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Opinion |

Otra vez el fantasma de la pandemia nos pone en ascuas

La maldición de la pandemia otra vez se viene encima como una sombra siniestra. La preocupación es tal que hoy, en Olivos, el Presidente le volverá a ver la cara a Rodríguez Larreta con quién la relación está cortada desde hace meses. El fantasma de una segunda ola, peor que la primera, otra vez los junta.

Por Jorge Barroetaveña

Es cierto que la economía empezó a dar tibias señales de recuperación. Claro, venimos del fondo del mar y lo único posible es el efecto ‘rebote’. Aunque hay una máxima que dice que siempre se puede estar un poco peor, esta no parece ser la ocasión.

Estos datos incipientes amagan con ser arrasados por la segunda ola de la pandemia que, se ignora, hasta dónde puede llegar. Sí se teme que pueda ser profunda y más rápida que la primera. Todas las alarmas se encendieron hace un par de semanas cuando empezó a crecer de nuevo la cantidad de contagios. En los grandes centros urbanos, los números se duplicaron y las camas de internación y terapia lo sintieron. El gobierno luce desconcertado y con ausencia de estrategia para enfrentar el problema.

Avanzaron en las restricciones de vuelos de países limítrofes, donde están las nuevas cepas, pero estimularon el turismo interno de cara a la Semana Santa que estamos atravesando. El jueves, a la misma hora que los funcionarios avisaban alarmados el incremento en la cantidad de casos, entraban 700 autos por hora a Mar del Plata. Cuál será la consecuencia de semejante movimiento de personas en Semana Santa se verá reflejado en un par de semanas.

La dicotomía siempre es la misma. La economía y la salud. Si algo se puede concluir después de un año de pandemia es que la estrategia de la cuarentena dejó una economía destruída con 3 millones más de pobres. Todavía resuenan las palabras del Presidente Fernández cuando dijo que no le importaba generar más pobreza, porque de lo único que no se volvía era de la muerte. Es probable que esté arrepentido de haber dicho eso. Los datos que arrojó el trabajo del INDEC son insultantes para cualquier país serio. Aunque la Argentina dejó de serlo hace mucho tiempo.

Seis de cada 10 jóvenes menores de 14 años son pobres. ¿Qué futuro nos espera? ¿Qué país podemos construir a partir de eso? ¿Cómo hacemos para regenerar un tejido social que los contenga? ¿Podemos darle eternidad a planes sociales que sirvieron para la emergencia pero se han vuelto un lastre para los propios beneficiarios atándolos a una realidad que los agobia?

“La única forma de disminuir la pobreza es creando trabajo”. Daniel Arroyo es el Ministro de Desarrollo Social de la Nación. Es lo que dijo con los números del INDEC en sus narices. Tiene razón, la cuestión es cómo se hace para que la Argentina crezca, genere empleo y con bajos niveles de inflación. Esa fórmula sencilla se ha vuelto un jeroglífico para la clase dirigente vernácula. Y no reconoce límites partidarios ni ideológicos. Peronistas, radicales, macristas, de izquierda o derecha, fracasaron cuando les tocó gobernar porque lo único que hicieron fue hacer más profunda aún la dependencia de los planes sociales y la ayuda estatal. No hay impuestos que alcancen ni actividad privada que pueda sostener semejante estructura. Casi la mitad de los argentinos son pobres: ¿a quién le vamos a echar la culpa?

La pandemia trae pues su secuela y ahora amenaza de vuelta. Los políticos están entonces ante la gran disyuntiva y todo indica que los papeles se les quemaron. La sociedad ya no tolera encerrarse de nuevo. Lo hizo durante meses, a costa del quebranto emocional y económico de cientos de miles, y reclama otras respuestas. Las vacunas, esa tierra prometida, llegan de a cuenta gotas y se han convertido en una quimera para millones.

Gracioso el Presidente le pidió a la oposición que, si tiene tan buena relación con el mundo, le gestionen vacunas para la Argentina. Si no fuera por el drama que estamos viviendo, se podría pensar que le escriben el diario de Irigoyen. Ya sabemos que el mundo volcó con la pandemia. Que el drama de las vacunas afecta más a los países pobres, porque a los ricos les sobran. Y que países como los nuestros, con estructuras sanitarias devaluadas, corren más riesgo de sufrir catástrofes humanitarias, como está pasando en Brasil.

Pero es inaceptable escuchar, un año después, que estamos como al principio. ¿De qué valió semejante esfuerzo? ¿De qué valieron los 57.000 muertos que tiene el país? Gobernar es tomar decisiones y pagar costos. No importa su magnitud. Somos tan particulares que, pese a no crecer, sigue habiendo inflación. Una combinación explosiva además para un año electoral. Ahhh…es cierto estamos en un año de elecciones que, al menos parcialmente, se quieren postergar.

La Argentina es lo más parecido a un ‘puching ball’. Le pegan, le pegan, le pegan, y siempre vuelve. Pero esta ocasión es dolorosa. Destino triste que todavía no podemos torcer.

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