No todo está perdido
En la Argentina actual, atravesada por controversias, polémicas aleatorias, intolerancia, denuncias, traiciones, zancadillas, ambiciones, acomodos y blablablá, ensombrecida por sospechas de corrupción y de tanto en tanto iluminada por fuegos de artificio, un acontecimiento cultural unificador y superador se ha destacado estos días: la Feria Internacional del Libro, de Buenos Aires.Por Mario Alarcón Muñiz Especial El DíaSucede todos los años desde 1975, pero en el presente aparece como un oasis de paz y reflexión por encima de su característica natural de faro de nuestra cultura.Esa impresión me dominó apenas ingresé el miércoles último a la 36ª edición de la feria y con la misma impresión, ya confirmada, me retiré siete horas más tarde con algunos libros y casi nada de plata. La he visitado en varias oportunidades anteriores -la última vez hace tres años- y siempre me produjo una sensación de bienestar, hasta de placer. En esta ocasión fue diferente. Además de esas cuerdas vibró en mi alma la del desahogo y detrás la de la esperanza. Después de todo no estamos tan perdidos.No es mi intención añadir nada a lo mucho que se ha escrito y dicho durante las últimas dos semanas acerca de la feria. Sería irrelevante y ocioso. Pero no puedo desviar el deseo de compartir con el lector alguna reflexión. Para todosEs incontable la cantidad de libros que se ofrecen. De toda índole y valor. Para los gustos más diversos. Desde cuentos infantiles hasta la filosofía de Platón. Entre Shakespeare y el fútbol. Nadie puede mostrarse defraudado por muy extravagantes que parezcan sus preferencias. Sólo sé que separando los temas técnicos, cuyo acceso me está vedado por falta de idoneidad e interés, no me alcanzarían diez vidas para leer todo lo que allí se expone. Una multitud desfila constantemente por las bien diagramadas calles de la feria, en las que lucen su imponencia las editoriales más importantes, junto a modestos anaqueles de microempresas editoras. La gente se detiene ante el stand donde un escritor conocido firma sus libros. Muchos niños y jóvenes, contingentes escolares, delegaciones provinciales de fácil identificación por sus tonadas, integran esa muchedumbre que se desliza paso a paso, compra o sigue de largo, pero está ahí, donde se concentra la cultura. Puede ocurrir que algunos visitantes prefieran establecer una pausa y asistir a las charlas y espectáculos que se presentan en las salas destinadas a esos fines. Tinelli, Maradona, DelíaAnte esa monumental muestra cultural y la masiva respuesta a su convocatoria, la deducción es muy simple: el pueblo lee. O al menos se interesa por estas cosas. En verdad no lo parece, porque ciertas experiencias indicarían lo contrario. Si nos atenemos al éxito de las propuestas de Tinelli, las adhesiones a la filosofía de Maradona y el respaldo a las proclamas de Delía, tendremos que aceptar nuestro naufragio. Me resisto porque he visto al pueblo en la feria.Por separado del aspecto cultural, circunscribiendo la cuestión a fríos términos económicos, carecería de explicación un montaje tan sorprendente como el de la Feria del Libro, si la gente no leyera. Es decir, si no comprara libros. En otras palabras, el libro es negocio. De lo contrario, ¿qué razón de ser tendría la feria?La gente lee, insisto. Entonces no todo está perdido. Eso sí, no vi a ningún político en la feria. Gobernante tampoco. Pero no es aconsejable pensar mal: estuve un solo día.
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