Pastillas, contra los sinsabores diarios
El uso de psicofármacos para tolerar las contradicciones de la vida es una práctica muy extendida. Y recuerda la sociedad distópica descrita por Aldous Huxley, donde un producto sintético hacía feliz y dócil a la población.A veces con acuerdo del médico, y otras por la vía de la automedicación, las personas consumen fármacos para superar trances difíciles, como insomnio, estrés, ansiedad, temor a engordar o disfunciones sexuales."Hay cierta ilusión de que hay una pastilla para todo, y es verdad que muchas funcionan, pero otras no", reconoce Daniel Bogiaizian, actual presidente de la Asociación Argentina de Trastornos de Ansiedad.El especialista, en declaraciones al diario La Nación, comentó que en la consulta médica se ve a mucha gente dispuesta a tomarse algo para lidiar con los síntomas, antes de hacer una terapia que ataque las causas emocionales del problema."El problema no es la medicación, sino cuál es su uso", afirma por su lado Horacio Vommaro, jefe de psiquiatría y salud mental del Instituto de Neurociencias Buenos Aires (Ineba)."Hay medicación que ayuda a resolver o paliar mucha sintomatología y muchos cuadros, lo que pasa es que frente a un pedido de un paciente siempre hay que asegurar la racionalidad de su uso", indicó.En este sentido, la automedicación se ha convertido en una práctica peligrosa. "Como resultado de una cultura de la rapidez y de la inmediatez, la medicación circula en la vida cotidiana -sostiene- . Hoy una persona que habla con otra que no puede dormir no duda en decirle que tome algo que a ella le hizo bien".Ahora bien, una administración a ciegas de psicofármacos, sin control médico estricto, puede tener efectos colaterales desastrosos. Estas drogas pueden crear dependencia en el organismo.Cuando esa sustancia es suspendida el cuerpo la "extraña", nota su ausencia: es lo que se conoce como "síndrome de abstinencia". Pero entonces, el paciente en cuestión se ha transformado en un adicto.El hecho es que en pleno siglo XXI los psicofármacos figuran entre los principios activos más vendidos del mundo, y han pasado a formar parte de nuestra vida cotidiana.Se trata de una expansión que no deja de ser inquietante. Porque se suma a las otras drogas imperfectas de alto consumo, como el tabaco, el alcohol, la heroína, la cocaína, entre otras.En su novela "Un mundo feliz", el escritor inglés Aldous Huxley imaginó en 1932 una sociedad siniestra, con niños de probeta perfectamente acondicionados y estratificados socialmente, donde el placer estaba al alcance de la mano: el soma, que era una droga ideal.Las pastillas se usaban a discreción en momentos de depresión y apocamiento. El sistema político había encontrado, así, un narcótico mágico contra la inadaptación personal, la inquietud social y la difusión de las ideas subversivas.Invirtiendo la frase de Carlos Marx, "la religión es el opio del pueblo", Huxley llegó a decir más tarde que en su libro "el soma es la religión del pueblo". En una sociedad que se había propuesto alcanzar la felicidad a cualquier precio -sobre todo a costa de la libertad y el pensamiento- el soma producía una huida química ante la frustración diaria.Actuaba cuando la sociedad dejaba de satisfacer algún deseo individual, trocando la insatisfacción en un consuelo. Es decir, el paraíso artificial, la utopiácea, había sido alcanzado.¿Es posible que nos acerquemos a un mundo donde la felicidad la garanticen las pastillas?
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