Nuestro contrato es con los lectores del diario
Quienes desde la política suelen arremeter contra este medio y sus periodistas, olvidan que detrás de ellos hay una comunidad de lectores, que de última juzga el contenido de lo que sale publicado.El más insistente de los sambenitos que se le ha querido colgar a EL DIA es el de ser un diario "opositor". El calificativo proviene, como se deducirá, de hombres del oficialismo.Las palabras son polisémicas, es decir contienen varios significados. Lo que les da a ellas su sentido preciso son los elementos del contexto. Y en este caso el contenido semántico se infiere de quien emite el mensaje.Así, cuando el oficialismo político enrola a este diario dentro de la oposición, lo coloca como un actor más en el juego de los partidos políticos, asimilándolo a una de esas estructuras.Y como el objetivo principal de toda oposición es la obtención del poder político, caemos en la cuenta que para el oficialismo EL DIA es un competidor en la lucha por el poder.La estocada apunta a instalar la idea de que este medio ya no sería un vocero del público, un ámbito de pluralismo informativo y de opinión, sino un instrumento de propaganda de una facción política.Todo cuanto se publica por este diario, según esta lectura, estaría al servicio de una causa política partidaria, y sus periodistas serían vulgares operadores políticos, similares a esos "asalariados del poder" disfrazados de periodistas que pululan en algunos medios.Pero hay algo más grave de ese contexto que resignifica la palabra "opositor" entre nosotros. En la Argentina, que el poder encuadre a alguien en esa condición equivale a considerarlo no ya un adversario sino un "enemigo".El teorema de que el disidente es enemigo, de que la disidencia de opinión es hostilidad, como si la democracia fuese la continuación de la guerra por otros medios, ha ensombrecido el clima ético y político del país.Si pensar distinto es un delito, ¿cómo es posible imaginar una democracia -cuya esencia es la tramitación del disenso- y la actuación en ella de los medios -cuya esencia es dar una versión verídica de los hechos y potenciar la diversidad opinativa-?El paradigma del pensamiento único es fascista. Se asienta en la premisa de que el monopolio del poder otorga el monopolio de la verdad. De suerte que quien gobierna tiene siempre razón.Es como querer prolongar la voluntad de poder hasta la conciencia misma de las personas, haciendo que las ideas de la clase dominante sean las ideas dominantes.Pero la experiencia histórica relativiza el alcance de esta fantasía dominadora. Los intentos de manipulación suelen enfrentarse a los límites que, a la larga, impone la propia realidad.Además, "el periodismo sigue siendo la mejor versión de la verdad que es posible obtener", como ha dicho Carl Bernstein, uno de los cronistas del caso Watergate, aquella investigación periodística que hizo caer al gobierno de Richard Nixon.Esa versión de la verdad, aún incompleta, es lo que molesta al poder. Y esto lo sabe más que nadie la opinión pública que es quien juzga y la que, con su elección de determinados periodistas o medios, asigna valor a éstos.Con respecto a este diario, la imputación de "opositor", con toda su carga connotativa, es un calificativo en todo caso trasladable a sus lectores, que son los que eligen todos los días nuestras páginas (no cada cuatro años).El único capital de EL DIA es la credibilidad que inspira entre quienes lo leen, quienes saben que hacer un diario es una empresa humana, y como tal no está exenta de errores.Se diría que la relación que un lector tiene con su diario es compleja. No se basa en una fidelidad absoluta a su línea editorial. Sino más bien en la creencia compartida de que el periodismo que en él se ejerce debe ser "la mejor versión de la verdad posible", aunque al poder le suene "opositor".
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