CINCO DÉCADAS BAILANDO
Nina Fuentes, medio siglo de enseñanza y amor por la danza
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La reconocida profesora de danza Nina Fuentes cumple hoy 50 años de trayectoria formando a bailarines. En este marco, el próximo martes será reconocida por la Cámara de Diputados de la Provincia por su trayectoria y aporte a la cultura.
El 8 de marzo de 1976 no fue un día más para Nina Fuentes, sino un punto de inflexión que marcaría su vida para siempre. Era lunes y tenía apenas 17 años cuando abrió por primera vez la puerta de un pequeño salón en calle Gualeguay, entre Urquiza y 25 de Mayo. “Ese día di mi primera clase”, recordó en conversación con Ahora ElDía.
El instituto funcionaba en un espacio mínimo, con una vidriera a la calle y una barra que su padre le había construido. Dos sillas con escritorio completaban el mobiliario.
A nivel nacional, el país atravesaba uno de los períodos más oscuros de su historia. De hecho, Nina quería irse a estudiar Educación Física, pero sus padres no la dejaron. “Era plena dictadura y querían cuidarme”, relató. En ese contexto, se preguntó qué hacer.
Desde los ocho años, había estudiado danza. En principio para que perdiera la timidez y corrigiera su postura, sin embargo, en la joven adultez se convertiría en algo más importante. Nina reconoció que nunca pensó en la danza como su sueño, y que la idea de enseñar la disciplina era sólo por el término de un año.
La respuesta fue inmediata. “Todo el barrio vino a tomar clases”, señaló. El primer año cerró con 48 alumnos; el segundo ya eran 100.
Estuvo poco más de un año en aquel primer salón, hasta que con la ayuda nuevamente de su su padre y, quien entonces era su marido, compró una casona en calle Urquiza y Lavalle, con piso de madera de pinotea. “Los alumnos salían con los pedazos del piso en sus calzados, porque era un piso viejo”, ilustró.
Más tarde llegaría el espacio actual, construido desde cero por su papá. “Él siempre me ayudó en lo que era la infraestructura”, afirmó. Sin embargo, la mudanza no fue sencilla en lo emocional. Su padre falleció cuando el nuevo salón ya estaba listo. “Cuando lo tuve, él no estaba. Me costó mucho psicológicamente”, confesó con la voz quebrada.
En esos primeros años, cuando aún era soltera, sus padres fueron su sostén absoluto. “Fueron el pilar número uno en mi carrera. Mi mamá me llevaba la merienda al instituto, si no, seguía de largo”, confesó. Más adelante, ya consolidada, se manejó económicamente sola, pero nunca olvidó ese acompañamiento inicial.
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En 1983 comenzó a viajar a Buenos Aires para perfeccionarse y durante 15 años asistió a seminarios de verano en el Teatro Colón, una experiencia que marcó su formación. “Fue donde más aprendí”, aseguró.
Ese aprendizaje no quedó solo para ella, aunque lo considera un gran logro personal, ya que le permitió trae a la ciudad a figuras de primer nivel en la danza como Maximiliano Guerra, Eleonora Casano y Rocky Pashkus, entre otros. Para Nina, fue una forma de devolverle a la comunidad todo lo que ella había recibido. “Fue muy gratificante e importante para Gualeguaychú y las ciudades de alrededor”, reconoció.
Además, en 1998 y 1999 representó a la Argentina en París como parte del equipo nacional de competición. “Eso fue lo más lejos que llegué”, afirmó. También fue jurado en Italia, España, Marruecos, Uruguay, Brasil y Paraguay.
A pesar de que se había planteado tener el instituto sólo por un año, se convirtió en una vida entera. “Empecé y me enamoré de lo que hago”, sostuvo. La danza fue su sostén en los momentos felices y también en los más duros. “He vivido, criado a mis hijos, les he podido dar estudios. Y cuando atravesé grandes tristezas, la danza fue mi refugio”, aseguró.
En cinco décadas vio cambiar generaciones. Observa que hoy muchos buscan resultados inmediatos. “Y lo que yo hago es imposible a corto plazo”, destacó. Su método requiere tiempo, constancia y disciplina. Tiene alumnos desde los tres hasta los 18 años que crecen a su lado. Más allá de los pasos y las coreografías, insistió en la formación integral: “Nos enseñaste la prolijidad, la presentación, el horario”, le repiten antiguos alumnos que hoy agradecen esas herramientas en su vida cotidiana.
Muchas de las docentes que actualmente dictan clases en Gualeguaychú se formaron en su instituto. Entre sus alumnas destaca a Elizabeth Antúnez, primera bailarina del Teatro Argentino de la Plata: “Es la que más lejos ha llegado”, resaltó con orgullo. Pero lo que más la emociona es otra cosa: “Aquellos que empezaron conmigo todavía están. Si hago un espectáculo o una clase, están al pie del cañón”.
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En los últimos años también aceptó nuevos desafíos. Acompañó a su hijo Rogelio en la puesta en escena de este año de la comparsa O ‘Bahía.
“Lo único que pedí fue trabajar con mis bailarinas, que fueron 14. Lo que más me ha sorprendido es que las fotos y videos de las chicas aparecian en todos lados, es decir que gustó. La interpretación fue la más complicada, porque eran las almas muertas de las esposas del sultán, por eso no podían sonreír”, describió sobre la experiencia carnavalera.
A pesar que disfrutó su participación como coreógrafa, aseguró que no volvería a hacerlo. “Es muy cansador por las horas previas. El desfile se pasa en un suspiro, me gustó, pero no lo repetiría, quería saber si podía y pude”, afirmó fiel a su espíritu de superación.
Los 50 años de trayectoria no la encuentran detenida, sino celebrando. Este domingo realizará una misa en la Capilla de Luján a las 19.30 horas en agradecimiento, y el 11 de julio organizará en Festroom una gran fiesta del reencuentro. Allí entregará reconocimientos y premios, habrá sorpresas y, por supuesto, baile. “Vamos a divertirnos y tratar de disfrutar. Hay gente que no he visto hace muchos años, y todos me contestan con mucha felicidad”, dijo. La celebración, sin embargo, tendrá un matiz de tristeza por la reciente partida de Teresita Pighetti, quien fue su alumna desde pequeña. “Fue muy dura la noticia de su fallecimiento”, manifestó.
Nina admitió que trabaja mucho en terapia porque “no sé qué es vivir sin trabajar. Más allá de ser mi vida, la danza es mi trabajo”, reflexionó. No imagina cerrar el instituto, no sólo porque su hijo desarrolla allí su labor teatral, sino porque sostiene que es un lugar histórico. “El tiempo dispondrá de mi vida”, apuntó.
Como reconocimiento a sus cinco décadas en la danza, sus hijos le regalaron recientemente un viaje a Turquía y Dubái, y Paulo, la pareja de su hijo, entradas para ver “El Lago de los Cisnes” en el Teatro Colón.

