Nisman se murió, lo mataron o se suicidó: metáfora de una Argentina vacía
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Es mucho, demasiado para una democracia que necesita certezas para volver a ser creíble. Y a la justicia le cabe un rol clave: nos debe dar certidumbre sobre lo que pasó con un fiscal de la Nación que apareció muerto, cuatro días después de denunciar a la Presidenta y a horas de comparecer ante el Congreso de la Nación. Jorge Barroetaveña ¿Serán dos, tres o cuatro años? ¿Habrá muerto el 17, el 18, el 19? ¿Se suicidó, o lo mataron o lo indujeron al suicidio? ¿Cómo nos enteramos dos años después que el cerrajero dice que no había llave puesta del otro lado y que le fue súper fácil abrir la puerta del departamento? ¿O que por la escena del crimen desfiló el mundo entero y que la Fiscal del caso llegó 3 horas después que la madre? ¿O que el Juez nunca apareció y fue Berni, el inefable Sergio, el que llevó las riendas de las primeras horas?El detalle pues es que han pasado dos años, más o menos porque ni siquiera eso se sabe, y los grillitos del silencio son la única respuesta.El ciudadano común pues, recibe el peor de los mensajes: el de la impunidad. Si a un fiscal le pasó lo que le pasó, o sospechamos que le pasó lo que le pasó, ¿qué le queda al tipo de a pie que circula todos los días por las calles de la Argentina para ganarse el pan?Si es posible manipular de semejante forma a la justicia, las fuerzas de seguridad y hasta el poder político, ¿queda alguna esperanza de saber algún día la verdad? Claro, un día nos despertamos y nos damos cuenta que nunca supimos tampoco quiénes fueron los responsables de volar la Embajada de Israel y la AMIA y cuál fue la conexión local, o cómo murió y porqué el hijo de un ex presidente o si el Ejecutivo Nacional coimeó o intentó coimear a senadores para aprobar una reforma laboral o quién carajo mató a María Marta García Belsunce. Y eso que ahí no había, aparentemente porque ni siquiera eso se puede asegurar, cuestiones políticas de por medio.Navegamos pues en un mar incierto y turbulento, en el que los casos se resuelven más en televisión que en tribunales. Donde los jueces se toman años para resolver, cajonean los expedientes o los bicicletean con poco pudor. Claro, tampoco hay sanción para eso, ni de sus propios pares que eligen vivir en la comodidad de un suculento sueldo y la falta de compromiso.Y así vamos esperando las certezas que nunca llegan. En diciembre de 2015 cambió el gobierno y muchos jueces y fiscales recuperaron súbitamente las ganas de investigar y husmear en los pliegos del poder. Pero hasta ahí nomás, no vaya a ser que las investigaciones lleguen demasiado lejos y caigan muchos en la volteada. Aunque parezca mentira, con eso azuza hoy el kirchnerismo: con el fantasma de la vuelta, ante el desastre macrista, ojo con lo que hacen. Pero si a Lázaro Báez todavía le siguen contando propiedades. Ya deben ir por las 769 y siguen contando, y así hasta el infinito o hasta que la gente se olvide y cambie el gobierno y soplen nuevos vientos. O ahí espera aún el impresentable de Boudou su juicio oral y público por intentar quedarse con la imprenta para hacer los pesos. La lista es larga y aburrida y conocida y no aporta nada nuevo pero sirve para describir el contexto en el que la muerte y la denuncia previa de Nisman se han desarrollado.Es probable que lo que haya al final del túnel no sea nada o sea todo. Que la verdad sea tan dolorosa que cueste digerirla pero nada es posible construir sin ella. En base a mentiras sólo se edifican más mentiras.La causa por la muerte de Nisman está ahora en manos de la justicia federal, igual que la denuncia que nunca llegó a revelar ante el Congreso de la Nación. Hay 20.000 horas de escuchas que todavía están siendo auditadas y a las que Rafecas no les dio ni bolilla.Nadie ignora de las repercusiones políticas de una cosa y la otra, como que la muerte del fiscal estuvo relacionada con la denuncia contra la ex presidente y su canciller. Los pocos que la contactan con asiduidad sostienen que, la de Nisman, es junto a la de Hotesur y Los Sauces, el combo de causas que más preocupa a Cristina Kirchner. En la primera porque sobrevuela el delito de traición a la patria y en la segunda porque están sus propios hijos involucrados.Y son causas que representarán un incremento del peregrinar por tribunales de ella y sus funcionarios, con el impacto político que eso implica en un año electoral. Es que ahí anda tratando de esquivar esas esquirlas Sergio Massa, resistiéndose al canto de sirena de Máximo que pretende traerlo otra vez el ruedo kirchnerista, o al menos tenerlo cerca para justificar una unidad forzada."Todos contra Macri", es el lema que enarbola la avanzada ultra K para intentar recuperar el terreno perdido. Es una consigna pequeña pero contundente y difícil de resistir. Tanto como asombroso el poder interno que aún tienen los fieles seguidores de la ex presidenta.Pero de a poco el cuello de botella de las definiciones de un año electoral se acerca. Y las chances de recuperación K son inversamente proporcionales a la economía. Cuanto peor le vaya a Cambiemos, más posibilidades tendrán las diferencias de agigantarse y quién mejor que Cristina para hacerlo. Pero ella tendrá su propio karma en Comodoro Py. Esa herencia es demasiado pesada como para pasar sin consecuencias.La sombra de una justicia volátil se cierne como fantasma sobre el futuro de la ex presidenta.
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