Pastillas, clase media y deseo
“Humanos en apuros cotidianos que, muchas veces, echan mano de ese dispositivo planteado con pastillas de rápida acción –el blister- sin pasar por un consultorio para pedir una receta”.
Eso se lee en “La Argentina ansiolítica”, el artículo de Valeria Shapira, aparecido este domingo en el diario La Nación, en el cual se ahonda en esta manía argentina de empastillarse.
El alegre consumo de psicotrópicos aparece como el atajo químico con el que los sectores de poder adquisitivo medio y alto autóctonos lidian con la inseguridad económica.
Se trata de verdaderas drogas sociales para la vida social. Tranquilizantes como Rivotril y Alplax, seguidos por Clonagil, Tranquinal y Lexotanil, por ejemplo, sirven para mitigar los pesares cotidianos.
Muchos profesionales y ejecutivos recurren a distintos psicofármacos, por lo general recomendados por amigos, para mantenerse al límite del rendimiento, en un contexto hipercompetitivo.
Las estadísticas revelan que la Argentina destaca entre los países donde se verifica la “medicalización” de la vida cotidiana. El consumo de pastillas destinadas al sistema nervioso central -principalmente ansiolíticos, antidepresivo, hipnóticos y sedantes- va en ascenso.
Hace poco el Indec reveló que durante el último trimestre de 2007 los argentinos gastaron 362 millones de pesos en estos remedios, más del doble que en 2003. Para los investigadores, la tendencia se explica por la crisis política y económica que vive el país.
Pero como bien aclara Shapira, el fenómeno no es tan simple. Es decir, no todo es atribuible a los vaivenes de la política local. En principio, se estaría en presencia también de una morbidad epocal.
El estilo de vida occidental, dominado por un ideal de felicidad centrado en el bienestar material, forja un tipo de personalidad que sólo admite el éxito y no tolera el fracaso en ese plano.
Hay, por tanto, cierta axiología de época que hace de telón de fondo a la patología. El hombre contemporáneo, obsesionado por la exclusiva búsqueda de la felicidad en términos hedonísticos, vive en un estado de permanente insatisfacción.
Dicho estado lo hace indiferente a lo que posee y ávido de lo que le falta. No resulta fácil sentirse feliz en una cultura que fabrica todo el tiempo nuevas y falsas necesidades.
La sociedad de consumo exacerba todo el tiempo nuestro deseo. Y como ha enseñado Arthur Schopenhauer: todo deseo es sufrimiento hasta que no es satisfecho y cada satisfacción es sólo el punto de partida para un nuevo deseo.
Se observa aquí una cadena sin fin. Los hombres, en un punto, somos máquinas deseantes. Estamos sometido a un querer sin término. Por eso entre deseo y satisfacción no puede lograr un equilibrio permanente.
El drama es que mientras la exigencia del deseo es infinita, su satisfacción es limitada. La filosofía y las religiones han intentado dar una respuesta a esta asimetría.
Pero nuestra cultura materialista no ha hecho más que exacerbarla. En este contexto, los ansiolíticos y antidepresivos, su abuso por los sectores medios, constituyen una solución pasajera a un malestar más profundo.
Las drogas sociales, o la medicalización de la vida cotidiana, reflejan la contradicción de la cultura del bienestar dominante, que siempre promete más de lo que está en condiciones de dar.
A la vez, reactualiza el concepto de felicidad humana. ¿Qué es ser un hombre feliz? ¿Cuál es la felicidad posible en este mundo?.
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