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Ni Una Menos, un grito que no cesa
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Mas de una década ha pasado ya del primer Ni Una Menos, un grito colectivo que irrumpió en lo público para quedarse y caló profundamente en las relaciones interpersonales. El femicidio de Chiara Páez a manos de su pareja (ambos menores de edad) erosionó un acumulado de bronca y dolor ante la impunidad social de la naturalización de las violencias sostenida en el tiempo. Es que antes se hablaba poco de estos temas, o no se hablaba como se debía hablar, al punto de ver titulares como “la mató por amor” o “crimen pasional” haciendo referencia al asesinato de mujeres por el hecho de ser mujeres, lo que con el tiempo se tipificó como femicidio en el Código Penal.
Ni una Menos invadió calles y plazas colmándolas de miles y miles de mujeres de todas las edades. Se inauguró un nuevo paradigma social: ya no dejaríamos pasar en silencio las violencias y sentiríamos como propias cada una de ellas, es decir “si tocan a una, respondemos todas”.
La profundidad del cambio se dio justamente allí, en donde a las mujeres que hemos sido socializadas para competir, hoy nos abraza lo colectivo y nos atraviesa lo común. Aunque no conozca a esa joven que salió anoche de casa y no ha vuelto, siento propio el temor que no aparezca, siento propio el dolor de la pérdida y siento a la vez que somos muchas las que sentimos lo mismo. El lazo solidario que supimos construir tiene raíces en nuestra tierra, es suelo fértil la lucha por lo colectivo, la búsqueda incesante de los nietos y nietas de las abuelas, y no de uno/a, de todos y todas es un claro ejemplo de esto. Pero, las intenciones de romper con lo colectivo tampoco son cosa sólo de esta época. La última dictadura cívico-militar trajo consigo también esta misión: destrozar la idea de luchar por alguien más, esa idea de buscar el bien común más allá del propio. A veces parece que lo han logrado. Instauraron el terror como mecanismo de control buscando borrar toda huella que enseñe que luchar por los demás por encima de lo propio es, sin dudas, el acto más trascendente que puede dejar el ser humano.
Nosotras lo tenemos claro: empezamos a amasar de nuevo la idea de lo plural, donde el nombre de una no nos suena desconocido. Empezamos a nombrarlas, las hicimos canciones, las pintamos en murales, las llevamos en alto con carteles en cada marcha. También las contamos porque sabemos que sin las estadísticas cualquier desquiciado con aires de león nos niega en la cara que nos están matando. Entonces tenemos que contarnos, a ver cuántas nos faltan entre nosotras cada año para salir a gritar y marchar. Y estamos hartas y cansadas, porque trabajamos, estudiamos, limpiamos y cuidamos, amamantamos y parimos y manejamos y pintamos y actuamos y bailamos y escribimos y hacemos y hacemos, pero igual: Nos siguen matando.
Un femicidio cada 36 horas arroja las estadísticas mientras escribo. Mientras desarman el Estado que parecía había empezado a dar alguna respuesta al padecimiento de las violencias. Volvieron los mismos de siempre a intentar desarmar eso de lo solidario, esa cosa rara que si toma forma les resulta peligroso. No vaya a ser cosa que de repente luchen para que de una vez se distribuyan las riquezas y se aminore la desigualdad social de género, o lleguen a gobernar con estas ideas y pretendan reformas estructurales. Mas vale desarmar, negar que las matan por ser mujeres, desfinanciar todo aquello que dé respuesta, fomentar la violencia desde lo discursivo, volver a enfrentarlas utilizando otras mujeres que quieran mantener sus privilegios por encima incluso, de sus propios derechos.
Por eso el Ni Una Menos hoy resiste la embestida más grande desde su aparición: el desarme y el ajuste feroz precarizando nuestras vidas. La deuda como signo de época para cargarla en nuestras espaldas y que pese durante el día y nos quite el sueño de noche. Las violencias reproducidas en todos los ámbitos buscando complicidad en quiénes nunca aceptaron que se les acabó la comodidad del silencio. Resiste al grito del león enfurecido y la mano astuta de su domador. Resiste la heladera vacía y raspa la olla con fuerza, con la misma fuerza que se pega la costra con la leña ardiendo. Resiste el frio helado de la pobreza, ese que sólo algunos llegan a conocer de verdad. El Ni Una Menos resiste en el tiempo, aunque lo quieran borrar.
Seguimos floreciendo en la tierra fértil, en las miradas cómplices que se cruzan alguna noche que encuentra a dos mujeres solas caminando y necesitan mirarse y saberse cerca. Florece en nuestros hijos varones educados por nosotras, esos que desde niños practican la ternura y van teniendo conciencia de sus privilegios. Florece en la mochila que tiene un pin que dice “No es no”. En la niña que puede elegir qué ropa vestir o como sentarse. Florece en el sueño tranquilo de la que pudo salir de la violencia denunciando. Florece en las carteleras que ya no nombran solo varones para recordar una fecha patria. Florece en el silencio incómodo ante el chiste machista. En la foto de la abuela colgada en el living viendo la mujer en la que te convertiste, cortando los lazos violentos que marcaron su historia familiar. En la ronda que organiza la marcha, en la madre que decidió serlo. En la mujer que decidió no ser madre. En el tambor que suena y denuncia, en la canción que cantamos, en la foto que compartimos, en el pañuelo que atesoramos. Florece en la mirada de mi estudiante temeroso que, en voz baja, me cuenta que espera ansioso rectificar su DNI. Ni Una Menos florece en la historia que hoy contamos nosotras por las que no pudieron contar la suya.

