respeto a su memoria, con su autoritarismo fundamentalista que nos tiene hartos a la mayor parte de los argentinos.
Dijo esta conocida señora de lengua muy fácil, "Vimos a grandes hipócritas llorando y hablando de él –Alfonsín- como si fuera San Martín”.
Queda claro que para nosotros y la inmensa mayoría, el líder radical en su trayectoria política tuvo virtudes y aciertos, errores y equivocaciones, pero honestidad, austeridad y decencia, indiscutibles.
GESTIÓN DE GOBIERNO
No se puede discutir tampoco, el apego a las instituciones que caracterizó a Raúl Alfonsín.
Para perfeccionar el funcionamiento institucional del país, arrancó su gestión ofreciendo a Italo Luder, su adversario político derrotado en las elecciones del 83, la Presidencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
Una clara muestra de su coherencia de conducta. Su afán por consolidar la paz interior, tan necesaria para que en la diversidad de pensamientos se pudiese consolidar la Democracia y la República, fundamentalmente. Ese espíritu lo proyectó también en muchas otras acciones institucionales.
Lamentablemente, aquella convergencia que pudo haberse dado y que animaba el espíritu de Alfonsín no se concretó, por la incompresión de muchos. Y fue otra frustración de intento de unión de los argentinos, que no tuvo la suerte necesaria como tantas otras veces en nuestra historia.
Mientras tanto, catorce paros generales soportó aquel gobierno radical de Alfonsín. Fogoneados desde la oposición, fueron un azote para su gobierno.
Como contracara, desde el gobierno en escalones más bajos, contradiciendo a su propio jefe político, quienes se decían “alfonsinistas” más que radicales, hicieron gala de una soberbia insoportable al borde del autoritarismo en muchos casos, con una ambición desmesurada de poder con que también lo que también hirieron severamente el éxito posible de la gestión.
Definitivamente, el saldo de la acción de aquel gobierno, fue netamente positivo en materia de apertura de la puerta ancha de la democracia, y la fortificación primaria de las instituciones republicanas.
Y fue negativa, esa gestión, en múltiples aspectos que todos conocemos y que muchos criticamos y mostramos, a través de nuestra disconformidad en aquellos tiempos. Y por las consecuencias de esos muchos desaciertos, en los tiempos que siguieron, también lo hacemos.
Pero Raúl Alfonsín, no obstante esta visión, deja un legado muy rico, que muchos quieren apropiarse por razones de circunstancias, sobre todo políticas electoralistas. Y de ello debemos cuidarnos también hoy.
MIRAR AL FUTURO
Por la muerte del viejo político, se produjo una movilización social de características notables. Inesperada y sorpresivamente quienes fuimos críticos consecuentes de Alfonsín en el plano ideológico, de muchas de sus concepciones, revalorizamos tantas cuestiones positivas trascendentes, de su persona, de su paso por la vida, que el efecto multiplicador fue enorme.
Las pasiones que tantas veces nos enceguecen, se aplacan con la muerte, y dejan de ser estériles.
Una lectora de diario elDía, que por razones profesionales y personales tuvo ocasión de conocer y tratar a Raúl Alfonsín, a raíz de la tapa en la que anunciamos la muerte del caudillo nos expresó textualmente una síntesis, de todo ese sentimiento que movilizó a radicales y no radicales.
Dijo en la nota que nos enviara: “muchas gracias por la emocionante tapa del diario de hoy. He llorado la muerte de ese entrañable viejo cascarrabias por lo que representó, por su honestidad no sólo material, sino intelectual, por su decencia, porque aún con las enormes diferencias conceptuales e ideológicas que me separaban de su pensamiento, siempre valoré su lucha auténtica por lo que él consideraba era lo mejor para el país. Me duele mucho no poder mostrar a mis hijos ejemplos de políticos bien intencionados -no abundan-, cuyo debate esté centrado en las ideas y su preocupación genuina -aún en los circunstancias en que las decisiones o ideas no fueran las adecuadas- por el bienestar de los ciudadanos y el país, y no en ver cómo hacen para resolver sus propias cuestiones y las de sus amigos. Por eso, entre otras cosas, creo que hoy siento tanta tristeza. Y por eso también es que me emocionó tanto la tapa de hoy”.
Y nosotros finalizamos, expresando que debemos tranquilizar nuestras palabras y profundizar mucho más las reflexiones. Sin nublar nuestros pensamientos y la conciencia, podremos extraer lo mejor y lo bueno de alguien tan activo.
Aquello que nos pueda quedar como su legado trascendente, para mirar el futuro con optimismo, sólo a través de sus “mensajes sin palabras”.
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