No existen dos opiniones iguales
Contra la concepción política totalitaria, que pretende instalar el pensamiento único en la sociedad, se levanta el principio pluralista según el cual ninguna persona razona exactamente igual que otra.Podría postularse que los regímenes políticos se asientan sobre una determinada concepción antropológica. Los totalitarismos (sean de derecha o de izquierda) postulan que los individuos deben integrarse, sí o sí, a una totalidad política.De lo que se trata, por tanto, es que todas las personas reciten al unísono un mismo credo o adhieran a un pensamiento único. La lógica consecuencia de esta visión es el maniqueísmo político.En efecto, si el régimen prescribe que hay que pensar de una manera, que es la supuestamente correcta, quienes no adhieren a ella o se resisten a aceptarla se convierten en parias o enemigos.Por eso el historiador búlgaro, Tzvetan Tódorov, que vivió su infancia y parte de su juventud en un régimen comunista, escribió que "los totalitarios se nutren con la noción de enemigo".Y añadió: "Y cuando no hay nadie más para ocupar ese sitio, se coloca allí a la gente que se viste o que baila de manera diferente, que cuenta historias que hacen reír, que es insolente con un superior o con un policía...".Los totalitarismos parten del supuesto de que el pensamiento de las personas debe ser uniformado, regimentado, en función de un orden político estatal, considerado como la suma del bien y la verdad.En cambio las democracias republicanas, propias de las sociedades abiertas contemporáneas, se rigen sobre el principio de pluralidad, y éste a su vez de la idea antropológica según la cual lo único común es la diversidad humana."En el mundo no hay dos opiniones iguales, como tampoco hay dos semillas o dos cabellos iguales. La cualidad más universal es la diversidad". Eso escribió el gran pensador humanista francés Michel de Montaigne (1533-1592).El célebre autor de los 'Ensayos' predicó el diálogo, la templanza y la tolerancia en un contexto de lucha religiosa. En efecto, a lo largo de su vida, católicos y hugonotes (protestantes franceses) se mataban en continuas guerras.Esos enfrentamientos sin piedad tuvieron un desenlace en la Noche de San Bartolomé, cuando fueron asesinados más de 10.000 ciudadanos hugonotes. Una masacre que ingresó en la historia como un momento de oscuridad total.Montaigne lamentaba la arrogancia intelectual de aquellos grupos humanos que, imbuidos de una ilusoria superioridad, se creían la medida de todas las cosas, lo que los conducía a eliminar a los que no pensaban como ellos.Eso creía también otro francés, François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire (1694-1778), para quien la tolerancia es una consecuencia de que "todos somos frágiles y sujetos a errores"."Perdonemos las tonterías de los demás. Ésa es la primera ley de la naturaleza", decía Voltaire, que identificaba intolerancia con fanatismo político y religioso, que según el francés es "una enfermedad que se adquiere como una viruela".Por otro lado, hoy la neurociencia, al postular que tenemos cerebros diferentes, de suerte que cada quien percibe el mundo desde su peculiar subjetividad, les da la razón a pensadores antiguos que como Montaigne vieron claramente que no existen dos opiniones iguales.La nueva visión del cerebro humano impugna también cualquier pretensión política totalitaria tendiente a uniformizar el pensamiento. Contra la concepción política totalitaria, que pretende instalar el pensamiento único en la sociedad, se levanta el principio pluralista según el cual ninguna persona razona exactamente igual que otra.
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