Editorial |

Patrones estéticos y desórdenes alimentarios

Los adolescentes, particularmente, son sensibles a un contexto social en el cual la gordura produce vergüenza. Pero esto los puede conducir a exigencias corporales patológicas.


El ideal estético de la época, centrado en la hiperdelgadez, genera una insatisfacción permanente con el propio cuerpo. Lo que ocurre es que esa imagen instalada en el imaginario colectivo está más allá de la biología real.

Querer ajustar el cuerpo, por tanto, a ese patrón estético supone en muchos casos una exigencia sobrehumana. La obsesión por la delgadez, ya se sabe, se está cobrando víctimas.

En los últimos años, hubo casos de modelos que fallecieron por trastornos alimentarios. Esas chicas que querían estar excesivamente flacas, en realidad estaban enfermas.

Los dos desórdenes alimentarios más comunes, la bulimia y la anorexia, se han convertido así en la amenaza a la salud de los más jóvenes. En la etiología de estos desarreglos, dos rasgos psicológicos dominan: el miedo a adquirir peso y la delgadez como meta valiosa.

Pero detrás de esas variables psicológicas, está el condicionamiento cultural, la presión social en torno a una imagen idealizada del cuerpo, que actúa en muchos sentidos como una voz de mando tiránica.

La comparación que hacen los adolescentes entre su ‘yo’ real y su ‘yo’ ideal social entran en peligrosa colisión, llevándolos a algunos a la auto-denigración destructiva.

La percepción del propio cuerpo, así, no coincide con el ideal, generando gran angustia y sentimientos extremistas para consigo mismo. Allí abrevan, en definitiva, los trastornos en la alimentación.

La Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia ha informado recientemente que las consultas sobre alteraciones de la conducta en el acto de comer, aumentaron 50% durante los últimos diez años.

“Hemos registrado un incremento en los casos así como en las consultas en nuestros centros de atención, especialmente en la época en que inician las clases y en la primavera”, comentó Mabel Bello, fundadora de la entidad.

“Los adolescentes y sus familias consultan más porque se ha difundido mucho la existencia de estos trastornos. También se habla de ellos en las escuelas y los médicos están más capacitados para identificar síntomas y derivaciones”, apuntó.

Como se sabe, la anorexia es la disminución significativa de la ingesta de alimentos, dominada por una conducta base de negación del hambre. En tanto que la bulimia es el cuadro contrario: comer más de la cuenta en secreto, seguido de un sentimiento de culpa, que a su vez desencadena conductas purgativas.

Entre los síntomas de estos trastornos alimentarios figuran: cambios en la forma de comer, bruscas alteraciones en el peso, cambios de carácter, falta de menstruación en las mujeres, o ejercicio físico compulsivo en los varones.

Según Débora Setton, de la Sociedad Argentina de Pediatría, las consultas sobre estas enfermedades han crecido porque aumentó también la conciencia social sobre ellos.

“Pero no ha variado mucho la presión social por la delgadez. La televisión sigue mostrando cuerpos artificiales. Y por momentos, los chicos se ven desbordados con las exigencias y se autoagreden con dietas, alcohol, o drogas de abuso”, afirmó.

Todo indica, por tanto, que los patrones culturales de atractivo físico, o el modelo hegemónico de belleza, influyen en la percepción que tienen las personas sobre su propio cuerpo.

Dicho modelo exalta la delgadez como valor primordial. Pero se está en presencia de una idealización absoluta, sin correspondencia con la diversidad biológica real.

Esta brecha está detrás de los trastornos alimentarios.

 

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