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Pasó el primer mes y el Presidente se enfoca en lo más urgente

Y Alberto va. Cumplió el primer mes de gestión con una prioridad bien clara: estabilizar la economía. Atender la emergencia social y cuidarse de mandar señales al exterior que no hará locuras. ¿Le alcanza? Recién arranca aunque algo le quedó claro: la luna de miel es algo que quedó para los libros de historia o de análisis político. Las urgencias de la práctica se la devoraron hace rato.

Jorge Barroetaveña

El primer mes de Alberto llegó con una buena noticia, al menos para los pragmáticos: el Fondo Monetario le dio el ok a las primeras medidas que, sostuvo, van en camino de la salud fiscal. El ‘elogio’, debe haberle llevado algo de tranquilidad al Ministro Guzmán que ha visto avanzar poco y nada las renegociaciones por la deuda en las últimas semanas. Es que el paquete de ajuste que en tiempo récord aprobó el Congreso fue la primera señal concreta del nuevo gobierno que no estaba dispuesto a hacer nada raro. ¿Tenía margen para otra cosa? Seguramente no, pero las sirenas de los agoreros avisaban que las posturas del kirchnerismo se impondrían en la nueva gestión. Al menos en los grandes trazos eso todavía no ha pasado.

Debe convivir claro con una situación externa explosiva, que todos los días ofrece algo novedoso, para mal y no para bien precisamente. Los eternos problemas de Venezuela volvieron a poner a la Argentina en una encrucijada. Solá tuvo que hacer malabarismos, aunque su postura crítica a la toma de la Asamblea Nacional por parte del chavismo, puso al flamante gobierno, por primera vez, más cerca de Estados Unidos. Aunque Diosdado Cabello ya les avisó que tendrán que decidir de qué lado están.

Venezuela es un grano en la política exterior argentina y el gobierno deberá acostumbrarse a convivir con ello. Dicen que de los laberintos hay que salir para arriba.

Por suerte la escalada del conflicto entre Estados Unidos e Irán movió el foco de atención de los sucesos externos, aunque esa realidad volverá una y otra vez. Fernández deberá hacer equilibrio entre su propia ideología y las necesidades de un gobierno para atemperar el temporal externo. Si acierta será todo su mérito. Si le pifia estará en problemas.

Fiel a su historia el peronismo disciplinado sigue los pasos de su nuevo jefe. Si bien el poder luce repartido, con grandes influencias de Cristina, la lejanía y el silencio de la jefa, contribuyen a hacer poco ruido y eso favorece los planes del Presidente. Eso no oculta la injerencia del kirchnerismo en el armado y la distribución de los cargos: hay puestos claves y organismos pesados que quedaron en manos de los K o referentes de ese sector. Por ahora no hacen olas. Habrá que esperar a que la situación se estabilice.

Sabedor como pocos a la hora de negociar, el Presidente tuvo que ir en auxilio de Kicillof en Buenos Aires. El flamante mandatario bonaerense creyó que con cuatro gritos le iba a arrancar a la oposición su versión del ajuste pero le salió el tiro por la culata. No sólo porque Juntos por el Cambio tiene mayoría en el Senado de Buenos Aires, sino también por la propia indiferencia de los intendentes peronistas, la mayor parte de los cuales se quedaron afuera del armado provincial. Y disimuladamente, como suelen hacer, le pasaron factura, recordándole quién tiene el verdadero poder.

Sostienen que Cristina salió en su auxilio y le pidió al Presidente que le diera una mano. Fernández levantó el teléfono y habló con varios. Incluso con los jefes políticos de la oposición. Si hasta Vidal se habría involucrado en las negociaciones. Ojo, no es que debatían el futuro de los bonaerenses. Debatían otro ajuste liso y llano, sus alcances y dimensiones y quiénes lo pagarían. Nada novedoso a esta altura. Ofuscado, porque al final salió un engendro, Kicilloff cargó duro contra la oposición. ¿Se habrá dado cuenta que en territorio bonaerense hay que hacer de la negociación política un ejercicio permanente? Recién empieza. Tiene tiempo para aprender.

En la mira está la Ciudad Autónoma. Avisó Cristina hace un tiempo cuando describió que ‘hasta los helechos tienen luz en Capital y en La Matanza la gente vive entre el barro’. Como si fueran los porteños los responsables de eso y no el peronismo que ha gobernado de toda la historia ese enclave bonaerense. Sería como echarle toda la culpa a los radicales de la pobreza de Concordia.

¿Influye que el electorado porteño sea reacio a votar al peronismo? Habría que ser muy ingenuo para no pensarlo. Lo cierto es que la poda está a tiro de decreto y Larreta se prepara para resistir, aunque no con demasiada enjundia. Es una buena parábola. A Larreta le pasa lo mismo con Fernández que a este con el Fondo y su correlato de Estados Unidos. La necesidad es más grande que el espíritu de rebelión. Y el Presidente aprovecha y muestra un poquito la punta del látigo. La fila de gobernadores para hablar con De Pedro da vuelta la esquina de la Casa Rosada. Fiel a su estilo poco sutil, el peronismo avisa que volvió, por si alguno no se dio cuenta. Por ahora con un poco de disimulo. ¿Durará mucho tiempo?

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