Monarquías europeas que resisten el paso del tiempo
Para los que vivimos en esta parte del mundo nos resulta incomprensible que países consolidados de Europa tengan todavía reyes. La perplejidad sería menor, quizá, si en las escuelas explicaran mejor por qué Manuel Belgrano bregó por coronar entre nosotros un descendiente de los incas.Las noticias que vienen del Viejo Continente dan cuenta que la monarquía española atraviesa su peor momento. La imputación por lavado de dinero y fraude fiscal contra la infanta Cristina de Borbón, hija del rey Juan Carlos, es la gota que rebaso el vaso.Desde hace por lo menos dos años la imagen de la institución viene en picada, dañada por el contraste entre el modo de vida opulento del rey y la crisis económica que vive el país, con un tendal de desocupados.El escándalo de corrupción que afecta a un miembro de la familia real no ha hecho más que agravar la situación de la corona ibérica. Al punto que un sector de la opinión pública quiere discutir abiertamente el abandono de la monarquía.La polémica resulta extraña y puede parecer anacrónica para quienes vivimos en regímenes políticos republicanos (al menos eso postulan las constituciones sudamericanas), cuyas revoluciones independentistas se hicieron, en el siglo XIX, contra la "tiranía" de los monarcas.En este contexto cultural cuesta digerir la coexistencia de una institución política tan antigua con sociedades consolidadas social y económicamente, como en Reino Unido, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Suecia, Noruega, Luxemburgo, y la propia España.Ocurre que las monarquías europeas no son lo que eran en la Edad Media, donde el rey hacía y deshacía a su antojo, haciendo uso de un poder absoluto. El constitucionalismo, que nació justamente para limitar ese poder, modernizó a esa antiquísima institución.De suerte que hoy existen en Europa las monarquías parlamentarias, donde el papel del rey es básicamente simbólico, quedando el ejercicio efectivo del gobierno en elencos dirigenciales surgidos del voto popular.Pero el simbolismo que rodea a la corona no es decorativo, según aclaran los politólogos. La figura del rey es un principio de unidad política en sociedades que, como existen en Europa, por tradición colocan a la corona en un lugar superior en la configuración del Estado nacional, por encima de las luchas por el poder.Este marco simbólico de contención y representación que brindan los monarcas permitió a muchas naciones con profundas diferencias internas permanecer unidas y desarrollar un proyecto común en el tiempo.De hecho en España, tras la caída de la dictadura de Francisco Franco en 1975, quien gobernó durante casi 40 años, se cree que el rey Juan Carlos (hoy fuertemente cuestionado) fue imprescindible en la transición, como el garante de la continuidad del Estado, que amenazaba con disgregarse.Este mismo argumento a favor de la estabilidad política fue justamente el que esgrimió Manuel Belgrano, cuando en 1816, en los días previos al Congreso de Tucumán, que declaró luego la independencia, sugirió la conveniencia de instaurar aquí una monarquía constitucional conducida por un rey inca.Esta iniciativa, que en nuestros colegios se menciona como una suerte de "delirio", revelaba la preocupación del prócer por garantizar el orden y el funcionamiento del antiguo virreinato. Se anticipaba así Belgrano a evitar la anarquía que luego azotaría a estos pueblos que nacían a la experiencia del gobierno propio.
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