Obsesión por captar el clima de opinión
Como en todo proceso preelectoral, las encuestas ocupan un lugar central. Sus mediciones son leídas con fruición por candidatos, periodistas y analistas políticos. Porque supuestamente auscultan las preferencias de la opinión pública.Los sondeos despiertan polémica. Hay quienes ven en ellos una suerte de bola de cristal infalible, pese a sus recurrentes y sospechosos yerros. Mientras que otros creen que son instrumentos de manipulación: son cifras inventadas para favorecer a quien las paga.Es extendida la creencia de que los políticos utilizan muchas veces las encuestas como instrumento de posicionamiento electoral, en especial los que tienen mayores recursos económicos.¿Eso significa que todas las encuestas son truchas? Enrique Zuleta Puceiro, de OPSM Consultores, en un reportaje de 2011, se sinceró: "Hay dos tipos de encuestas: las de barricada, que difunden los comités de campaña, y aquellas con las que trabajan los políticos, que jamás se publican. Los comités obviamente difunden las que le conviene a su candidato".Es decir, por un lado los actores que participan del juego electoral suelen tener una visión realista de su situación. Los sondeos de opinión serían, en este sentido, instrumentos técnicos que sirven para orientarlos respecto de las preocupaciones de los electores.Si el tiempo de campaña se los permite, en base a estos datos empíricos pueden cambiar la estrategia de persuasión sobre la marcha, diciendo cosas que determinado segmento de opinión, al que pretenden atraer, quiere escuchar.A veces se trata de admitir errores (suele haber arrepentimientos públicos), otras de hablar de cosas que antes no se mencionaban, otras de virar posiciones ideológicas sobre determinados temas, o simplemente mudar actitudes y gestos (por ejemplo presentarse más amable o "compinche" ante del público).Pero por otro lado -siguiendo la observación de Zuleta Puceiro- está la publicación de encuestas que buscan influir en los votantes, cuyos guarismos transmiten la impresión de que el candidato en cuestión está ganando la elección o está "creciendo" en el interés del electorado.El problema en estos casos es que el encuestador que se pone la camiseta del candidato, al aceptar este juego de propaganda, queda lesionado en su credibilidad. Por eso entre quienes se dedican a reflejar los cambios de opinión, se valora a los encuestadores "serios" de los que no lo son.La obsesión por las encuestas, la importancia que adquieren sobre todo en períodos preelectorales, surge de su pretensión teórica de ser instrumentos de demo-poder, un medio que revela la vox populi.De lo que se trata, de última, es de conocer lo que opinan los votantes, cuya preferencia determinará cómo sigue la política en el país. Aunque hay teóricos que sostienen que -y éste es otro aporte de los sondeos- en realidad son los políticos quienes eligen a sus votantes.Y esto en virtud de cómo los candidatos van surgiendo -o van mutando- según las inclinaciones políticas de los ciudadanos. Por eso la pregunta de quién elige a quién -si los votantes a los políticos, o éstos a aquellos- parece pertinente.¿En qué medida el dirigente -o el que aspira a "conducir"- no está dirigido por sus seguidores o potenciales simpatizantes, de suerte que termina convertido en una creación colectiva, en la que su propia personalidad deviene, en buena medida, una creación de los demás?
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