Nuestra Señora del Rosario: una historia de devoción que moldeó los orígenes de Gualeguaychú
:format(webp):quality(60)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2026/10/virgen_del_rosario_1.webp)
La advocación mariana introducida por los misioneros dominicos impulsó la creación del núcleo urbano primitivo y forjó, junto a San José, la identidad religiosa de la ciudad. Dio lugar a la leyenda del Toro y la Víbora, y su rol protagónico en la comunidad supo mantenerse a lo largo de más de dos siglos.
Cada 7 de octubre se celebra la festividad de Nuestra Señora del Rosario, patrona de Gualeguaychú, Paraná, Crespo, Rosario del Tala, Gualeguay y Oro Verde. En nuestra ciudad, más allá de ostentar ese título, esta advocación mariana fue el pilar espiritual del asentamiento originario, y su historia está intrínsecamente ligada al desarrollo cívico y religioso de la región.
Antes que nada, cabe mencionar el origen del Santo Rosario y la aparición que da pie a la futura adoración. En la tradición cristiana, la rosa se considera un símbolo de la Virgen María. Aunque la palabra latina rosarium puede traducirse como el “sitio donde crecen las rosas”, con el tiempo pasó a significar “corona de rosas”, y su rezo comenzó a simbolizar la entrega simbólica de una corona de estas flores a la Virgen.
La historia cuenta que en el año 1208 la Virgen María se le apareció al fraile castellano Domingo de Guzmán, declarado santo en 1234 por el papa Gregorio IX. En esa aparición, la Virgen le entregó el Santo Rosario, le enseñó cómo rezarlo y le encomendó que lo propagara, especialmente como arma contra la herejía. Es así que Guzmán fundó la Orden de Predicadores (los frailes dominicos) y promovió la devoción del rosario como herramienta espiritual para la conversión y la oración contemplativa.
:format(webp):quality(60)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/media/2026/10/virgen_del_rosario.webp)
La elección de la fecha festiva responde a un hecho histórico un poco posterior: la Batalla de Lepanto, que tuvo lugar el 7 de octubre de 1571 en las aguas del Mar Jónico. En este enfrentamiento, una coalición de fuerzas navales cristianas luchó contra la armada del imperio Otomano, de fé islámica, que buscaba expandirse en Occidente y recuperar el control del Mediterráneo. Se dice que antes del combate los cristianos se encomendaron a la Virgen y rezaron el Santo Rosario, por lo que luego de vencer a los otomanos atribuyeron su victoria a la intercesión de la Madre de Dios.
En agradecimiento, el Papa Pío V instituyó la fiesta de la "Virgen de las Victorias" para el primer domingo de octubre, y añadió el título de "Auxilio de los Cristianos" a las letanías. Posteriormente, el Papa Gregorio XIII cambió el nombre por el de "Nuestra Señora del Rosario". Más tarde, Clemente XI extendió esta celebración a toda la Iglesia de Occidente. Finalmente, San Pío X fijó la fiesta de forma definitiva para el 7 de octubre, inmortalizando la frase: “Denme un ejército que rece el Rosario y este vencerá al mundo”.
Los padres dominicos y el primitivo asentamiento de Gualeguaychú
En los dominios españoles de América, y particularmente en la zona del litoral, los misioneros de la Orden de los Predicadores del Convento de Santo Domingo, emplazado en Buenos Aires, fueron activos agentes de evangelización tras la expulsión de los jesuitas en 1767. Estos sacerdotes españoles, seguidores de Santo Domingo (comúnmente llamados dominicos), eran grandes impulsores del rezo del rosario y estuvieron a cargo de la misión de Santo Domingo de Soriano. Este fue uno de los asentamientos más antiguos de la Banda Oriental y un punto clave en la etapa inicial de la colonización del Río de la Plata. Su origen se remonta a comienzos del siglo XVII, cuando los españoles establecieron una reducción destinada a concentrar y evangelizar a grupos indígenas, en especial chanás y guaraníes.
Aunque inicialmente la Reducción de Soriano no tuvo un emplazamiento fijo, diversas investigaciones históricas, como las de Don Manuel Almeida, sostienen que su primera ubicación pudo haber estado en el territorio que hoy pertenece a nuestra provincia, sobre la margen occidental del río Uruguay, y que posteriormente el asentamiento se habría trasladado a la margen oriental, donde terminó consolidándose en el actual departamento de Soriano.
Hacia el año 1761, un núcleo espontáneo de poblamiento había comenzado a estructurarse en torno a una capilla pública. Este primer asentamiento y su capilla estaban emplazados en el área limitada por los arroyos Sauce, Venerato, Sarandí y Del Capitán (actualmente arroyo Del Cura). Allí floreció la devoción a la Virgen del Rosario. El primer poblado mantuvo en el lugar a un capellán durante veintidós años. Estos capellanes también mantenían una capilla en el Arroyo de la China y tenían bajo su sujeción a la zona del Gualeguay.
Se dice que la primera imagen de Nuestra Señora del Rosario venerada en esa capilla primitiva erigida a orillas del río Gualeguaychú fue traída en 1777 por el padre Fray Mariano Amaro. Era una pieza tallada a mano en cedro paraguayo por los indios de las misiones del Paraguay, y estaba pintada con tinta de árboles.
La talla original estaba solo pintada, lucía un cinturón que tiempo después desapareció, y poseía un largo cabello tallado que luego se le cortó para poder revestirla con un manto y otras vestimentas. Esta imagen fue colocada en el templo por el Capitán Pérez, dando origen a la conocida leyenda que luego el escritor Fray Mocho impulsó y que hoy está plasmada en la bandera de la ciudad. Según el relato, un toro salvó a Pérez de la picadura de una serpiente; en agradecimiento, el capitán mandó a hacer una base para la Virgen con la misma madera, incrustaciones de piedra y las astas del toro. Cabe aclarar que, aunque se conserva al día de hoy una imagen muy antigua en la Catedral, no es aquella figura primigenia.
El 28 de septiembre de 1780, tras pasar por la zona, el obispo Sebastián Malvar y Pinto creó formalmente la parroquia y proveyó un cura, poniéndola bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario. Poco después, en 1783, Gualeguaychú fue fundada por Tomás de Rocamora.
Al evaluar el terreno, Rocamora no vio conveniente que la villa permaneciera donde estaba la primitiva capilla, por lo que buscó un sitio más elevado hacia el norte y trasladó la población a poco más de una legua de distancia. El 18 de octubre labró el acta de fundación y destinó para la Iglesia un sitio en el ángulo nordeste de la manzana que, en la actualidad ocupa la Catedral, lugar donde el templo permaneció hasta 1853.
El 20 de octubre, Rocamora le escribió al Virrey advirtiendo una particularidad: “La Patrona de esta Capilla es la Virgen del Rosario; San Joseph, el copatrono. La Virgen misma es también patrona de Paraná por donde podría reservarse y quedar San Joseph de Gualeguaychú, para dar nombre y tutela a su reciente Villa”. Así, ante la incompatibilidad de repetir la patrona de Paraná, se propuso a San José para dar nombre a la comunidad, desarrollándose desde entonces la fe cristiana bajo ambos patrones.
La devoción a la Virgen continuó siendo central: en una sesión del 19 de septiembre de 1794, el Cabildo acordó con el cura interino realizar la festividad de Nuestra Señora del Rosario la primera Domínica de octubre. Para ello, dispusieron hacer la limosna correspondiente en todo el partido, como en años anteriores, invirtiendo lo recaudado en cera, misa, sermón y demás necesidades.
Por otra parte, hay que decir que el problema del patronazgo planteado por Rocamora en 1783 continuó sin solución oficial durante años. El 13 de abril de 1801, se resolvió convocar a un cabildo abierto para el último día de mayo con el fin de confirmar al patrono San José. Finalmente, la reunión se concretó el 8 de junio de 1801. Al pedirles que dijeran en voz clara qué patrono apetecían, los treinta y dos vecinos concurrentes votaron con el orden debido por San José.
Este acto, registrado en las actas del Cabildo cuyos originales se conservan en el Obispado, representó un avance pastoral y civil que fortaleció la condición de pueblo y su distinción respecto a Paraná. Los vecinos pidieron con urgencia que se enviaran las actas al Superior Gobierno. El Cura Gordillo acompañó de cerca todos estos actos, señalando que la costumbre ya denominaba al pueblo como San José de Gualeguaychú. La petición fue aprobada por el Virrey Del Pino el 5 de agosto de 1801, quien luego se lo comunicó al soberano.
En 1851, San José de Gualeguaychú fue elevada a la categoría de ciudad. Sin embargo, el reconocimiento canónico definitivo de San José y la Virgen del Rosario como patronos llegó recién en 1853 mediante una Bula Papal. Cuando se creó la diócesis local en 1957 (jurisdicción que comprende los departamentos de Gualeguaychú, Islas, Uruguay, Gualeguay, Victoria y Tala), el patronazgo de Nuestra Señora del Rosario se extendió a todo ese territorio. En 1958, el Papa Pío XI oficializó esta extensión para toda la Diócesis de Gualeguaychú.
Es por eso que la devoción a la Virgen del Rosario trasciende la efeméride del calendario para representar uno de los pilares de la historia e identidad religiosa gualeguaychuense. Aquella fe que comenzó en una humilde capilla de paja y barro, custodiada por los primeros pobladores y los misioneros dominicos, sobrevivió a los reacomodamientos institucionales y al paso del tiempo. Hoy, más de dos siglos después, el legado mariano junto a la figura de San José permanece intacto en los cimientos de la comunidad diocesana local.

