Ocaso del militante
¿Dónde quedó aquel militante político de vida austera y compromiso ético insobornable? ¿Dónde están los forjadores de causas populares, aquellos románticos que no transigían con la vida burguesa?Al parecer la posmodernidad no sólo arrasó con los "grandes relatos" ideológicos. También se llevó puesto al prototipo del militante, símbolo de una generación que quería cambiar el mundo, cual cruzado de una religión secular.Hace poco Julio Bárbaro, un sobreviviente de esa generación, escribió un artículo en el cual, como un lamento nostálgico, declara que el "militante" es una especie en extinción, en un contexto de mercantilismo político.Se refería, concretamente, al eclipse de ese tipo humano forjado en la rebeldía epocal del siglo XX, cuando se creía que la política cambiaría la condición humana, mediante la revolución de las estructuras sociales.Bárbaro concibe al militante en términos laudatorios. Era el que soñaba participar de la marcha de la historia, en un contexto ideológico, dominado por el marxismo, que proclamaba que el hombre tomaría el cielo por asalto."Los había enamorados de Cuba o de la China de Mao, marxistas ortodoxos de respuesta certera y anarquistas impacientes", recuerda. El peronismo de la resistencia, dice, también elaboró su propio mito.El militante se sabía portador de una "causa salvadora de los pueblos", alguien que estaba llamado a eliminar la explotación del hombre por el hombre, y ha crear una sociedad donde reinara la justicia."A veces pienso que esa denominación de la rebeldía convertida en propuesta fue más cercana a la religión que a la política", confiesa quien fuera ex diputado nacional y ex titular del Comfer.Como la causa era tan sublime y majestuosa, como los ideales empalmaban con el "sentido de la época" (idea que hacía de la revolución una "necesidad histórica"), quienes encarnaban esa promesa debían ser seres generosos e incorruptibles.No debían vivir para ellos sino para la causa. "El militante intentaba cambiar el mundo con su ejemplo", dice Bárbaro. "La desmesura de su fe volvía secundario su discurso", añade.Debía llevar, en consecuencia, una vida casi monacal. Cualquier rasgo de egoísmo material o de consumismo, suponía caer en el prototipo denostado del burgués, cuyo orden social se combatía.De hecho, en tiempos setentistas de Héctor Cámpora, y de la gloriosa JP, la riqueza personal era un disvalor para vastos sectores de la política. Era un motivo de desprecio en la llamada izquierda peronista. Una realidad vergonzante.La tesis de Bárbaro es que al cabo el "enemigo mortal" del militante, el "operador", fue el que finalmente se impuso. Y esto para que ganaran "la picardía y la agachada".Su conclusión da para pensar: "Hoy no hay militantes ni en el gobierno ni en la oposición, por eso la sociedad no se puede enamorar de la política. No tenemos quién nos dé testimonio, alguien capaz de pensar más en los otros que en sí mismo".Una cosa, decimos nosotros, parece cierta: los "progresistas" que aún reivindican aquellos románticos sueños contra el egoísmo materialista, parecen haber abrazado hace tiempo el estilo de vida burgués.Muchos miembros del actual gobierno progresista están económicamente acomodados. Ser progre y millonario -milagro de la posmodernidad- ya no es un escándalo.Autotitulado peronista de izquierda, Kirchner al parecer ha sido el presidente más rico que haya tenido la Argentina. Su patrimonio matrimonial supera los 46 millones de pesos.Lujos estentóreos, no precisamente nacionales y populares, rodean a políticos actuales que aún glorifican desde el discurso la militancia.
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