No hay default, no hay cesación de pagos, sólo hay consecuencias
Llegó el día y no pasó nada del otro mundo, salvo ese debate al que somos tan afectos y que se centra sólo en las palabras y no en los efectos de los actos. La Argentina otra vez enfrenta la palabra default, aunque no como en el 2001, ni con la situación que reinaba en aquella época. Igual, hay que decir algo: se puede escapar de todo, menos de las consecuencias. Jorge Barroetaveña Aunque la palabra no guste porque remite a los momentos más oscuros, para algunos sectores del mercado la Argentina entró técnicamente en default. Es cierto, como sostienen hasta el cansancio la Presidenta y el Ministro de Economía que esto no es el 2001 y que el país seguirá honrando su deuda como la ha hecho desde el 2.005. Es más, pocos gobiernos han sido tan cumplidores como el de Cristina y Néstor con los acreedores externos, tanto que hoy se verifica la paradoja que, ni aún arreglando con el Club de París, con Repsol y el Ciadi, nos pudimos sacar a los buitres de encima. Desde la ortodoxia, en los últimos años, nada se le puede reprochar al gobierno kirchnerista. Quizás la clásica retórica progresista de decir 'estamos contra el mundo capitalista', pero terminamos arreglando con él. Incluso en condiciones abiertamente desvantajosas como el acuerdo con el Club de Parìs, a quién acabamos por reconocerle mucha más plata que la que realmente le debíamos.Para los libros de historia quedará la contradicción ideológica o la necesidad de hacer bien los deberes para poder acceder a los mercados internacionales y llegar sin sobresaltos al 2.015. Lo cierto es que lo hicieron pero, extrañamente, el final del camino los encuentra con una cesación de pagos. La biblioteca está dividida sobre la forma en que los negociadores argentinos llevaron adelante el entuerto. Al cabo, como dijo el polémico Juez Griesa, son todas medias verdades. La Argentina no puede poner en riesgo el canje de 2.005 y el del 2010 por pagarle a los buitres, aunque también es cierto que tres instancias judiciales norteamericanas nos dieron por la cabeza. Y lo peor es que fuimos nosotros que aceptamos esa jurisdicción en los dos canjes para resolver cualquier controversia. Triste pero real.La mayoría de los foros internacionales nos dan la razón. Hasta los mercados financieros más recalcitrantes afirman que el fallo del Juez Griesa es una locura y pone en juego todo el andamiaje internacional de países que reestructuraron su deuda. Pero una cosa es la declamación y la solidaridad y otra cosa la frialdad de los números que no entienden de razones. El sistema está montado de esta manera y la Argentina aceptó jugar con esas reglas. Ahora hay que afrontar esas consecuencias.El gobierno no quería caer en default aunque es lógico que le teme a las consecuencias. No quiere pasar a la historia por haber reestructurado la deuda la década pasada y dejarnos otra vez en el punto de partida en esta. Aquí apareció la primera grieta en la postura oficial y el que quedó expuesto fue Juan Carlos Fábregas, el Presidente del Banco Central. Durante toda la semana circuló la versión de su renuncia, por la fallida intentona de los bancos privados por crear un fondo de garantía para los buitres. ¿Alguien puede suponer que Fábregas actuó sólo movido por su deseo personal? Fue él quién convocó a los banqueros y los impulsó a negociar con los buitres pero con un guiño de la Presidenta. Fábregas sabe lo que es caer en default porque ya lo vivió en el 2.001 y no quiere pasar otra vez por lo mismo.Pero la influencia de Axel Kicillof no tiene límites y es el hombre que hoy más escucha la Presidenta de la Nación. Sólo así se explican sus palabras desde New York cuando la negociación todavía estaba abierta y tenía final de bandera verde. Con sus palabras, que fueron como misiles, el Ministro le puso la lápida a la movida de los bancos privados. Y la Presidenta lo refrendó un puñado de horas después, pidiéndole abiertamente a los banqueros que no buscaran hacer negocios. Fue una puñalada en el corazón de Fábregas que debe estar contando sus últimas horas en el Banco Central.El mundo siguió andando después del 30 y la Argentina también. Los mercados, con su correlato de bonos y empresas sintieron el impacto pero todo está por verse aún. Ni a los buitres, ni a Griesa que no sabe qué hacer, ni a la Argentina les conviene estar en este limbo financiero, porque se sabe, los mercados y las expectativas se nutren de confianza y no de incertidumbre. En el peor de los casos deberán pasar 6 meses más, hasta que la Argentina se saque de encima la cláusula que le impide pagarle más a los buitres que a los bonistas del 2005 y el 2010. Pero será como atravesar el desierto porque nadie sabe a ciencia cierta las consecuencias sobre la economía real que podrían darse.Hay un par de datos concretos a tener en cuenta. La economía argentina está en fase recesiva desde hace meses. Los principales números están en rojo, aunque los niveles de desempleo todavía no se han visto afectados severamente. Si bien la inflación se desaceleró, la política de gastos del estado nacional, sigue viento en popa y no da indicios de retroceder. Las provincias y las empresas, necesitan tranquilidad para poder acceder a tasas más o menos razonables de endeudamiento externo. En algunos casos para hacer obras, inversiones en infraestructura y en otros hasta para pagar sueldos. A este cóctel complicado hay que agregarle la incertidumbre política que genera un recambio presidencial. A menos de un año y medio, son varios los candidatos con chances, y no es lo mismo que Massa, Scioli, Macri o alguien de UNEN sea presidente.Y la economía encima necesita dólares, esos mismos que vagan por el mundo sin destino y se niegan a venir a la Argentina. Fracasaron claro todos los intentos por pesificar la economía y alejar de la cabeza de la gente que la moneda de reserva de su capital es el billete verde. A esta altura es una batalla perdida que no tiene vuelta. El gobierno se dio cuenta hace rato y empezó a desandar el camino, aunque no contaba con los buitres y Griesa.La coyuntura es extremadamente complicada para un gobierno en retirada que parece tener pocas posibilidades de continuidad, al menos con alguien 'puro' que provenga de sus filas.Eso sin contar con el tembladeral político permanente de tener un Vicepresidente procesado por la justicia, sospechado de querer quedarse con la máquina de imprimir billetes. Y que en las próximas horas recibiría su segundo procesamiento por truchar los papeles de un auto que compró hace unos cuantos años. Como el peronismo, en el kirchnerismo de Cristina, todas las caras son posibles. Desde el progresismo hasta la ortodoxia. Sin solución de continuidad y sin ponerse colorados. Quizás esa sea la fórmula para llegar lo mejor posible a diciembre de 2.015. Un poco de todo, no importa de dónde venga.
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