“Pancho” Ramírez y La Delfina: la épica y trágica historia de amor en tiempos de caudillos
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En una época en la que las provincias se desangraban en luchas internas, surgió un líder que impulsó un moderno proyecto político que daba autonomía a Entre Ríos. Pero su figura pasaría a la posteridad atada a la de una enigmática mujer que peleó a su lado y por quien dejó la vida: La Delfina.
En los últimos días trascendió la noticia de que ingresó a la Cámara de Diputados de la provincia un proyecto que propone declarar el 29 de septiembre de cada año como el “Día del Supremo Entrerriano”, en conmemoración de la creación de la República de Entre Ríos, un hito que representa el primer antecedente de organización institucional autónoma provincial. La iniciativa, presentada por el Bloque de Juntos por Entre Ríos, busca reivindicar la figura de Francisco “Pancho” Ramírez, no sólo como parte de la historia litoraleña sino también por su importancia en la construcción de la Nación.
Además, el texto solicita la incorporación del estudio de la vida y obra de Francisco Ramírez en la currícula escolar de los niveles primario y secundario, destacando el “pilar fundamental” que asentó la organización entrerriana en la historia del país; esto contribuiría a que “las nuevas generaciones conozcan los orígenes de nuestra organización institucional y refuercen su identidad y pertenencia entrerrianas”, explicaron. De aprobarse, la iniciativa establece que el Poder Ejecutivo, a través del Consejo General de Educación (CGE), arbitrará los medios necesarios para la realización de actos y homenajes en instituciones educativas públicas y privadas.
Asimismo, el proyecto resalta que Ramírez fue protagonista de la primera experiencia de sufragio popular para la designación de un gobernante en el territorio de la actual República Argentina: el 24 de noviembre de 1820 convocó a los pueblos de Entre Ríos, Corrientes y Misiones a elegir por voto libre y directo a su Jefe Supremo, resultando consagrado por consentimiento unánime. De esa jornada surgió el título con el que la posteridad lo recuerda: el “Supremo Entrerriano”.
Una figura clave de nuestra historia
Los entrerrianos solemos ver el nombre de “Pancho” Ramírez en plazas, calles y monumentos, pero, por extraño que parezca, no siempre nos llega su historia. Cuando la escuchamos, en muchos casos es de forma vaga, más bien reducida a su trágico romance con La Delfina, la cautiva por la que murió en combate. El papel de esta mujer en la vida del caudillo llama la atención tanto por el componente narrativo de pasión, traiciones y sacrificios como por la enigmática figura de La Delfina. A continuación, un breve recorrido por el mito y los datos que, juntos, dejan certezas e interrogantes sobre esta historia.
Para entender la irrupción de Ramírez, es necesario comprender el violento contexto del Río de la Plata post-Revolución de Mayo. Nacido el 13 de marzo de 1786 en Concepción del Uruguay, Ramírez provenía de una familia acomodada vinculada a la tierra. Su figura cobró relevancia bajo el paraguas de José Gervasio Artigas y la Liga de los Pueblos Libres, combatiendo tanto al centralismo de Buenos Aires como al avance de los portugueses en la Banda Oriental y el Litoral. Como comandante artiguista, logró importantes victorias contra los lusitanos en Arroyo Ceballos (1817) y Saucecito (1818), blindando la soberanía de la región.
Pero el punto de quiebre absoluto llegó el 1 de febrero de 1820 en la Batalla de Cepeda. Junto al santafesino Estanislao López, Ramírez derrotó a las fuerzas del Directorio, provocando la caída de las autoridades nacionales y sentenciando el fin de la hegemonía porteña absoluta. Poco después, la firma del Tratado del Pilar (23 de febrero de 1820) reconoció la autonomía de las provincias, pero generó una consecuencia ineludible: la ruptura definitiva de Ramírez con Artigas, quien terminó derrotado y exiliado.
“Su triunfo en la batalla de Cepeda elimina la Constitución unitaria de 1819. Con eso se pone fin al periodo de las Provincias Unidas y da comienzo a uno de 1820 a 1830, en el que cada estado irá confirmando sus propias instituciones y autoridades”, explicó a Ahora ElDía el historiador entrerriano Gastón Buet, y apuntó que “el Tratado del Pilar que se firmó luego es uno de los pactos preexistentes de la Constitución Nacional”. Por estos motivos, remarcó que Francisco Ramírez también es muy importante para la historia argentina, y no sólo entrerriana.
Con Artigas fuera del escenario político y Buenos Aires reorganizándose, Ramírez decidió consolidar su poder ante las invasiones lusitanas (portuguesas) que asediaban Misiones. El 29 de septiembre de 1820, promulgó un reglamento en Corrientes que dio nacimiento a la República de Entre Ríos.
“Fue el primer hombre que defendió la autonomía y lo logró. Él creó la República de Entre Ríos y entonces se convirtió en el primer entrerriano, hablando políticamente. Hubo muchos hombres defensores de la política entrerriana antes que él, pero Ramírez fue quien logró realmente llevarla adelante. Si bien la República de Entre Ríos fue muy efímera, resultó muy importante: abarcaba el territorio de Entre Ríos, Corrientes y Misiones. Nunca tuvo un sentimiento separatista, sino que lo que indicaba era que quería el modo republicano para gobernar, con la división de poderes y demás”, señaló Buet.
Se trató así de una entidad política y militar federada que agrupaba a las tres provincias en un frente unido. Pero lo destacable de esta experiencia política fueron las reformas de orden civil que introdujo en sus breves diez meses de vida. En el Reglamento de la República de Entre Ríos, Ramírez demostró su gran capacidad como estadista: entre otras cosas, el documento estableció una amnistía general para pacificar la región tras los conflictos previos con el artiguismo y el centralismo porteño; ordenó el primer censo regional de las Provincias Unidas y reactivó la economía impulsando la ganadería y la agricultura; estructuró las instituciones del nuevo Estado, organizando las fuerzas armadas, la Justicia y el sistema de correos; y declaró la educación primaria como obligatoria, “hasta saber leer, escribir y contar”.
La Delfina: un enigma con peso propio
Fue durante este período de guerras continuas contra los portugueses que La Delfina entró en la historia de Ramírez. De origen portugués o brasileño, la historiografía la ubica como una cautiva recuperada o desertora que decidió seguir a las tropas federales y entabló un romance con Ramírez.
“La Delfina era su compañera de campaña. Él tenía a su prometida en Concepción del Uruguay, Norberta Calvento, pero su amante fue Delfina. No se sabe bien quién es; si Delfina era su nombre, su apellido; si era morocha, rubia, solo se sabe que la llamaban La Delfina. Se supone que la conoció en las campañas de la Banda Oriental”, comentó Buet.
Su origen admite muchas conjeturas. Una teoría la ubica como hija de un hombre perteneciente a la nobleza con el grado de “Delfín” en el Imperio de Portugal, Brasil y Algarbes, e indica que habría nacido en Río Grande hacia 1798. Otra, la hace porteña y le da como nombre María Delfina Menchaca.
El lugar que las mujeres tenían en las guerras independentistas y civiles estaba confinado al apoyo logístico: eran enfermeras, cocineras o cantineras. La Delfina rompió esta jerarquía. Vestía chaquetilla roja, montaba como un soldado, portaba armas y combatía como lancera dentro de la estructura militar de Ramírez. La llamaban “La Coronela”.
“Ella estuvo presente en los acontecimientos de 1820. Acompañó a Ramírez en el Tratado de Pilar. Estaba a la par de él, y que una mujer estuviera en ese momento cuando se hacían tratativas de paz o se pactaban acuerdos no era lo normal”, apuntó por su parte Ana Gandola, Licenciada y Profesora de Historia de nuestra ciudad, otra de las fuentes consultadas por este medio.
Lejos del rol pasivo de “amante abnegada”, La Delfina se ubica como una protagonista activa en su historia. Y aunque su caso representa la excepción y no la regla, no fue el único, ya que la historiografía moderna señala que existieron otras mujeres que empuñaron las armas dentro del bando federal y artiguista.

La tragedia de Río Seco y las dos muertes del Supremo
El experimento republicano se desmoronó por divisiones internas, la traición de Estanislao López y el asedio de las tropas porteñas y cordobesas. En una desesperada campaña hacia el norte, las fuerzas menguadas de Ramírez fueron acorraladas por una partida de hombres enviados por el gobernador de Córdoba, Juan Bautista Bustos. El desenlace tuvo lugar el 10 de julio de 1821, cerca de Chañar Viejo y San Francisco del Río Seco (Córdoba). La historia documenta dos versiones bien diferenciadas sobre el instante fatal.
La primera, ampliamente difundida por la literatura y la tradición oral, sostiene que Ramírez y sus hombres ya habían evadido la emboscada enemiga. Al escuchar los gritos de La Delfina, quien había quedado rezagada y atrapada en la retaguardia, Ramírez giró su caballo y se internó en el fuego cruzado para rescatarla. Tras lograr que ella huyera, recibió un disparo, cayó de su caballo y fue lanceado.
La otra versión, registrada en apuntes tardíos de su oficial de confianza, Anacleto Medina, relata cómo, en plena persecución, Ramírez observó que al mando de la partida enemiga se encontraba un antiguo ayudante suyo que lo había traicionado. Ciego de ira, el caudillo dio la vuelta a su caballo, dispuesto a cobrarse la traición él mismo, pero fue abatido.
Cualquiera haya sido el motivo real por el cual volvió a la línea de fuego, el resultado fue fatal, y los medios atroces: su cabeza cortada fue enviada como trofeo a su examigo Estanislao López y exhibida públicamente en una pica en Santa Fe.
Mientras tanto, La Delfina protagonizaba un escape de leyenda. Rescatada en la balacera por Anacleto Medina, el pequeño grupo de sobrevivientes emprendió un durísimo derrotero burlando a sus captores y atravesando la región del Chaco hasta lograr retornar a Entre Ríos. Pero la provincia ya no era suya: la República había sido desmantelada.
“Utilizaron a su amor para poder someterlo porque no había otra manera. Ramírez era un hombre muy diestro y planificaba los combates, tenía una agudeza propia quizás de la experiencia, pero también de la viveza del criollo de la zona. Lo que mandaba a hacer era enseguida aceptado y seguido a ojo cerrado por todos sus gauchos”, comentó Gandola, e hizo mención a la odisea del regreso de La Delfina y sus compañeros: “Tuvieron que dar toda una vuelta muy grande por el Norte para perder a los grupos que los buscaban para matarlos. En el camino tuvieron privaciones de todo tipo hasta llegar al Río Paraná y poder adentrarse en la provincia”.
El final de ambas mujeres también fue triste, y las dos vivieron hasta sus últimos días en Concepción del Uruguay. Norberta fue la dueña del luto “legítimo”, vistió de negro y falleció soltera en 1880 a los 90 años; la tradición oral y diversos relatos históricos señalan que fue enterrada con el velo o vestido de novia que nunca pudo usar. La Delfina, en cambio, murió marginada mucho antes. En los archivos de la Parroquia de la Inmaculada Concepción, el vicario Agustín de los Santos inscribió su sepultura el 28 de junio de 1839. El documento dice solamente: “Sepulté con entierro rezado el cadáver de Ma. Delfina (...) portuguesa soltera”. Deja un espacio en blanco en su apellido.
Dos siglos después, la historia de Francisco Ramírez y La Delfina nos llega en esa delgada línea donde el rigor documental se funde con el mito popular. Aunque la épica del amor trágico y el enigma de la guerrera sigue cautivando nuestra imaginación, el verdadero peso de Ramírez reside en su moderna visión de Estado, y en cómo pagó con su vida el atrevimiento de pensar un territorio autónomo frente al centralismo porteño.

