Paseos del Estudiante: cuando una tradición se convierte en memoria
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En este mes particular con respecto a la vida estudiantil, el Museo de la Memoria Popular “Osvaldo Delmonte”, hoy ubicado en Casa De Deken, presenta una propuesta que invita a la comunidad a reconstruir a través de fotografías la historia de los Paseos del Estudiante.
Hay recuerdos que parecen pertenecer solamente a la historia personal, pero cuando se comparten, empiezan a formar parte de la memoria de una comunidad. Una fotografía, un paisaje, un grupo de compañeros, un uniforme, una bicicleta, un almuerzo al aire libre o simplemente una imagen de aquellos días de primavera puede convertirse, con el paso del tiempo, en pequeños fragmentos de la historia de una ciudad.
En Gualeguaychú, los Paseos del Estudiante forman parte de esos recuerdos compartidos. Para distintas generaciones, septiembre estuvo y está asociado a salir de la escuela, encontrarse con los compañeros, recorrer determinados lugares y disfrutar de una jornada diferente. Pero detrás de esa costumbre hay mucho más que una celebración estudiantil: hay una práctica que fue cambiando con el tiempo y que permite observar cómo se transformaron las formas de relacionarnos, de ocupar los espacios públicos y de vivir la ciudad.
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Desde el Museo de la Memoria Popular se propone recuperar parte de esa historia a través de una iniciativa que invita a la comunidad a compartir fotografías de los distintos Paseos del Estudiante. La convocatoria se enmarca en “Paseo del Estudiante: Memorias Compartidas”, una propuesta que involucra a varias generaciones.
¿Por qué pedir fotografías? Porque los archivos personales también cuentan la historia. Durante mucho tiempo se pensó que los conceptos patrimonio y memoria eran solo documentos oficiales, edificios, objetos antiguos o grandes acontecimientos. Sin embargo, una fotografía familiar, una imagen guardada durante décadas en un álbum o una foto escolar que alguien conserva en una caja también puede aportar información valiosa sobre nuestro pasado, puede permitir reconocer a quienes ya no están, recuperar nombres, identificar paisajes que cambiaron y, sobre todo, recordar experiencias que forman parte de la identidad de quienes las vivieron.
Las fotografías son fuentes primarias que invitan a descubrir más historias que aparecen alrededor de ellas a través de interrogantes: ¿Dónde se hacía el paseo? ¿Quiénes participaban? ¿Cómo se organizaba? ¿Qué anécdotas quedaron de aquellas jornadas? ¿Qué lugares eran los más elegidos? ¿Cómo fueron cambiando esas costumbres?
Las respuestas forman parte de un patrimonio intangible que muchas veces permanece en la memoria de las personas hasta que alguien pregunta por él. Por eso, esta propuesta también tiene algo de encuentro entre generaciones. Quienes fueron estudiantes hace décadas pueden aportar una fotografía y contar cómo era aquel paseo en su época.
Con todo ese material se proyecta una muestra que permita recorrer cronológica y temáticamente esta tradición local. La intención es que las fotografías puedan volver a encontrarse con la comunidad, pero esta vez en un espacio público de memoria, donde puedan ser observadas no solamente como recuerdos personales, sino como parte de una historia colectiva.
Las imágenes, que se digitalizan y se devuelven, pueden acercarse al Museo en 25 de mayo 734 de lunes a viernes de 7 a 13 horas y sábados y domingos de 10 a 13 y de 16 a 20 horas. También pueden enviarse por WhatsApp al (3446) 571227.
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Los antecedentes de esta tradición se remontan varias décadas atrás. Entre los recuerdos que sobreviven aparecen los primeros paseos vinculados a la Escuela Normal “Olegario Víctor Andrade”, donde los estudiantes se reunían para celebrar su día con actividades recreativas y deportivas. Con el paso del tiempo, aquella celebración fue adquiriendo nuevas formas y una organización cada vez mayor.
Durante buena parte de su historia, los paseos estuvieron atravesados por una imagen que hoy resulta casi imposible imaginar: los camiones. Los estudiantes subían a estos vehículos y recorrían la ciudad en caravana, acompañados por otros colegios. El paseo no terminaba simplemente en el lugar elegido para pasar el día; el propio recorrido por las calles formaba parte de la celebración.
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En aquellos años existía toda una organización alrededor de los paseos. Las escuelas, docentes, familias y estudiantes participaban de distintas maneras y se conformaban comisiones para coordinar las actividades. Era una verdadera experiencia colectiva que involucraba no solamente a quienes iban al paseo, sino también a una ciudad que veía pasar esas caravanas y reconocía en ellas una de las postales propias del mes de septiembre.
La calle 25 de mayo fue durante mucho tiempo parte de ese paisaje. Allí se concentraban estudiantes y vecinos y pasaban las caravanas que regresaban de los paseos. Pero las tradiciones también tienen momentos que las transforman, uno de ellos fue una tragedia que marcó para siempre la historia de los Paseos.
En uno de esos recorridos, una estudiante viajaba junto a otros estudiantes en un camión. Al ingresar por 25 de Mayo y doblar en la esquina de San José, la jaula del vehículo se enganchó con un balcón y se produjo el accidente que terminó con la amputación de su pierna. A partir de este suceso, la forma de organizar los paseos comenzó a cambiar. Aquello que durante años había sido vivido como parte natural de la celebración empezó a ser revisado desde otra perspectiva: la de la seguridad de los estudiantes. El transporte dejó de ser un aspecto librado a las costumbres de cada época y pasó a estar sujeto a normas y condiciones específicas.
También cambiaron las formas de organización. Los paseos que alguna vez podían reunir a numerosos colegios en una misma jornada fueron dando lugar a propuestas organizadas por cada institución, de acuerdo con sus posibilidades, sus proyectos y las normativas vigentes. Hoy no existe necesariamente aquel único día en el que toda la ciudad veía desfilar a los estudiantes: cada escuela puede establecer su propia fecha, su lugar y su modalidad de celebración. El cambio no significa que la tradición haya desaparecido. Por el contrario, quizás una de las características más interesantes de una tradición sea precisamente su capacidad de transformarse.
Hoy los estudiantes siguen compartiendo una comida, juegos, música, actividades recreativas y momentos de encuentro. Cambiaron los transportes, los lugares y algunas costumbres, pero permanece algo esencial: la necesidad de encontrarse con otros, celebrar el paso por la escuela y construir recuerdos junto a los a los compañeros.

