Ni los precios, ni la publicidad
José María BlancoOpiniónCuando en nombre de la "competitividad" se concibe a una ciudad como si fuera una empresa y desde allí se pretende justificar o promover cualquier tipo de inversión, cual si fuera un logro que aporta a mejorar la calidad de vida de la gente, se está cayendo en la muy equivocada lógica de suponer que el mercado construye armónicamente el lugar en el que todos vivimos o habremos de vivir.Así surgen los conflictos, porque colisionan legítimos intereses de los diferentes actores (ciudadanos, visitantes, empresarios y estado) ya que las ciudades "vuelcan" concentrando casi toda su actividad (aunque sea estacional) en un único espacio territorial (donde todos quieren estar), dejando a una inmensa mayoría de habitantes y de geografía, sin posibilidades (por múltiples razones) de acceder al "circuito" y que obliga a pensar imperiosamente, en nuevas centralidades para un desarrollo más justo y equitativo para todos.En lo local y en estos días se escuchan voces que "responsabilizan" a los precios o a la publicidad sobre los avatares de una temporada que, como en cualquier lugar del mundo puede ser buena o mala, pero partiendo de la premisa en que nadie tiene el monopolio de la verdad ni la exclusividad de la mentira, quizás convenga detenerse en un pequeño análisis que contribuya a evitar tales reduccionismos.Lo que determina la percepción (caro o barato) de los precios, no es el valor monetario sino la relación entre calidad esperada versus recibida. En cuanto a la publicidad (que no es otra cosa que una estrategia orientada a estimular el deseo), puede invertirse mucho en ella y no generar ningún resultado (o viceversa), si antes no se define el posicionamiento que se pretende lograr y en qué segmento, para recién después decidir en qué medio, de qué forma y qué comunicar al pautar. La publicidad no vende, tan solo comunica y de allí la importancia que adquiere el contenido (simbólico y/o estético) del mensaje en la misma.Otro error es considerar (casi exclusivamente) al "cliente" en términos de satisfacer (o no) sus expectativas. Lo que define la vulnerabilidad competitiva de cualquier destino turístico es la "experiencia vivida" y de hecho, en la Argentina más del 60 % de los turistas que visitan por primera vez una ciudad, anteriormente estuvieron plenamente satisfechos con otra, lo que demuestra que el factor clave del éxito no pasa tanto por la satisfacción (o no) del visitante, ni tampoco por la autopista (que es una comodidad), por el precio (que es una limitante), o por la publicidad (que es un estímulo), sino por la capacidad de construir vínculos duraderos y significativos con cada uno de aquellos que nos visitan, para que puedan llevarse una experiencia única (imagen) que quieran repetir.Einstein decía que las crisis son una bendición, por cuanto obligan a agudizar la creatividad para superarlas. Entonces, quizás haya llegado el momento para hacer (con todos los sectores y actores) algo que siempre se dijo que existía (¿?): un Plan Estratégico para el Desarrollo de Gualeguaychú, que posibilite aprovechar la gran cantidad de ventajas comparativas de las que la ciudad dispone.El binomio competitividad-calidad de vida debe ser el foco del esfuerzo comunitario, orientado a la concreción de una Agenda Estratégica (2010-2016, aprovechando los dos "bicentenarios") que contenga los ejes de ambición para el futuro.Sea en lo económico, lo social, lo cultural, lo político y en lo territorial, la ciudad debe ser pensada; no desde el voluntarismo, sino desde la perspectiva del conocimiento en base a sólidos instrumentos de análisis y planificación de las variables.Hay que ponerse a trabajar fuerte en una seria articulación público-privada que contemple los intereses sectoriales, junto con las necesidades sociales.
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