Opinion |

Paraísos infantiles o desiertos inhóspitos

El niño confía en los adultos que reconoce como de su familia. ¿Podríamos decir que esto sucede inevitablemente, que no tiene otra alternativa? Tal vez. Pero más bien me animo a pensar que es una confianza que le agrada y estimula. Alguien cuida de él. Si llora es escuchado y atendido.

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano

Ante el peligro hay quien le toma de la mano o lo abraza para protegerlo.

En la enfermedad siente el calor de labios o mejillas que le toman la fiebre con esos “instrumentos de ternura” que miden más que niveles de temperatura; hay quienes curan y cuidan.

Cuando se viene la noche y todo es oscuridad o tinieblas, otro le indica el camino.

Duerme tranquilo; alguien vela por sus sueños y fantasías, y también lucha contra sus pesadillas de monstruos y situaciones de miedo.

El niño confía.

Juega, canta, se divierte; no trabaja.

Crece, no se estanca. Con cada mímica de padres, tíos, abuelos y amigos, aprende movimientos de su cuerpo.

Desarrolla la imaginación en cada cuento que se le lee, en cada historia que escucha, en cada novela que le fascina.

Todo este paraíso se transforma en áspero desierto (cuando no en infierno) cuando sus pies descalzos pisan el barro frío por falta de calzado. Como un signo elocuente de infancia postergada, su vida es invisible para buena parte de la humanidad, aun de la más cercana. Sus horizontes sumergidos en la densa niebla que no despeja. A veces son usados para la mendicidad, maltratados o echados de “lugares públicos”. Cuántos son carne de cañón para transportar “paquetes" que les encargan, o entrenados para robar desde pequeños.

Cuando su familia es forzada al exilio sufren el desarraigo y les invade inseguridad y temor. La falta de certeza por el mañana cercano es un peso grande.

Jesús dijo que “hay que ser como niños para entrar en el Reino de los cielos”. Él nos pide estar cerca de los más pequeños e indefensos. No miremos para otro lado. Dejemos que la realidad nos duela e interpele.

Quienes quieren de verdad a los niños son los catequistas. Ellos comparten la alegría de la fe. Les enseñan a rezar y confiar en el amor de Dios. Les ayudan a abrir el corazón a La Palabra, a prepararse para recibir a Jesús en la Eucaristía, integrarse a la vida de la Comunidad.

Sin embargo, no está de más recordar que los padres son los primeros catequistas de sus hijos, a eso se comprometieron el día del Bautismo junto con los padrinos y madrinas. Pienso también en los hogares en los cuales esta misión hermosa hoy es desarrollada por los abuelos. Ellos pasan muchas horas con los nietos y les enseñan a juntar las manos para decir algunas sencillas oraciones que quedarán grabadas en el corazón.

En estos días se realizan Encuentros con Catequistas en varias Diócesis por la cercanía con la memoria de San Pío X, patrono de los Catequistas. Hagamos una oración de acción de gracias a Dios por quienes semana tras semana comparten la alegría de la fe con pequeños, jóvenes y adultos en nuestras comunidades.

*Arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

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