No se lo olvidará nunca
Los grandes hombres son célebres en la historia. No caen en el olvido. Sobreviven en la memoria de los hombres, quienes los recuerdan con admiración y respeto.Eso es lo que el padre Luis Jeannot Sueyro representa para esta comunidad. A un año de su desaparición física, el Cura Gaucho vive en la memoria de su pueblo.Quizá haya sido el mejor de todos. Por eso hoy todavía muchos lo lloran. Entre lamentaciones evocan con nostalgia al sacerdote, al poeta, al amigo, al chacarero entrañable.Difícil era resistirse al magnetismo de su personalidad. Nadie podía sentirse indiferente a la energía que irradiaba. Los vecinos que lo trataron coinciden en una cualidad del padre: su universalidad.Jeannot, dicen, se movía con soltura, sin afectación alguna, tanto frente al docto como ante el poco instruido. Tanto frente al rico como frente al pobre.Era la universalidad del Cristo de Galilea, al cual quiso imitar toda su vida. Sabiduría del evangelio: ante Dios somos todos iguales y todos necesitamos ser salvados.El padre no hacía diferencia entre las personas. No se explica si no, por qué su conducta atraía a los que estaban alejados de la religión.El brillo de sus cualidades humanas impactaba en los corazones más duros, más escépticos. ¡¿Qué tiene este cura, que es tan distinto a otros?!Es la pregunta llena de asombro que solía hacerse esa gente. Pero la humanidad de Jeannot no se entiende sin su fe. Sus dotes naturales -que por cierto las tenía ricamente- estaban sublimadas por su amor a Dios.Sí, porque antes que poeta notable, que patriota ferviente, que consolador abnegado, que amigo esclarecido del campo, que orador vibrante, Jeannot era un hombre religioso.Un amigo de Dios entre los hombres. En un mundo descreído, un testigo de la fe. Alguien que hizo evocar las cosas eternas en el corazón de las personas, haciéndoles recordar su destino trascendente. Eso era el padre y así lo recuerda su pueblo, y no sólo el creyente.Al igual que el patriarca Abraham, abandonó todo, su razón terrestre, para entregarse a Dios, al cual sirvió ante sus semejantes hasta el último día.Alguien ha dicho por ahí que el cura "quemó" su existencia. Es una imagen que describe bastante bien la donación incondicional de Jeannot, quien parecía no tener vida propia.Porque amaba así a Dios, el cura se ofreció a los hombres de carne y hueso. Por eso el compromiso social con los enfermos, con los débiles, con los afligidos, con los paisanos.Orgullosa Gualeguaychú de tener entre sus hijos a un hombre religioso de esta dimensión. Por eso nunca tan merecido los homenajes que los copoblanos le ofrecieron en vida -se lo nombró vecino ilustre- y los que se tributan hoy.Sus amigos más estrechos se han comprometido ha potenciar su herencia. Hay proyectos valiosos que no sólo honrarán su memoria sino que- como le hubieran gustado a él- están llamados a continuar con su obra.Descontamos que esta comunidad hará suyas estas iniciativas, las hará florecer en el tiempo. Algunas de ellas tienen un costado material -por aquello de que el cuerpo es parte esencial de la condición humana-.Sin embargo, no debe perderse de vista el legado espiritual del Padre Jeannot. Su herencia es aquí más importante para todos nosotros y lo será para la posteridad.En una cultura que ha caído en la vulgaridad, en un contexto ético-intelectual degradado, donde cierto nihilismo rastrero se ha apoderado de los espíritus, la fe del cura es un gesto de resistencia.Luis Jeannot Sueyro, en este sentido, es una figura contracultural. Su ejemplo de vida, sobre todo, desafía los valores dominantes de una sociedad de pensamiento débil y de ética declinante.
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