Editorial |

Nuestro limitado poder para cambiar las cosas

La historia de la humanidad es un símbolo extraordinario de la resistencia humana frente a lo establecido. Aunque muchas veces es sabio saber discernir que no siempre las cosas se ajustan a nuestros deseos. Las reformas políticas, los avances científicos, los prodigios logrados en el plano tecnológico, los niveles de bienestar alcanzado, sugieren que nada detienen al hombre en su afán por superar los escollos. Pareciera que no hay límites al deseo humano de cambio. Como si la capacidad de alterar la realidad fuese infinita, siempre y cuando hubiese una voluntad inquebrantable por vencer la frustración. De esta manera, basta con que el hombre se lo proponga para que las cosas, más tarde o más temprano, se sometan a su arbitrio. ¿Por qué tiene que ser así?, parece ser la pregunta que motoriza el ingenio del homo sapiens. En este contexto, plegarse sin más a los obstinados hechos, que se muestran remisos a las aspiraciones del hombre, supondría asumir una postura de resignación o de pasividad. Sin embargo los muros de la realidad existen y las biografías humanas atestiguan que  las cosas por lo general no ocurren como cada quien desea, aunque se le ponga todo el empeño imaginable. Los estoicos, una escuela filosófica griega, pensaron mucho cómo resolver esta colisión derivada de que el mundo no se amolda fielmente a nuestras pretensiones. Opinaban que si alguna posibilidad tenemos de alcanzar sabiduría es aprendiendo a no agravar la terquedad con que se presenta la vida mediante reacciones desproporcionadas, con arrebatos de furia, amargura o paranoia. La sabiduría, decían, reside en el adecuado discernimiento de cuándo somos libres para moldear la realidad de acuerdo a nuestra voluntad y cuándo hemos de aceptar tranquilamente lo inalterable. Al respecto los estoicos hicieron célebre una metáfora animal para tratar de evocar nuestro limitado poder para cambiar las cosas. Somos, decían, como perros atados a un carro imprevisible. Este perro tiene dos opciones: o bien sigue armoniosamente la marcha del carro, o bien se resiste. De esta manera, si se adecua a la marcha del conductor del carro, el recorrido le resultará armonioso. Si, por el contrario, se resiste, su marcha será tortuosa, pues será arrastrado por el carro en contra de su voluntad La autoría de la metáfora se atribuye a los filósofos Zenón y Crisipo, y la refiere el obispo cristiano Hipólito en estos términos: “Cuando un perro está atado a un carro, si desea seguir, tiran de él y sigue, haciendo coincidir su acto espontáneo con la necesidad. Pero si el perro no sigue, será forzado en todo caso. Otro tanto les sucede a los hombres: aun cuando no lo deseen, se verán forzados a seguir lo que les esté destinado” La idea central de esto la expresa cabalmente Lucio Anneo Séneca (4 a.C.- 65 d.C.), el filósofo estoico romano que escribió: “Los hados guían a quienes los aceptan, y arrastran a los renuentes”. Volviendo a la metáfora canina, los estoicos sugerían con ella que es preferible ir corriendo detrás del carro al que se está atado, que ser arrastrado y estrangulado por no querer seguirlo. Una resistencia esta última que no haría sino agravar la situación. La sabiduría, por tanto, consistiría en saber identificar aquello que es irrevocable, para aceptarlo y no rebelarse en forma insensata. Y al mismo tiempo discernir aquello que sí se puede cambiar y que juzgamos necesario.

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