Ciudad | Luis Castillo

Pato trabaja en una carnicería

La palabra solidaridad proviene del latín soliditas (sólido, solidez) en clara referencia a la sensación de algo físicamente entero, unido, compacto; después de transitar caminos que llevaron este término por la religión, la filosofía, la jurisprudencia y la sociología; hoy –creo yo- no podemos reducirla a la adhesión circunstancial hacia una causa de otros, como se suele afirmar. Es algo que hacemos entre todos y para todos. Sino nada.

Actualmente, el concepto de solidaridad se asocia a la idea de adherir o participar de algún proyecto o causa llevada adelante por una persona o institución y por la sola necesidad de creer que estamos apoyando una causa justa y seguramente legítima. Lo que sustenta todo esto, en definitiva, sería la sensación de estar ayudando al prójimo.

Usé la palabra prójimo. Y su utilización no es de ningún modo inocente ni ingenua, sino que la utilicé porque está invariablemente asociada a valores de neto raigambre religioso. Cristiano, más precisamente. Donde, de algún modo, no pocas veces se confunde con la palabra caridad, una ayuda que se da al necesitado y que, en muchos casos, no deja de ser un acto, que apenas sirve para tranquilizar la conciencia del quienes la llevan adelante pero que, en definitiva y aunque eso poco importe, no transforma de raíz la situación problema. Con la caridad, en términos políticos, se acostumbra a la gente a la beneficencia, como si fuera algo natural que existan ricos y pobres; desde lo social, no deja de ser un acto de grandeza -justamente porque se es grande- hacia los más necesitados o desprotegidos. La solidaridad, en cambio, es otra cosa.

Veamos un poco de historia. Ya en el Digesto de Justiniano, año 533, durante el imperio romano, se hablaba de solidaridad unido al término solidariamente, es decir, ser responsable junto a otro respecto de algo (los que han salido alguna vez de garantes saben de lo que hablo ya que, para el derecho, se entiende que los socios son solidarios cuando son responsables por la totalidad de las obligaciones).

Más adelante, la teología cristiana adoptó, ya con una clara connotación comunitaria, este término en referencia a la idea de que todos los hombres, iguales por ser hijos de Dios, están vinculados estrechamente en sociedad. Es decir, el concepto de solidaridad está asociado al de fraternidad: la búsqueda del bien común por el solo hecho de que todos somos iguales gracias a la filiación divina.

Posterior a la filosofía patrística -San Agustín, Santo Tomas de Aquino- algunos pensadores comenzaron a preguntarse, con relación a la solidaridad, si el hombre -genéricamente hablando, claro- es egoísta por naturaleza y es la sociedad la que lo vuelve, eventualmente, solidario o si, por el contrario, su esencia es altruista y la sociedad lo lleva irremediablemente al individualismo. Una buena oportunidad para recordar al filosofo ingles Tomas Hobbes cuando, parafraseando al comediógrafo Plauto (año 250 A.C.) afirmaba: “Homo homini lupus”, El hombre es un lobo para el hombre.

El sociólogo francés Émile Durkheim, allá por 1900, fue quien comenzó a hablar de un interesante constructo: solidaridad social. El concepto de solidaridad ubicado en la conciencia colectiva de las sociedades y como motor de las mismas. Postulaba que los diferentes grupos sociales que conforman una comunidad necesitan de la solidaridad para el desarrollo de un sinnúmero de actividades para las cuales deben colaborar y apoyarse mutuamente, de otro modo, una sociedad sería insostenible como tal. A diferencia del concepto clerical que venía de arrastre desde el Medioevo, el padre de la sociología hacía una diferenciación entre lo que él llamaba solidaridad mecánica, que es la se realiza por similitud entre los sentimientos de las personas, y la solidaridad orgánica, que es la que se realiza dentro de las diferencias entre las personas, cada una ocupando un rol distinto. De este modo, dejaba de lado la idea de la solidaridad como una entrega al otro (recordemos el concepto de caridad) y pasa a ser considerada -la solidaridad- en términos de una acción conjunta.

Nuestro país, nuestra ciudad y cada uno de nosotros estamos atravesando una crisis de la que cuesta imaginar cómo y cuándo saldremos. Es entonces cuando este concepto debe cobrar nuevos significados sin perder sus orígenes, pensarnos como sociedad indivisible en la que cada uno de sus miembros es fundamental para el sostenimiento de ese tejido social lastimado y frágil. Las tres grandes religiones monoteístas como así también el enorme movimiento filosófico que es el budismo coinciden en una premisa básica: no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan. Yo me pregunto, ¿en este momento, la consigna no sería:” hagamos por los demás los que nos gustaría que hicieran por nosotros? Digo. Se avecinan aciagos tiempos económicos y sociales, la política debe estar a la altura de las circunstancias y quienes actuamos en política debemos ser más creativos, responsables y solidarios que nunca. La ideología nos separa -eso es bueno y saludable-, que el bien común nos encuentra codo a codo.

En la década de los 70´uno de los precursores del rock nacional, Moris, cantaba un tema que los jóvenes de entonces repetíamos en cada encuentro, en cada guitarreada: “Pato trabaja en una carnicería” y comenzaba diciendo: Todo empezó con el chiste que decía/ Lo tuyo es mío y lo mío es mío/ No comprendimos que eso sería/ Lo que algún día nos heriría.

*Médico – Concejal del vecinalismo

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