No puede pensarse la vida sin el agua
Resulta paradójico que la contracara de la humanización de la naturaleza, cuya transformación ha sido radical, sea la pérdida del agua, sin la cual el hombre no puede vivir.Más allá del aire contaminado por los desperdicios de la industria o de los paisajes afeados por horribles construcciones, que emergen como efectos colaterales del "progreso", contaminar las fuentes de agua es algo cualitativamente peor.Y esto por la sencilla razón de que sin agua no hay vida en el planeta. Es decir, no estamos hablando de un mero recurso minero -como pueden ser el cobre o los combustibles fósiles- sino del líquido sin el cual peligra la supervivencia de la especie humana.Que se haya instituido el 22 de marzo como Día Mundial del Agua, revela que el hombre tiene que fijar algunas fechas para recordarse sus obligaciones con respecto al hábitat.Es la manera que tiene de tomar conciencia, en este caso, de que en la disponibilidad del agua para su uso se juega su destino biológico y el de su descendencia.Los ríos manchados y las fuentes de agua degradadas, producto de la acción del hombre, debieran ser hechos que interpelen la conciencia, sobre todo de quienes más poder tienen en la sociedad, acerca de la necesidad de cuidar los recursos hídricos del planeta.No hay bienestar humano posible sin agua limpia y sana. Y no hay agua limpia y sana sin ecosistemas armónicos, preservados en su equilibrio fundamental.Según las Naciones Unidas (ONU), las fuentes de agua "son cada vez más vulnerables y están más amenazadas, mientras que las víctimas más afectadas por la contaminación y la falta de saneamiento adecuado son los pobres".Por lo demás, hay indicios ciertos de que son más las muertes atribuibles al agua contaminada, que las causadas por todas las formas de violencia, incluida la guerra. Lo cual en sí mismo constituye una afrente a la condición humana.En este contexto de escasez, en todas las ciudades debería haber un efectivo plan de ahorro del líquido, que penalice por ejemplo su derroche.Entre las estrategias mundiales hay coincidencia, en tanto, en que las corporaciones y los países, como ya está ocurriendo, competirán por el apoderamiento del agua dulce.Será, en realidad, una guerra feroz que marcará el desenvolvimiento del siglo XXI, en la cual aquellos países como la Argentina, con grandes reservorios de agua, estarán en la mira de muchos interesados.Que el hombre se pelee por el agua es todo un símbolo de que ha sobrepasado el punto crítico a partir del cual su dominio sobre la naturaleza se ha vuelto destructor.Durante largo tiempo nos hemos portado ante la naturaleza como ante un material indeterminado al que se podía impunemente extraer, amasar y descomponer en cualquier sentido y sin ningún límite.No hemos sabido ver que ella está hecha de un conjunto de realidades ya organizadas y que no se pueden modificar positivamente sin respetar sus estructuras y leyes.Lo más grave es que no hemos percibido que la recaída de la naturaleza, por intervenciones que han ignorado sus íntimas armonías, supone la recaída simultánea del hombre, como especie viva dentro del planeta.Esto se echa de ver en el caso del agua: la extensión y profundidad de su degradación, ataca directamente al bienestar humano, instalando una situación difícil de comprender.La perspectiva de un mundo sediento, en el que el hombre se convierta en un lobo para el hombre, por la posesión del preciado líquido, dibuja un horizonte aterrador.
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