Ciudad | Luis Castillo

Palito Ortega lo sabía

La búsqueda de la felicidad quizás no sea, en definitiva, sino otra maravillosa forma de expresar la imagen de la burro y la zanahoria.

No es fácil −como probablemente pocas cosas lo sean− definir qué es la felicidad. Desde luego, no entraremos en el facilismo de definir por la negativa: la felicidad es la ausencia de tristeza, por ejemplo; ya que esta frase en sí misma puede ocultar un oxímoron. Veamos. La nostalgia, ¿es un sentimiento triste o alegre, nos produce felicidad o nos entristece? ¿Mejor no recordar para no entristecernos o el grato recuerdo nos da fuerzas para soportar una adversidad? Pensemos, si no, en los exilios (así, en plural, porque no creo que haya un solo tipo), quien se tuvo que ir y quien se quiso ir son dos universos diferentes. Antitéticos, quizás. Y en ese exilio −que tanto involucra cambiar de pueblo como de país− la primera tabla de salvación es la memoria. Los recuerdos. La nostalgia. Curiosa palabra de no muy lejano acuñamiento (un médico suizo la creó para una tesis escrita en 1688) que está conformada por los términos griegos nostos: regreso y algos: dolor. “Dissertatio medica de nostalgia oder Heimweh” era el título de su trabajo del 22 de junio de 1688.

No está de más, ya que usted y yo tenemos tiempo, recordar de qué versaba esa tesis que significó, tanto ver la creación de un neologismo, como consignar su fecha precisa de nacimiento, cosa muy poco usual. El trabajo citado describía a un estudiante que se hallaba lejos de su tierra acompañado por alguien que podría haber sido un sirviente; ambos sufren una rara enfermedad; nadie sabe de qué se trata y obviamente, mucho menos cómo tratarla. Y los jóvenes se estaban muriendo. Una angustiante sensación de tristeza y agobio se cernía sobre ellos. Alguien les recomendó volver a casa, quizás sin decirlo explícitamente, la sugerencia era que fueran a morir a su lugar de origen; pero sucedió todo lo contrario, el regreso al hogar les devolvió la salud y la vida. Los salvó la nostalgia, el dolor por las ansias del regreso fue síntoma y alarma (como todo síntoma).

Johannes Hofer, tal el nombre del médico, a los 19 años no estaba sólo inventando una palabra sino un concepto, si se quiere sociológico y aun filosófico, ya que varios siglos atrás fue la obsesión por regresar a su patria lo que le permitió a Ulises volver a Ítaca y a Homero cantar su Odisea, así como a Platón fue la nostalgia −no de un país sino de un mundo perfecto− lo que le permitió fundar su filosofía sobre la base de la añoranza.

La felicidad, definitivamente, no es la ausencia de tristeza. ¿Qué es? Difícil es creer que alguien lo sepa, aunque desde Epicuro a la fecha sean incontables lo que intentaron definirla. Y, curiosamente, aunque no alcancemos a decir bien de qué se trata, la que puede considerarse la Constitución madre de todas las democracias −la de los Estados Unidos de América me refiero- la ubica como un derecho. Es la única Constitución que lo dice expresamente en la formulación de la Declaración de la Independencia en 1776 “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad (…)”

La búsqueda de la felicidad como derecho. Sin embargo, “la sola idea −como bien lo expresa U. Eco− de una persona que es feliz toda su vida, sin dudas, dolores o crisis, esa vida, efectivamente, parece corresponder a la de un idiota o, a lo sumo, a la de un personaje que viva aislado del mundo, sin aspiraciones que vayan más allá de una existencia sin sobresaltos.” Esa vida, ese estado, ¿puede ser real? ¿Puede ser el utópico anhelo de alguien o de una sociedad? Dejemos de lado, en este momento, los espejitos de colores de la publicidad que, como bien sabemos, no vende productos sino ideas (cuestión que retomaremos en alguna otra columna) y vayamos a la cotidianeidad de nuestras vidas. A esa cotidianeidad que (como en tantas otras ocasiones) anticipara Homero Simpson cuando en un capítulo, hablando de la imposibilidad de que algún día se divorciara, como le sucedió al papá de Milkhouse, argumentara del modo en que solo ese personaje increíble lo hace: “Marge y yo tenemos un matrimonio sólido, hecho del fuerte material de la rutina”. Y esto pudo ser apenas uno de los tantos hilarantes gags nacidos de esa serie hasta que llegó la pandemia. Y con ella esta −cada vez menos nueva− forma de relacionarnos. El individualismo dejó de ser una elección para pasar a ser casi una norma de la que es muy difícil escapar ya que la salida no está hacia afuera sino hacia adentro. El aislamiento nos obligó a convivir de una manera descarnada con esa persona a quien creíamos conocer hasta que estuvimos a solas las 24 hs con ella: uno mismo.

No es fácil darse cuenta de que la puerta de salida de nuestras casas era, no pocas veces, la puerta de escape; que lo que en los demás veíamos como rutina para nosotros era una ceremonia y lo que creíamos elegir no era sino una velada resignación de espacios y momentos. Los verdaderos, pequeños, reales, fugaces momentos de felicidad, eran relegados en la búsqueda de la felicidad para siempre. La felicidad eterna. En el momento del embarazo pensar cuánto íbamos a disfrutar del instante del nacimiento; al nacer, soñar con la alegría que nos producirían los primeros pasos, y el primer día de la escuela, y el primer… y aguardábamos ansiosos el momento en que llegara el próximo paso, la próxima etapa a disfrutar, sin caer en la cuenta de que el último eslabón, el último peldaño, es precisamente eso: el último.

Hoy, estamos viviendo la pospandemia, lo que pensábamos que quizás podría llegar, ya ha llegado; podremos seguir esperando a que el virus se muera o se aburra o se duerma o que la vacuna llegue. Esperando al modo de Godot, claro. Pero, nos guste o no, seamos conscientes o no, el futuro, lo que veíamos como futuro, ya ha llegado.

Cuando iba a la secundaria y, en las clases de historia leíamos cómo pasaba la humanidad de la prehistoria a la historia, de la época medieval a la modernidad, del oscurantismo al iluminismo, me preguntaba entonces si la gente común, el ciudadano de cualquier lugar de ese mundo tan pequeño y aislado de entonces, se daría cuenta de que estaba cambiando de era. Me pregunto ahora, si quizás no deba ir ensayando alguna respuesta para dar si, dentro de algunos años, alguien me preguntara cómo fue pasar, de la noche a la mañana, del siglo XX al siglo XXI. Si en ese momento era feliz, si soy feliz ahora, o si solo me mantiene vivo la nostalgia.

*Escritor, médico y Concejal por Gualeguaychú Entre Todos

Dejá tu comentario