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Ni la Casa Rosada es Borgen, ni Argentina es Dinamarca

La escalera no tiene fin. Sube, sube y sube. Es una película que hemos visto muchas veces. Todos sabemos el final. Resta saber hasta dónde se prolongará la agonía y los términos de la rendición. Justo hoy 17 de Octubre, el día que nació el peronismo.

Jorge Barroetaveña

Los números de la situación de la Argentina asustan. La cifra, que pasó desapercibida el viernes por la fuga del dólar, la hizo pública el INDEC: en lo que va del año se destruyeron 3.700.000 puestos de trabajo. No es que se chispoteó un cero, nada que ver. Son millones de argentinos que se quedaron sin laburo y no hay mucho por analizar. Casi todos pertenecen a la actividad privada que ha asistido impávida a su virtual destrucción. Ni los esfuerzos del estado ni la flexibilización de la cuarentena alcanzaron para evitar la catástrofe. “El estado está asistiendo sino hubiera sido mucho peor”, atesora el discurso oficial. Suena a muerte lenta no? Es cierto porque el IFE (Ingreso Familiar de Emergencia) o los ATP amortiguaron el impacto. Pero la sensación es que han servido para demorar una catástrofe.

El gobierno de Alberto Fernández nació el 10 de diciembre del año pasado. No lleva ni siquiera un año y sin hacer mención a la chicana de Macri que dice que su gobierno se terminó el domingo de las PASO. La gestión Fernández-Fernández luce envejecida y agotada. Es probable que sea por el efecto Pandemia que ha teñido todo lo que tocó. Durante meses el gobierno estuvo suspendido y abocado sólo a lo sanitario. Cuando se dio cuenta que las expectativas habían cambiado, descorrió el telón y todo quedó expuesto. Una crisis pavorosa, en parte heredada, en parte pandemia y en parte propia por errores no forzados. Como algo natural y eso le pasa a todos los gobiernos, a medida que pasa el tiempo el efecto de echarle la culpa al anterior se vuelve cada vez más tenue. Claro que el desastre económico que dejó Macri sigue siendo rendidor y más si el ex Presidente chicanea diciendo que su gobierno ‘económico’ se terminó el día que perdió las PASO. Lo que hace es echarle la culpa a Alberto del último desbarranque. El detalle es que fue la sociedad la que votó un cambio, o una vuelta atrás, según cómo se lo interprete.

Pero del muerto ahora tiene que hacerse cargo este gobierno peronista, sin entrar en muchos detalles. Durante la semana, el Presidente resolvió tomar el toro por las astas y volvió al ruedo. Dio varias notas y se enfrascó en contestaciones a Macri, los medios y los agoreros de siempre. Esos que preanuncian todos los males.

Esta versión del primer mandatario está lejos, muy lejos, de la que dio en campaña. El ejercicio del poder lo ha ido llevando a parecerse a todos los que lo procedieron. Y no en lo bueno precisamente.

Es como si un hilo conductor invisible los guiara por esos caminos. Es cierto que ser presidente de un país como el nuestro no es tarea sencilla, ni recomendable diría. La ficción Borgen que tiene miles de seguidores en NETFLIX, describe desde adentro la política de estado, pero en DINAMARCA. Será por los contrastes con la Argentina que despierta tanta pasión?

Alberto tiene que lidiar con una pandemia que no se va y está en el peor momento. Con una economía devastada. Con un doble comando que lo irrita y obliga a hacer equilibrio hasta cuando duerme. Y con sus propios fantasmas que le susurran al oído que el Presidente de la Nación es él. Más no puede hacer nada. Como se dio cuenta decidió que no hará nada con eso y la piloteará como mejor pueda.

Su mirada ahora está en la economía. La pandemia tiene vida propia porque galopa en el interior del país haciendo estragos. Ahora que la situación en CABA y Buenos Aires se tranquilizó, explotó en muchas provincias que han tenido que restringir actividades.

Hay sanitaristas que advierten que es probable que Argentina no alcance un pico. Que la pandemia quede en una meseta alta, y se extienda en el tiempo. La peor noticia para un sistema de salud agotado y para una sociedad que ya no da más. Pero los medios ya no hablan tanto de esto.

Las pizarras con la cotización del dólar en llamas se repican en la mayoría de las pantallas. Los cruces dialécticos entre los dirigentes se multiplican y es un torneo para ver quién dice la barbaridad más grande. Párrafo aparte para Brieva que se llevó el premio mayor. Tener un micrófono a disposición implica una responsabilidad infinita en estos tiempos. No hay derecho a convertirse en un barrabrava con micrófono.

La sociedad está cansada de las agresiones, los gritos y las promesas incumplidas. Nadie necesita agregarle nada al drama que se vive.

El 2020 es un año jugado. Nos espera un tránsito lento a unas fiestas que serán tristes y estarán cargadas de restricciones. Con el peso de miles de muertos y sus deudos que se preguntan porqué pasa lo que pasa. Que la dirigencia esté a la altura de semejante tristeza y pueda pensar y actuar dejando atrás sus miserias. Tengamos fe. Lo único que nos queda.

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