Mirar las cosas en clave generacional
Ni la política, ni la educación, ni la moral pública pueden escindirse del cambio generacional. Esta categoría de análisis se revela hoy especialmente fecunda para explicar lo que pasa.Carlos Marx sostenía que no se podía entender el capitalismo industrial sin hacer foco en la "clase social". Esta categoría equivalía, así, a la piedra filosofal de la historia.Dicho concepto, no obstante, respondía al paradigma de la modernidad, forjado en el siglo XIX, y según el cual el progreso de la humanidad estaba garantizado por la razón ilustrada.De lo que se trataba, de última, era de ser "moderno", un término cargado de connotación positiva. Tanto el liberalismo como el socialismo, en los últimos dos siglos, compitieron por expresar mejor este paradigma.Ahora bien, la modernidad, según dice la filósofa Esther Díaz, se preguntaba acerca de lo necesario (categórico). En este paradigma, la pregunta era: ¿qué debo hacer?Y la respuesta era: actuar según el deber, inspirado por un modelo ideal de sociedad. Los marxistas, por ejemplo, siguiendo su categoría de análisis, postulaban "proletarizar" el mundo.El "deber", por tanto, era hacer la revolución necesaria. Sin embargo, como dice Díaz, se ha verificado en las últimas décadas una crisis de la modernidad.En lugar de preguntarse por lo que hay que hacer, el hombre contemporáneo se pregunta acerca de lo conveniente (hipotético). Es decir: ¿qué me conviene hacer? Y esto con vistas a actuar según lo que se "desea" obtener.¿Por qué este cambio? Pues bien, no son pocos los analistas que lo atribuyen a la sensibilidad de la nueva generación, y sitúan este criterio en el centro del análisis histórico.La generación, según Ortega y Gasset, describe a un conjunto de personas que comparte un mismo espacio y tiempo histórico, tienen (casi) la misma edad, son coetáneos y mantienen algún contacto vital.Si la historia marcha, por tanto, es por la llegada de un nuevo tipo de hombre, con ideas y sentimientos distintos, que empieza a ocupar los espacios sociales, desplazando a la "vieja" camada.Si hoy existe una nueva ideología del mundo, del gusto y de la moralidad, que puede verse tanto en Argentina como en otros países, eso se debe al cambio generacional, se cree.Esta mutación repica en todos los ámbitos. Por ejemplo en la política. Al respecto cabría preguntarse: ¿en qué medida las últimas elecciones en Argentina no recogen este cambio?El ecuatoriano Jaime Durán Barba -consultor de políticos argentinos, incluidos los del oficialismo- considera que no se puede hacer política sin consultar este cambio de época, cuya base es generacional.Entre otros conceptos, Barba dice que la "sociedad machista antigua" empezó a morir en los '50, a favor de una sociedad que "se hizo femenina". El grupo social dinámico, el que impone un estilo y una moral, está integrado por "hijos de Internet, del rock y la contracultura, que viven una nueva individualidad".Se trata de una generación que ya no se pregunta sobre 'lo que hay que hacer' -según dictaba la modernidad- sino sobre 'lo que quiere hacer', más en línea con la gratificación narcisista.Barba aconseja a los políticos subirse a esta onda, si quieren sacar réditos electorales. La pregunta ética que cabría hacerse frente a esto es: ¿se trata de seguir a libro cerrado, en forma a-crítica, los postulados de época?¿Hay que aliarse siempre con la corriente que domina la historia, siendo complaciente con la sensibilidad generacional? ¿Siempre lo "nuevo" que se impone es necesariamente mejor?
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