Editorial |

Periodismo, un oficio en constante mutación

Diario EL DÍA, que hoy celebra su 37º aniversario, es parte de una actividad, el periodismo, que ha ido evolucionando junto con el cambio social y tecnológico.

Aquí y en el resto del mundo, el periodismo nació vinculado a la política, como expresión de las ideas y los intereses de grupos determinados que perseguían el poder.

El alemán Max Weber, uno de los fundadores de la Sociología, en una conferencia dictada en Munich en 1919, sostuvo que la relación original del periodismo con la política se debía a la importancia que tenía la palabra impresa.

Los periódicos en el siglo XIX pasaron a transformarse en Occidente, así, en instrumentos de diversos partidos y fuerzas políticas en lucha por sus propios intereses.

Cada grupo buscó tener su propia prensa, en el convencimiento de que el poder no sólo se jugaba en el campo de las armas, sino también en el de la opinión pública naciente.

“Con la bayoneta, sire, se puede hacer todo menos una cosa: sentarse sobre ella”, le advertía a Napoleón el ministro Tayllerand, sugiriendo que el ejercicio del mando no debe entenderse como fuerza sino como consentimiento.

La lucha debía librarse, por tanto, en el terreno del sistema de opiniones, ideas, preferencias, aspiraciones, propósitos. “Prensa facciosa”, así se llamó a la primera etapa del periodismo.

Por entonces esta actividad no se proponía informar objetivamente. La función que cumplía era la de ser un vehículo de opinión, donde un grupo de personas propaga sus ideas políticas.

Pero el fenómeno de la industrialización, que trajo aparejada la llamada sociedad de masas, modificó al periodismo. La extensión de la alfabetización y la mejora de los sistemas de transporte, crearon una opinión pública ávida de información.

La prensa en el siglo XX se convirtió en un gran negocio a partir de la baja de los costos de impresión y el aumento de las ventas, pero principalmente por la inclusión de los avisos publicitarios.

Los periódicos empezaron a tener grandes tiradas, apareció la disputa por lograr la primicia y por ganar el interés del público. Entonces el periodismo, como práctica social vinculada a informar sobre la actualidad, generó una mercancía específica: la noticia.

Fue la época en que la prensa se convirtió en el cuarto poder, deviniendo en “perro guardián” de las instituciones democráticas, cuya función básica fue controlar los actos de gobierno.

De algún modo esto convertía a algunos periodistas, sobre todo a aquellos dedicados a la investigación, en una suerte de fiscales de la República, seres que se dedicaban, por mandato de facto de las sociedades, a velar por el interés público a través de la crítica a los gobernantes.

Pero esta visión romántica del oficio del periodismo ha ido perdiendo predicamento a partir de los nuevos actores emergentes en la escena pública, producto de la revolución tecnológica, concretamente de la masificación de Internet, de los celulares inteligentes y de las redes sociales.

Estos medios tecnológicos, en esencia, han venido a desbancar a los “intermediarios” en varias actividades, y eso incluye a los periodistas, individuos que hasta acá actuaban como mediadores entre los intereses de la sociedad y el poder político.

Resulta que en el siglo XXI al periodismo le salió un fiscal: el usuario de las redes sociales. Así, de ser controlador tradicional del poder, pasó a ser controlado por ciudadanos digitalmente empoderados, con capacidad para editarse ellos mismos la realidad.

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